Por Elvira Hernández Carballido

 

«No es necesario conocer a una mujer que ha sido asesinada para lamentar lo ocurrido, para maldecir, para pedir justicia».



Octubre sacudió a todo el estado de Hidalgo. Los feminicidios, según datos estadísticos reportados, van en aumento. Todas las muertes violentas que sufren las mujeres, quiebran el alma. Mi amigo, Antonio Ortigoza Vázquez, me pidió de manera muy personal, escribiera algo sobre Lorena, una joven que tuvo una amistad hermosa con sus hijas, quienes lloran a su amiga. No es necesario conocer a una mujer que ha sido asesinada para lamentar lo ocurrido, para maldecir, para pedir justicia. Lorena fue amiga de muchos de mis alumnos y alumnas. La conocieron personas cercanas a mí, que siguen lamentando su asesinato. Yo no tengo más que palabras, mi discurso íntimo y honesto. Así que escribí esta reflexión. Ante mi sorpresa, tuvo más de mil me gusta en el muro de mi Facebook y en la revista “Expediente Ultra”, fue visto por más de veinte mil personas. Lorena nos duele, todo feminicidio nos rasga el alma. Pachuca, la Bellairosa, palpó más cerca la fealdad del sistema patriarcal.

¿Qué alma sin alma fue capaz de asesinarte Lorena? ¿Quién no llora cuando palpamos tu miedo, nuestro miedo, todos los miedos en estos tiempos donde el feminicidio nos convierte en un cuerpo botado, abandonado, lastimado, señalado, olvidado, absurdamente tachado de culpable de su propia tragedia por quienes no tienen alma, ni hijas, ni mujeres a quién amar?¿Dónde está la justicia, dónde se esconden los asesinos, dónde lanzamos nuestro coraje y nuestra pena, a dónde nos vamos a protestar, dónde queda ese lugar donde las mujeres podemos ser respetadas, salir a la hora que deseemos de casa, bailar bajo la luz de la luna, vestir sin esconder nuestro cuerpo?¿Cuándo nuestra voz de denuncia no será callada de manera abrupta, cuándo dejaremos de ser noticia de nota roja, cuándo estaremos protegidas, cuándo encontraremos a esos asesinos? ¿Cómo les quito este miedo a mis alumnas que creen ser la siguiente, aunque con el puño en alto gritemos ‘ni una más’, cómo le quito el miedo a mis amigas que se llenan de pavor cada vez que sus hijas salen de noche, de día o a cualquier hora? ¿Por qué lloro por ti, Lorena, sin conocerte, sin haber escuchado nunca tu voz, sin haberme visto reflejada en tu mirada clara? ¿Por qué vuelvo a escribir ‘ni una más’ y tengo miedo que no sea verdad? ¿Por qué la lista de nombres femeninos acompañados con un moño negro no deja de crecer? ¿Por qué repito Lorena y tu nombre llena de agua salada el teclado de mi computadora, agujera con miles de piquetitos mi alma feminista y siento no poder seguir en la batalla? ¿Por qué escribo Lorena y tomo aire, y digo no, no, no va a volver a pasar y pido justicia y exijo respeto y me invento mi fe, y fortalezco mi debilidad y limpio mis lágrimas y tomo aire y pido que hagamos fuerza, que no paremos esta necedad de erradicar la violencia de género?

Y entonces, me pongo mis medias de luna, mi faldita de sol, mis lentes de fe, mi alma de guerrera, mi feminismo latente y por ti, LORENA, y por ellas, por las otras, por nosotras, no puedo musitar, debo levantar la voz y creer, creer, luchar y luchar, exigir y exigir: ni una menos.

Hoy Pachuca, llora.

Hoy la Bellairosa se siente tan fea, tan sola, tan destrozada.

Hoy, Lorena, pese a nuestro luto, el viento debe soplar torbellinos de justicia.

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Soy maestra de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo

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