14 de febrero. Enamorada de París

Por Elvira Hernández Carballido

 

No es solamente el símbolo de la ciudad de la luz. No es solo el monumento más representativo de Francia. Simplemente la Torre Eiffel puede compararse con el simbolismo del alma.



Fragmento de Viajera que voy, publicado por Eterno Femenino, México, 2014.
Gracias a Noemí Luna que confió en estas crónicas de viaje y las publicó.

 

Pensé que la descubriría desde la ventanilla del avión, pero el día estaba nublado y solamente creí que estaba llegando a París cuando la aeromoza me lo juró por su vida.

El frío que soplaba por las calles parisinas me congeló hasta el alma, pero me daba ánimos para buscar esa torre soñada. Este viaje me había convertido en una niña ingenua que todavía cree en el príncipe azul y corría a buscarlo sin saber por dónde, pero segura de que lo encontraría.

Me ilusionaba tanto poder ver la Torre Eiffel que aceleraba el paso con auténtico delirio.

No buscaba solamente el símbolo de la ciudad de la luz.

No quería ver únicamente el monumento más representativo de Francia.

No me conformaría con medir su altura ni confirmar la solidez de su estructura.

Simplemente tenía la certeza de que al verla podría compararla con el simbolismo de mi alma. Sería sencillo hacer una analogía de este monumento con mi corazón roto. Podría metaforizar su altura con la extensión de mi historia amorosa, su solidez con estos sentimientos confusos que me inspiran esos hombres que de alguna manera amo.

Ay, mi Torre Eiffel. La buscaba al norte dejándome llevar por mi instinto feminista.  Volteaba hacia el sur con esa misma abnegación que todavía me persigue.  Pero los puntos cardinales nunca han sido mi fuerte. Entonces, adivinaba por dónde podía estar el oeste y me topaba con callejones románticos. En lo que suponía era el este, solamente descubría nubes y más nubes que escondían esa pirámide francesa.

Como en la película Beso francés, el reflejo de las ventanas de los elegantes hoteles no fue leal conmigo porque nunca la atraparon en sus cristales. Los extremos de cada calle que cruzaba solamente me confirmaban que los techos parisinos son románticos hasta la ignominia.

Preguntaba por ella y decenas de dedos apuntaban para todos lados. Sonrisas comprensivas me indicaban que ya estaba cerca. Explicaciones incomprensibles obligaban a dar vueltas de más. Mi pésimo francés era disculpado cuando notaban el brillo en mis ojos al preguntar por ella. Para no desesperarme cantaba todas las canciones francesas que me sabía con la seguridad de que mi canto de sirena la atraería.

Y entre más cerca estaba, más fácil era atisbarme de niña. Evocaba esas tijeritas de papel que mutilaban mis historietas infantiles y me permitían recortarlas junto a un zorrillito enamorado de nadie pero que decía “oui” y eso me encantaba.

Y entre más próxima, más sencillo descubrirme de adolescente en mis clases de francés, cuando mi profesor describía esa torre con apasionantes pormenores, tal era su tono que yo me veía en la cima, siempre sonriente, siempre feliz.

Y entre más cercana la sentía más espontáneo este sentimiento de arrojo que pocas veces demuestro en mi vida de mujer madura, esta sensación de audacia que poco presumo, esta sacudida de sentirme yo misma como nunca me había sentido.

Pero… ¡Si es un edificio más! Me repetía para no sentirme desolada al no hallarla. Si es una estructura mitificada, un monumento exageradamente revalorado, usado por las películas cursis, aprovechado por los poetas pretenciosos, explotado por el cine comercial, ignorado por nadie, bendecido por los amorosos, refugio de los bienqueridos, cautiverio de mujeres ilusionadas como yo.

Pero… ¡Si es un edificio más! Me repetía para no sentirme desolada al no hallarla. Si es una estructura mitificada, un monumento exageradamente revalorado, usado por las películas cursis, aprovechado por los poetas pretenciosos, explotado por el cine comercial, ignorado por nadie, bendecido por los amorosos, refugio de los bienqueridos, cautiverio de mujeres ilusionadas como yo. ¿Dónde estás, mi torre Eiffel

El río Sena se convierte en mi aliado, su apacible orilla fue mi guía solidaria y su líquida calma logró tranquilizarme. Ya estoy aquí, ya estoy cerca, ya falta poco…

Entonces, entre las nubes grises algo comienza a brillar, es la corona de una torre que yo convierto en lucero. Es la silueta de un edificio que paraliza un momento mi corazón, una sombra piramidal que me invita a acariciarla, bordes de una torre que, aunque empiezo a descubrir todavía no creo que exista.

