Por Elvira Hernández Carballido

 

Más allá de ser un compendio académico o médico, el libro coordinado por Josefina Hernández Téllez, La Menopausia en la vida de las mujeres, ofrece 18 testimonios de mujeres que nos invitan a redescubrirnos y a disfrutar digna y gozosamente esta etapa.


Josefina Hernández Téllez, feminista y periodista, hoy jefa de área de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, siempre preocupada por la condición de las mujeres, nos hizo una propuesta indecorosa, que solamente algunas aceptamos: narrar y dar testimonio de nuestra vida en una etapa muy significativa como lo es la menopausia.

Es así como logró reunir en un libro editado por nuestra universidad 18 historias donde cada escritora narra su sentir. No es necesario un marco teórico o las referencias de las investigadoras de moda. Basta describir emociones y sensaciones, bochornos y desalientos, fortalezas y necedades, para comprender lo que la menopausia puede significar en las vidas femeninas. Bien lo indica la misma coordinadora de la obra:

Es difícil hablar de cuestiones personales, sin embargo, recuerdo la sentencia feminista que me ha obligado a no dejar de lado temas del ámbito privado: lo personal es político. Y vaya que este tema es político porque es acallado, ignorado, usado contra nosotras mismas: la menopausia como estigma que nos descalifica y nos invisibiliza como mujeres suele utilizarse como una ofensa, como un adjetivo signado por lo negativo porque perdemos nuestro máximo valor, según las ideas más convencionales, es decir, la capacidad reproductiva.

Este proceso biológico, inaplazable, va del miedo a la negación, de la aceptación a la resignación, pero también en algunas mujeres (las menos) con otra cosmovisión y conciencia, de la comprensión a una nueva realización. Sin embargo, la psique de las mujeres, troquelada histórica y culturalmente en su identidad, además de una subjetividad para la reproducción, no puede sustraerse a la asociación de pérdida, de envejecimiento y, en ese sentido, de mujer-déficit.

De aquí la necesidad de dejar constancia de cómo vivimos, vemos, sentimos y presentimos esta etapa…

Es así como algunas colaboradoras comparten los momentos difíciles y también la manera gozosa de vivir esta etapa. Los miedos y las dudas, la manera en que deben redescubrirse, quererse más, tolerarse y aceptarse.

Por supuesto, mi querida amiga volvió a confiar en mi manera de escribir y me dio espacio con el texto “Mi cuerpo cambia”:

Pero, una mañana, yo que soy exactita en mi menstruación, noto su ausencia un día, dos días, tres días, una semana… preocupación, miedo, angustia y reclamos propios. Cómo puede pasarme esto a mí ahora que soy señora de cinco décadas. Hago cuentas, recuerdo mi confianza en el método ritmo, es que decidí ya no tomar pastillas, ya que después de la terrible experiencia con el dispositivo nunca volví a confiar en ponerme otro aparato parecido. Hago cita urgente con mi ginecóloga.

En su consultorio repasamos mi historial médico. Tranquila me quiere convencer:

“Debe ser la menopausia”. Pero no tengo bochornos, más bien me he vuelto más friolenta, lo juro. ¿Falta de libido?: la verdad, me sigue encantado hacer el amor. ¿Resequedad?: vaginal, y me sonrojo ante los lluviosos latidos de mi luna todavía fresca en el momento apasionado. ¿Cambio de humor?: quizá, ya no soy tan tolerante ni prudente, a veces exploto con más facilidad que antes…

Brinco de alegría cuando la prueba del embarazo sale negativa. Sí, debe ser mi primer acercamiento con la menopausia. Este cuerpo, insisto, siempre cambia. Celebro ese día de pre menopausia declarada…

En cada testimonio publicado al interior del libro solamente se firma con nuestro primer nombre, cada una escribió en unas líneas su perfil personal y profesional. Decidimos presumir nuestros estudios, pero también nuestras maternidades, algunas sus solterías, otras su apuesta por la pareja. Yo comparto gozosa que vivo con dos machines, esposo e hijo. Sin embargo, en una de las solapas de la publicación está el listado con nuestros nombres completos.

Uno de los textos que más me gustó es el de Elva, titulado “Las lunas y la libertad”, ya que nuestra autora va relacionando los cambios de nuestro cuerpo como si fueran las fases de la luna. Así, hace referencia a la luna nueva con el descubrimiento de la fertilidad, la maternidad con la luna llena, luna menguante con el cuerpo y la sexualidad en libertad, el cuarto menguante con el placer de la libertad representada en nuestra menopausia:

Ser menopáusica significa dejar de ser fértil, no más menstruación.

Ser libre del control médico reproductivo y social. Prepararnos para la libertad de atender y amar nuestro cuerpo y de vivir una sexualidad plena y madura. Este proceso nos cambia el metabolismo.

