Tocar tu argolla en llamas

Por Lucía Rivadeneyra

 

El libro más reciente de la mexicana Roxana Elvridge-Thomas está conformado por 66 poemas construidos con palabras que se relacionan con el fuego y el ardor, no importa si se trata de animales, de personas o de la música y la danza. Un poemario que toca pasiones próximas y ajenas.


La poeta Roxana Elvridge-Thomas (Ciudad de México, 1964) nos ha acostumbrado a las sorpresas. Tocar tu argolla en llamas es su libro más reciente y el lector y la lectora que lo acerque a sus ojos tendrá muchas posibilidades de gozo. Es un poemario con 66 poemas, en cuatro secciones: “Nota preliminar: Apuntes para una fenomenología del fuego”, “Bulle río Bermejo”, “Bestiario ígneo” y “Fiera cruel y diversa”.

La argolla es un aro grueso de metal que se usa como asidero, es decir, sirve para asegurar algo; también sirve para asegurar lo que no está fijo, lo que puede huir, y en este sentido están incluidas las personas. Es curioso el miedo que se tiene a lo volátil. Acaso por eso, se buscan las argollas, la inmovilidad o el oprobio de querer asegurar a una persona. La palabra remite, sin duda, al símbolo del matrimonio, a la unión, al compromiso, a la pertenencia; aunque a veces las argollas acaben en el Monte de Piedad.

En la primera parte, “Nota preliminar: Apuntes para una fenomenología del fuego”, la autora ofrece una variedad magnífica de palabras que se relacionan, justamente, con el fuego. Así, construye poemas que tienen debilidad por algunas letras con las que se arman varios versos, como la F, la E, la A, la R. Los nombres de cada poema brindan un abanico de alternativas que da el fuego: “Fósforo”, “Vela encendida”, “Encender frotando palitos”, “Hornilla”, “Chimenea”, “Hoguera”, “Antorcha”, “Relámpago”, “Rayo”, “Incendio”, “Humo”, “Fragua”, “Resplandor”, “Vapor”, “Llama”, “Fuego”, “Crepitar”, “Rescoldos”, “Carbón”, “Ceniza”. Así, las y los lectores, verso a verso somos testigos de la provocación del fósforo y del testimonio de la ceniza. Bien decía Jean Cocteau cuando le preguntaron “¿En un incendio en el Museo de Louvre, qué salvaría?” y él contestó: “¡El fuego!”. No es para menos, si pensamos cuánto tardó la humanidad en descubrir el fuego.

En “Bulle Río Bermejo”, la segunda parte, continúa el calor y ¡cómo no! si inicia con un poema sobre la música, el canto y la danza, en la suavidad de una “matriz que devora y engendra”. Después, “Volcán”, otra forma de matriz, pregunta: “¿Quién se acuna entre las piedras? /Cuentan todos las leyendas de su ardor”. Y luego llega el verano, otra racha de calor. Y por ahí deja claro que a los nómadas “Algo les quema la planta. / Y parten”.

En esta sección del libro, no hay un solo poema que no remita de una u otra manera a la combustión y sus contrarios: el frío y, de cierta manera, la zozobra. Uno de mis favoritos es “Mujer que goza al penetrar el humo” porque si algo hay inasible es el humo. La poeta se regodea con  las imágenes que obsequia, como la de la mujer que “Danza jubilosa entre el humo. / Aspira / Impregna los muslos, los pezones”. Y luego vienen el ojo, la voz, el cuerpo, la vida, el dolor, el calor y los aderezos: la danza, el perfume, la fiebre, el sol, la pira.

En este libro se tocan pasiones (…) que a todos los humanos nos alcanzan, pasiones que van de lo grato a lo repugnante o a lo inexplicable. En cada poema, Roxana refleja su pasión por la palabra; acaso porque sin pasión puede haber argollas, pero jamás llamas.

En el “Bestiario ígneo” hay otra forma de ardor. Los animales elegidos por sus versos fueron el tigre, el león y el gato, felinos al fin de cuentas desde el principio del mundo, al menos en el Arca de Noé; el bíblico carnero y su sacrifico;  el águila, como “Hoguera que incendia la aguda mirada”. Aparecen también la salamandra, la serpiente y la luciérnaga y el colibrí, el ciervo, el caballo y los jabalíes. No fueron olvidados el centauro y su magia, con la flecha “que llaga la carne al tirar” ni el dragón, el de la “ira profunda”.

A estas alturas del poemario se llega a una especie de ebriedad que quema, que consume y en estas condiciones entramos a “Fiera, cruel y diversa”, el último apartado de 14 poemas, donde se encuentran temas misceláneos, pero palabras que -como el fuego- destrozan: bacterias, celos, letargo, hambre, avaricia, muerte, entre otras muchas. Por cierto, el poema “Turbio azogue” tiene un verso espléndido: “Algo huele a nardo embrutecido. / Algo duele”.

Además de Tocar tu argolla en llamas, Roxana Elvridge-Thomas ha publicado los poemarios El segundo laberinto, Imágenes para una anunciación, La fontana y ha obtenido reconocimientos como el Premio Nacional de Poesía Joven “Elías Nandino”, el Premio Nacional de Poesía “Enriqueta Ochoa”, los Juegos Florales San Marcos, Tuxtla; el Premio Nacional de Ensayo, convocado por el Instituto de Cultura de Yucatán, entre otros; ha colaborado en libros colectivos y ha sido traducida a varios idiomas.

La autora hace algunos años había anunciado su debilidad por el fuego en alguna publicación y ahora demuestra que sigue abriendo caminos con palabras que permiten oler la tierra y acariciar el humo. Sus pasiones por la dramaturgia, el foro, la academia (que la enriquece día a día), por su bella hija Andrea y por los gatos, la llevan a meditar sobre la fiereza de la cotidianidad que nos devora.

En este libro se tocan pasiones próximas y ajenas, pasiones que a todos los humanos nos alcanzan, pasiones que van de lo grato a lo repugnante o a lo inexplicable. En cada poema, Roxana refleja su pasión por la palabra; acaso porque sin pasión puede haber argollas, pero jamás llamas.

Elvridge-Thomas, Roxana. Tocar tu argolla en llamas. El pez en el agua. UAM. México, 2018. 105 pp.

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