Por Adiel Martínez Hernández

 

Polarizar a la sociedad es el efecto de las estrategias de los grupos conservadores para impedir el avance en los derechos humanos, entre ellas llamar ‘dictadura de la ideología de género’ a la lucha feminista y de la diversidad sexo-genérica; acusar un aparato comunista de vigilancia del pensamiento y difundir discursos de odio bajo el amparo de la libertad de reunión y de expresión.


Al mismo tiempo que diversas instituciones, empresas y personajes públicos se sumaban al festejo del mes del orgullo gay, se hacía sonar en distintos espacios educativos del país la voz de dos autores argentinos denunciando lo que ellos han definido como la dictadura de la ideología de género. Agustín Laje y Nicolás Márquez argumentan que, con el apoyo de los gobiernos de izquierda, el lobby gay está imponiendo sus visiones culturalistas de género dejando de lado las evidencias biológicas y con ello están corrompiendo el orden natural de la sociedad, la familia y la vida humana.

Con el pretexto de la presentación de su libro titulado El libro negro de la nueva izquierda, los autores aceptaron la invitación de organismos que pertenecen a la derecha mexicana y, haciendo uso del espacio de aquellas universidades privadas financiadas por religiosos, encontraron una audiencia que les permitió expresar sus argumentos fascistas disfrazados de crítica política y discusión epistemológica.

Y este es precisamente el giro de tuerca al que están recurriendo los grupos conservadores para impedir que se avance en los derechos humanos de las personas. Servirse de especialistas que ponen a disposición sus habilidades epistémicas para dar sustento a sus visiones anacrónicas sobre la sexualidad, el género, la reproducción y las identidades sexuales.

Servirse de especialistas que ponen a disposición sus habilidades epistémicas para dar sustento a sus visiones anacrónicas sobre la sexualidad, el género, la reproducción y las identidades sexuales.

Aprovechando el auge que tiene entre jóvenes las ideas conspiracionistas, es decir, este pensamiento social de que hay élites de poder que dictan la agenda política, económica e ideológica, los autores inducen a pensar que los aparatos ideológicos del Estado ahora están al servicio de unos comunistas perversos que quieren imponer el feminismo radical, el aborto y la diversidad sexo/genérica como norma universal.

Sus argumentos están tan bien armados que se comprueban al momento que las dependencias gubernamentales les impiden llevar a cabo la presentación de su texto. Acusando de la existencia de una policía del pensamiento que vigila la manifestación de una visión diferente. Lo cierto es que las instituciones entran en una disyuntiva al tener que respetar la libertad de reunión y de expresión de estos sujetos o impedir que se difundan discursos de odio disfrazados como actividad académica.

Al final, lo que se hace evidente es la contundente presencia del pensamiento conservador no solo en México sino en toda Latinoamérica y su afán de polarizar a la sociedad a partir de confrontar las visiones ideológicas. Nos queda en ese sentido estar alerta a la manifestación de sus estrategias de confrontación y denunciarlas en tanto tengan intención de frenar los logros sociales alcanzados.

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