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Entrevista a Rosario Castellanos



Por Elvira Hernández Carballido
Doctora en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Comunicación. Profesora investigadora de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, fue jurado en el reciente Premio Nacional de Periodismo.


El 25 de mayo de 1925 nació Rosario Castellanos, una de las mejores escritoras de México, una de las mujeres que más he admirado en la vida. No la conocí, pero de haberlo hecho me hubiera gustado preguntarle tantas cosas. ¿Me acompañan a hacerle una entrevista imaginaria? Sus poemas siempre son mi respuesta a muchas interrogantes que laten en mi vida.

-¿Por qué te dedicaste a la literatura?

Escribo porque yo, un día, adolescente,
me incliné ante un espejo y no había nadie.
¿Se da cuenta? El vacío. Y junto a mi los otros chorreaban importancia.
No, no es envidia. Era algo más grave. Era otra cosa.
¿Comprende usted? Las únicas pasiones
lícitas a esa edad son metafísicas. No me malinterprete.

- ¿Por te enamoraste de un hombre que nunca te quiso cómo lo amabas tú?

Porque éramos amigos y, a ratos, nos amábamos;
quizá para añadir otro interés a los muchos que ya nos obligaban
decidimos jugar juegos de inteligencia.
Pusimos un tablero enfrente de nosotros:
equitativo en piezas, en valores, en posibilidad de movimientos.
Aprendimos las reglas, les juramos respeto y empezó la partida.
Henos aquí hace un siglo, sentados, meditando encarnizadamente
cómo dar el zarpazo último que aniquile
de modo inapelable y, para siempre, al otro.

-¿Te gusta tener amigas?

Amigas hmmm... a veces, raras veces y en muy pequeñas dosis.
En general, le huyo a los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo cuando pretendo coquetear con alguien.

-Rosario querida, ¿qué preguntas te llevaste contigo en el última día de tu vida?

¿Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve la cara a la pared?
¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye?
¿Se echa uno a correr, como el que tiene
las ropas incendiadas, para alcanzar el fin?
¿Cuál es el rito de esta ceremonia?
¿Quién vela la agonía? ¿Quién estira la sábana?
¿Quién aparta el espejo sin empañar?
Porque a esta hora ya no hay madre y deudos.
Ya no hay sollozo. Nada, más que un silencio atroz

-¿Y cómo te gusta que te recordemos? ¿Cómo una mujer de grandes ideas?

¿Mujer de ideas? No, nunca he tenido una. Jamás repetí otras (por pudor o por fallas nemotécnicas).
¿Mujer de acción? Tampoco. Basta mirara la talla de mis pies y mis manos.
Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no. Pero sí de palabras, muchas, contradictorias, ay, insignificantes,
sonido puro, vacuo cernido de arabescos,
juego de salón, chisme, espuma, olvido.






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