Se puede huir de todo, menos de la tiniebla
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Foto: Cortesía de Aura Sabina
Por Aura Sabina
Norma Lazo nos permite observar desde el cerrojo que resguarda cada uno de los nueve cuentos de La Tiniebla (2025), todo aquello que, en medio de la calma, el atardecer y el calor puede colmarnos la paciencia.
Vivimos en una época donde tenemos acceso a todo tipo de información. Centenas de bibliotecas de todo el mundo nos dan acceso, de manera presencial o virtual. Existen diplomados, cursos, talleres, cátedras, de casi cualquier asunto, a plena luz de instituciones reconocidas; también de personas, culturas, colectivos que ofrecen su conocimiento de una manera democrática. Leemos, escuchamos, vemos noticias de agencias del mundo. Se abren carreras nuevas que suponemos útiles para la comprensión de lo humano y del entorno que nos acuna.
Sabemos, gracias a la ciencia (y al método científico en sí), que muchos fenómenos considerados fruto del Diablo, las posesiones, la brujería, el mal, en sí, tienen explicaciones racionales, lógicas, comprobables y a veces, incluso, repetibles.
La psicología, la medicina, la neurociencia, etcétera, desde sus diversas corrientes, nos ofrecen bastas explicaciones de lo que ocurre en una mente que ha atravesado dolores indecibles, maltrato, sumisión… Y de un entorno social que, en su conjunto, no suele ser amable con casi nadie, pero especialmente, con quienes, por sus características neurodiversas, son parias a quien se debe invisibilizar, anular, asesinar.
Tenemos, por otro lado, un reajuste de las “buenas conciencias”: lo que ayer era mal visto, denso, inaceptable, hoy es lindo, entrañable, singular, cool, in, “algo bien”. Al menos, en discursos oficiales, para evitar demandas millonarias. Y estaremos o no de acuerdo, pensamos que no nos afecta, pero se están llevando a términos legales despropósitos de todo tipo que permiten atropellos con glitter. Así, nuestro margen de pensamiento oscila entre la luz y la oscuridad… Como ha sucedido en todas las eras del devenir humano, aunque nos propongamos darle a cada cosa su lugar…
¿Y quién no aspira a la felicidad, a la casita de campo, al bienestar y la comparsa, a las noches de tedio, al saber? Hay que trabajar arduamente en nuestra persona, nuestros objetivos, pensamientos… Tener disciplina, objetivos claros y mucho amor… Pero nada de eso nos puede salvar de la tiniebla en la que al menos una vez sucumbiremos, pensando que en realidad íbamos hacia la luz.
Acerca de esto, Norma Lazo (Xalapa, 1966) nos permite observar desde el cerrojo que resguarda cada uno de los nueve cuentos, todo aquello que, en medio de la calma, el atardecer y el calor puede colmarnos la paciencia. ¿Qué puede haber de malo en casarse con un granicero y vivir en medio del bosque? Y si la ciencia desmiente categóricamente lo que no se ve, ¿qué de extraño hay en participar en una sesión espírita? ¿Podemos creer en lo que del otro lado nos revelan cuando nos aseguran que: “decir que Dios es lo infinito equivale a tomar el atributo por la cosa y definir una cosa que no es conocida por otra cosa que tampoco lo es, es un callejón sin salida”? Cuando encontramos referencias a Madame Blavlatsky, Crowley, Kardec, Burroughs, William Blake, Freud, sabemos que no estamos frente a alguien que simplemente tuvo una ocurrencia sobre la fantasmagoría.
Los personajes de Norma Lazo pueden encontrarse casi en cualquier sitio
Lazo nos lleva por parajes en apariencia inocentes, comunes de tan transitados: una playa, un consultorio médico, una calle emblemática, un museo. Crímenes con y sin motivo claro. Habitaciones donde dos amantes escasos en deseo descubren, a través de los cuadros de autor y visitaciones nocturnas, la lubricidad anhelada. Lazo conoce los recovecos de la psique humana, y nos obsequia con explicaciones filosóficas y psicoanalíticas que bien pueden darnos calma o todo lo contrario:
La sensación de George respecto a sus manos remite directamente a lo ominoso. A la relación entre Heimlich (familiar) y unhemlich, que vendría siendo lo no-familiar… ¿Cómo puede volverse ominoso aquello que es familiar?¿Qué es eso familiar vuelto siniestro? A decir de Jentsch, citado por Freud, es aquello inanimado que podría tomar vida.
Los personajes de Norma Lazo pueden encontrarse casi en cualquier sitio, si alguien camina, se arriesga un poco, se permite romper el tiempo, si se vive más allá de una oficina, un auto, más allá de los 10 kilómetros a la redonda donde la gente, ensimismada, suele existir. Personas con sueños e insultos, con chamarras aptas para nevadas en pleno paraíso tropical, con ideas suicidas y recuerdos que no se sabe a qué vida pertenecen. Víctimas de abusos, de desprecio, de palabras más filosas que los bisturíes. Y apenas se les ve un ligero brillo en la sonrisa sardónica.
Nos seduce en cenas copiosas, dignas de malestar. Nos muestran hilos “invisibles” de industrias detrás de crímenes sistemáticos y de justicias por la propia mano, que nunca se sabe si hicieron bien a las víctimas. Coquetea con el cine, específicamente con El inquilino (lo cual revivió recuerdos de mi yo de hace 25 años), que muestra un caso de metempsicosis (que nos lleva involuntariamente a cuentos de Mariana Enríquez, quien también sabe mucho de inconsciente colectivo). Nos incita a revisitar a Miguel Hernández, a Jorge Fernández Granados y a Led Zeppelin… Y seguir naufragando en el mar de sueños ominosos, de fantasías que no confesamos, de obsesiones que un día desaparecen para que podamos continuar la vida (hacia la muerte).
Nos descubre a madres obsesionadas con sus hijos, no así con sus hijas… Y nos recuerda que incluso Francisco Indalecio Madero, quien fuera presidente de nuestro país, sabía cosas, por métodos heterodoxos… Mismos que nos han enseñado que hay cosas para las que la ciencia todavía no tiene respuestas, pero que suceden, que se interceptan épocas en un sitio sin nombre conocido, visitado por muchas personas, encarnadas o no.
De este modo, nos revela, por si acaso no lo teníamos consciente, que, sin importar lo soleado de un día, de la paz que da la hamaca, de los esfuerzos puestos en ser una mejor versión de nosotros, nosotras, una y otra vez, la tiniebla nos habitará más de una vez y quizá para siempre. Si alguien tiene miedo de encontrar su reflejo en una herida, es mejor abstenerse. Y si, pese a todo, quieren explorar, abran sus sentidos a La Tiniebla (Textofilia, 2025) por su propia voluntad.
Padre y madre
jurándose
no tener ningún otro hijo
la tumbada cavada por él
la vida termina acá
Stephane Mallarmé

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