Se ve tan pequeña a lo lejos que creo poder guardarla en un puño.

Se ve tan frágil en la lejanía que estoy segura que se parece a mí.

Por un rato quedo convencida de que cabe en mi mano y se confunde con las líneas de mi vida, mal trazadas, perfectamente dibujadas. Quiero integrarla a las estrías de esta palma que guarda mi pasado y mi futuro y que adivina nuestro encuentro en este presente maravilloso.

Pero a cada paso que doy, se vuelve más gallarda y gigantesca. Crece ante mi mirada. Adquiere su tamaño real cuando me detengo justo debajo de ella. Entonces me conmuevo como una niña. Se me quiebra la voz cuando la saludo con calidez. 

Desde su base acepto la fragilidad de mi alma. Desde su altura reconozco el tamaño del amor que siento por los hombres que amo. Recorrerla de arriba abajo asemeja este extraño sentimiento que me inspira este amor raramente correspondido.  Escurrirse por ella de arriba hacia abajo se aproxima a una de esas noches en que me escondo entre las sábanas porque estoy segura que él a veces no se acuerda a quién posee. Escalarla piso por piso es todo un reto como cuando asciendo por el cuerpo varonil al que debo convencer de que es mejor amar despacio para disfrutarnos en verdad. Llegar a su cumbre representa a esos orgasmos ya inolvidables que solamente puedo sentir si ese hombre me ama.  Su cima es igual a ese recoveco ideal donde permanezco con la intuición de que elegí un corazón masculino infiel. Peregrinarla de un lado a otro es fácil porque estoy muy acostumbrada a espiar al hombre que todavía no sabe si me amará.

Su verticalidad perfecta tiene mucho que ver con mi autoestima femenina que se presume a sí misma cuando me espío discreta. Su altura con la humildad de la mujer melancólica que me gusta ser. Llegar a su cúspide es la mejor oportunidad para comprobar la sensibilidad de estas manos que ahora pueden acariciar nubes. Brota un solidario arcoíris con el que desearía tatuar la piel de los hombres que amaré por siempre. Ascenderla provoca sensaciones muy parecidas al momento en que hago el amor con la luz encendida. Descenderla aproxima a esos infiernos de los malos amores que ya olvidé.

Desde arriba reconozco que el tiempo para llegar a ella se parece al momento en que puedo besar esos labios masculinos que saciarán mi sed de amor. Desde abajo contemplo satisfecha el bello paisaje que ofrece, ese paisaje tan parecido a la firmeza varonil que siempre me ha complacido. Logro admirar que se levanta con el donaire de la pasión masculina que tanto me seduce. La observo largamente erguida como lista para cautivarme en el momento oportuno como esos hombres que me quitan el sueño. Distingo sus rasgos viriles cuando acaricio caprichosa su base. Adivino su tensión prometedora en el momento en que decido bendecirla desde sus alturas.

La comparo con el amor de mi vida.

Le delego atenciones masculinas.

Le asigno la virilidad más deseada.

Me dejo seducir por su firme estructura.

Me enamoro sin importar que otras más sientan lo mismo que yo.

Si pudiera me quedaría por siempre, pero creo que alguno de ellos me espera. Quiero creer que me extrañan. Me engaño al suponer que soy bien correspondida. Resignada le doy la espalda para regresar a mi rutinaria historia ahora coronada por este encuentro tan ansiado. Y camino para voltear a cada rato a verla, deseosa de ser la esposa de Lot, para quedarme por siempre contemplándola.

De pronto, la noche se ilumina con su luz y sin dejar de admirarla doy pasos seguros en reversa, voy confiada, aunque me alejo con las mismas certezas inciertas con las que llegué: confirmar e ignorar dónde voy y a dónde iré, de dónde vengo y a dónde voy, quién soy y lo que seré.

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