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Por Patricia Karina Vergara Sánchez

 

Lo que es hermoso no es una respuesta al cumplimiento de un estereotipo estético; es algo que se siente en los lugares del cuerpo en donde se encuentran el placer, la comodidad, la insubordinación y la alegría.



Cuando yo era niña, era muy fea. Quiero decir que era “prieta”, pequeña, flaca. Nunca me escogieron para reina de la primavera o para ser la que entregara el ramo de flores a los visitantes distinguidos en la escuela primaria. Yo hablaba al micrófono en las ceremonias de los lunes porque era la más lista del salón o porque era la que se aprendía de memoria lo que había que recitar. Por ejemplo, para dar la efeméride de la expropiación petrolera. Es decir, estaba al frente por inteligente, pero era fea. Lo sabía, el bullying racista me lo confirmaba constantemente y me dolía.

A los 22 años, yo medía 1.55 de estatura, hacía danza contemporánea y teatro 20 horas por semana, pesaba 45 kilos y mi cintura medía 55 centímetros. A veces, no comía en todo el día. El director hacía que todas las mujeres de la compañía de teatro “ayunáramos” para mantener el aspecto que él quería que tuviéramos. Sólo nos daba un chocolate o un atole de semillas antes de la función para que tuviéramos energía.

Tenía anemia, pero era delgada y joven y eso me hacía sentir satisfecha. Sin embargo, no era “hermosa”. No lo era porque mi piel es morena, porque mis piernas no son largas y porque mi rostro es “autóctono”, según el mismo director de teatro.

Trataba de compensar mis “carencias” con maquillaje, con disciplina, con procurar ser la mejor en los ensayos, con intentar mostrar mi talento. Pese a todo, aun cuando era buena en lo que hacía, debido a los estándares físicos eurocentrados del teatro, nunca sería protagonista de nada y yo lo sabía.

A los 25, yo criaba a una niña, tenía dos trabajos, hacía todas las labores del hogar y me sometía a unas dietas alucinantes para intentar recuperar mi cuerpo de antes del parto. No volví nunca a los 45 kilos, pero sí me mantenía en 50-55. Me decían que era un linda y joven mamá. Sin embargo, no era hermosa. No era hermosa porque era morena, porque tenía este rostro de nariz chata, porque -producto de la violencia obstétrica- tenía una gran cicatriz vertical en el vientre, porque ese cuerpo no era como fue antes. Trataba de compensar todo eso con la ropa adecuada -seria y profesional-, con el maquillaje, con la eficiencia laboral, me hice un tratamiento para ondular mi cabello y que no fuera tan lacio como el de mis ancestras, pero nunca sería tan aceptada ni reconocida como la rubia soltera favorita de mis empleadores, y yo lo sabía.

No era hermosa porque era morena, porque tenía este rostro de nariz chata, porque -producto de la violencia obstétrica- tenía una gran cicatriz vertical en el vientre, porque ese cuerpo no era como fue antes.

No creía, no podía reconocer en ese entonces que yo fuera bonita, mucho menos creía que alguna vez sería tan hermosa como las princesas de los cuentos, como las protagonistas de las telenovelas, de las películas o de los espectaculares de publicidad.

Nunca sería como aquel ideal de mujer que dijeron que había que ser. El hecho de no corresponder a ese modelo y ser o saberse “fea” se paga muy caro en este mundo, cuesta discriminación, significa menos oportunidades profesionales, implica sentirse y ser tratada como menos merecedora de amor, padecer invisibilidad social. Yo eso sí lo sabía y era infeliz.

Luego, algo pasó… La vida lesbiana y la vida feminista me revolucionaron todo.

Miré y me miré en los cuerpos de mis amantas, algunas con estrías, con sus senos dispares, con cicatrices, con pezones enormes o pequeñitos, con sus vulvas oscuras o rojizas, con sus pancitas colgando algunas, con sus piernas no depiladas, con sus cuerpos no siempre jóvenes, con canas en las vulvas, con zonas de resequedad en la piel, con alergias, con algunos pelillos indiscretos naciendo en su barbilla o en el ombligo, con sus gordos de grasa en la cintura, con nuestras piernas manchadas de menstruación cuando teníamos sexo en esos días, con sus olores, con sus sabores y -pese a ello o gracias a ello- las encontré excitantes, eróticas, placenteras, lúdicas y las amé muchísimo.