En mi caso busqué otras alternativas para evitar la medicalización del cuerpo. Sin embargo, no fue fácil pues los estudios de la mastografía y de ortopedia arrojaron otro diagnóstico. Había que practicar una biopsia para extraer un nódulo del seno izquierdo y además había que ingerir medicamentos. Esta situación cambió las circunstancias físicas de mi cuerpo.

La menopausia me condujo a la libertad conmigo misma y con mi sexualidad. A buscar vivir en armonía. Solo la experiencia vivida puede hacernos repensar la plenitud y la madurez. Envejecer en forma digna y amorosa. Y para ello hay que prepararnos desde antes de los cuarenta años.

Cada una evoca el encuentro y el desencuentro con su cuerpo. La forma de descubrirse y autodescubrirse, aceptarse o dudar, cuestionar y advertir, quererse y volverse a querer. María Esther inicia su texto y su página se vuelve un espejo:

Al mirarme al espejo y ver que mi rostro ya no tenía la lozanía de tiempo atrás, que mi pelo si no recurriera al tinte estaría por completo de color blanco, me desconocí, como si al verme estuviera frente a otra persona, quizá mi madre años atrás. Me pregunté ¿dónde quedé yo?, ¿dónde mi juventud? Mi mirada era diferente, alrededor de mis ojos se iban agudizando lo que las cosmetólogas, cosmetras y los cirujanos plásticos llaman “líneas de expresión”, que no son otra cosa que las implacables “patas de gallo” que anuncian en esas minúsculas o mayúsculas grietas, una realidad lacerante: el envejecimiento. Mi cara empezaba a reflejar los años vividos. Como a muchas y muchos nos pasa, me pegó en la vanidad, aunque al poco tiempo llegó la aceptación: eran los cincuenta años y un poquito más.

La delgadez de mi cuerpo también se había ido, ahora sus formas bien delineadas daban paso a la redondez. No gorda, pero sí “llenita”, dijeran por ahí. Todo era gracias al cambio de metabolismo, al hipotiroidismo que llegó de forma silenciosa, sin darme cuenta.

El espejo no miente, refleja la realidad del paso del tiempo. Una arruguita por aquí, una llantita por acá.

No solo eran las llamadas “arruguitas”, para que no se oiga tan feo, también era el aumento de peso, que venía acompañado de la menopausia, una etapa más de la vida que hay que afrontar con naturalidad, con ella no se acaba el mundo, debemos conocerla, aceptarla y saber cómo vivirla: comiendo bien, haciendo ejercicio, si fuera necesario y, si el médico(a) lo indica, con una terapia de remplazo hormonal que evite (para algunas, porque para otras pasan desapercibidas) las típicas molestias: bochornos, sudoración, depresión, irritabilidad, dolor de cabeza, resequedad vaginal, falta de apetito sexual, insomnio, obesidad, entre otras…

Ningún testimonio resulta ajeno ni lejano, las palabras de cada autora se van convirtiendo en nuestros testimonios entre más avanzamos en la lectura. Su discurso logra persuadirnos, identificarnos, sensibilizarnos. No hace falta la cita textual, la referencia ni la experta en el tema desde la ciencia. No, nuestras voces aproximan a las mujeres que somos, a las que nos lleguen a leer, a las que en algún momento llegarán a la menopausia.

Así, la voz de Josefina nos envuelve para pensar en el tema, para prepararnos sin miedo, para descubrirnos en otras mujeres. Y María Celia toma el espejo para que nos asomemos con ella. Isabel nos trata de convencer que es algo que pasa para seguir adelante. Mientras Pilar prefiere todavía no acercarse al momento, Amira pide vivirlo con intensidad. Rosario confiesa su angustia y Ana María su melancolía. La coordinadora de la obra invita a recorrer su manera de subir y bajar los escalones de su vida. María de la Luz reconoce una encrucijada y Martha muestra una segunda oportunidad. Sonia desmistifica y Mercedes palpa ese instante donde ya no habrá más sangre mientras que Hortensia con un breve discurso delata lo que ya pasó.

Cada autora es honesta y sensible, todas ellas son compañeras, cómplices y amigas, cuentan su historia, comparten instantes muy personales pero muy significativos. Queremos vivir la menopausia con esta sabiduría que nos ha dado la vida, comprenderla desde nuestro feminismo abnegado o rebelde, explicarla desde la perspectiva de género y contribuir para que las futuras generaciones disfruten digna, gozosa y toleradamente este momento de su vida. Bien lo dijo nuestra maestra por siempre, la filósofa mexicana Graciela Hierro:

“Aún eres Princesa. Cuando llegues a la menopausia podrás ser Reina”

Hernández Téllez, Josefina (2019). La Menopausia en la vida de las mujeres, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, México.

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