No eran necesariamente lindas o glamourosas, en el sentido de cómo me habían enseñado que las mujeres son lindas, pero con sus juegos, con sus risas, con sus intensidades, con todo el goce compartido, con su ternura, con sus creatividades; con sus vidas en desobediencia, un día pude sentir que, cada una de ellas, eran de una tremenda hermosura.

Ahí entendí que lo que es hermoso, para mí, no es una respuesta al cumplimiento de un estereotipo estético, no es la obligación de ser guapas o bellas; que es otra cosa, algo que no se puede ver, que -mejor dicho- es algo que se siente en los lugares del cuerpo en donde se encuentran el placer, la comodidad, la insubordinación y la alegría. Así, disfruté de la compañía de ellas en toda la libertad que su hermosura nos permitía.

Luego, miré, también, a mis amigas y a mis compañeras y no necesitaba verlas sin ropa para saber que en la “imperfección” eterna, eran completamente perfectas y, por lo tanto, que tenían una potencialidad de hermosura que, a veces, ni ellas mismas sabían.

Hoy puedo reconocer que mis amantas y mis compañeras fueron, sin saberlo, maestras enseñándome desde su mera existencia; permitiéndome reflejarme en ellas. Así, yo, un día, pero no supe cuál día ni cómo fue, dejé de preocuparme por saber cuántos kilos peso y dejé de saber mis medidas y comencé a disfrutar de mirar mis senos y mis caderas desnudas en el espejo. Ni siquiera recuerdo si tengo estrías, celulitis o alguna otra marca en mi piel, me miro a mí con cariño y no busco “defectos”, me encuentro en mi propia mirada.

Luego, miré, también, a mis amigas y a mis compañeras y no necesitaba verlas sin ropa para saber que en la “imperfección” eterna, eran completamente perfectas.

Gozo mucho de aquella que he elegido ser.

Por ejemplo, tengo el cabello largo y negro. Ese cabello que muy pocas se atreven a llevar largo porque el clasismo y el racismo mexicano lo asocian al modo en que lo llevan las trabajadoras del hogar, las campesinas, las empleadas de las fábricas y, por lo tanto, les parece feo, poco posmoderno o que es identitario de una clase a la que no desean pertenecer.

Hay quienes eligen ver el cabello largo y negro como sometimiento, pero hay quienes lo sabemos herencia ancestral. Yo lo llevo como mis abuelas y lo escarmeno para sacar ideas tristes de mi cabeza, o, bien, lo trenzo para las ocasiones especiales o, en rebeldía, lo despeino y me siento espléndida cuando me lo alborota el viento.

También, tengo esta cara que han llamado “autóctona” y que ya no me parece fea, que me enorgullece porque cuenta de dónde vengo.

Tengo los ojos rasgados de la población originaria de estas tierras. Ojos como fueron los de mis abuelas y son los de mis tías y mis primas y son los que heredó mi hija. Me encanta tomarme fotos junto a ellas y mirarnos retratadas porque, estos ojos, son huella genética de la sangre de la resistencia anticolonial que corre por nuestras venas.

Honro mi piel dorada de sol, morena como el barro que produce la tierra.
Nunca me entero qué está o no de moda. Me visto con telas suaves, amplias, confortables, coloridas y alegres.

Me desvisto impúdica. Y, cuando mi amanta me acaricia, con el cariño y deseo que lo hace, sé que cada parte de mi cuerpa gorda e insumisa es perfecta, inmejorable. Cada parte de mí se merece y está hecha para ser acariciada y me entrego a ese deseo y al placer en libertad completa.

Hoy, mi cuerpa no es joven, ni delgada, ni se viste, ni se mueve, y, mucho menos, se parece en nada a lo que a las mujeres nos dijeron que deberíamos ser. Por ello, los misóginos miran en mí a una despreciable vieja, fea, malvestida, gorda y peluda. Sonrío por dentro, me ha tomado media vida lograr ser la que ven.

Cuando camino por la calle, estoy siempre consciente de que mi aspecto no es el que responde al sueño lúbrico del patriarcado, Al contrario, soy una irrupción andando y eso me hace poderosa.

Es así como encontré el camino para ser tan tremendamente hermosa, como yo soy ahora.

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