La infancia y la normalización de la violencia

Por Lucía Rivadeneyra

 

En redes sociales con frecuencia aparecen memes donde se aplaude el uso de la violencia contra las niñas y los niños. Sin embargo, no hay nada más cobarde que golpear a quien no se puede defender.



A mi hija Macarena, niña de abril, in memoriam

No hay nada más cobarde que golpear a quien no se puede defender; esta frase la repito desde hace años. Madres y padres a través de la historia, y en diferentes culturas, han maltratado a sus descendientes, incluso se jactan de ello: “a mí no me va a hacer berrinches”, “ya sabe cómo le va, si no obedece”, “yo no le permito ni una”; o amenazan directamente: “espérate, a que lleguemos a la casa” y muestran la hebilla del cinturón.

En redes sociales con frecuencia aparecen memes donde se aplaude el uso de la violencia contra las niñas y los niños. La mayoría de los que comentan lo festejan. Suben imágenes donde aparecen chancletas, ganchos, cinturones, escobas, cucharas de madera y dicen que son “los aliados de mamá”. Y no falta quien hasta da las gracias: “si no me han pegado, a lo mejor sería un ladrón”. El síndrome de Estocolmo, sin duda: agradezco que no me mató.

Y si alguien osa decir que eso es maltrato y que no se debe golpear a los niños, una cantidad sorprendente de feisbuqueros dicen que no, que está bien para no ser respondones, para saber decir buenos días, para aprender a obedecer. Obedecer… que palabra tan terrible. Implica gran sumisión. ¿Qué hay atrás de un niño o niña obediente? Pueden ser los golpes u otras formas de opresión. Hay quienes son sobrevivientes de la infancia.

No hablo sólo de las brutalidades, de las golpizas que algunos padres o madres les propinan a sus vástagos. A cientos, a través de los años, los han mandado al hospital o al panteón. Hoy en día, gracias a los celulares con video, existen pruebas, ya que algún vecino o familiar grabó las agresiones y lo hacen generalmente de manera anónima (no deja de ser un riesgo). Por eso, hay testimonios de atrocidades.  

Hace alrededor de un mes, una amiga me comentaba que a eso de las once de la noche de un edificio, frente a su casa, se escuchaba el llanto de un niño que sólo repetía “ya no, mami, ya no”. Me imagino la escena: una mujer golpeando a un niño de unos 6 u 8 años. ¿Qué hace una criatura para que una persona adulta, hombre, mujer, madre o padre, abuela o abuelo, tía o tío, hermana o hermano mayor sea capaz de maltratarlo, a veces de manera inmisericorde, a sabiendas que no se puede defender? ¿Qué hace? ¿Travesuras?   

Yo me quedo con algún meme que vi por ahí que decía “Una nalgada a tiempo enseña: 1. Que los problemas se arreglan a golpes. 2. Que es normal lastimar a quien se ama. 3. Que el enojo no puede controlarse fácilmente. 4. Que los errores merecen un castigo. 5. Que hay que obedecer por miedo, no por convicción”.

Cuando alguien en redes sociales dice que no hay que golpear a menores de edad (ni a nadie) de inmediato vienen las protestas. No faltan los que dicen que “una nalgada no le hace mal a nadie” (¡ !). Sin embargo, yo me quedo con algún meme que vi por ahí que decía “Una nalgada a tiempo enseña: 1. Que los problemas se arreglan a golpes. 2. Que es normal lastimar a quien se ama. 3. Que el enojo no puede controlarse fácilmente. 4. Que los errores merecen un castigo. 5. Que hay que obedecer por miedo, no por convicción”.

Siempre he pensado que la violencia se aplica cuando no existe el razonamiento, el argumento, la lógica del pensamiento. Una bofetada se da más rápido que un diálogo. Desde hace años aseguro que convencer es una forma de vencer; pero, con argumentos. A diferencia de vencer a secas; se puede vencer en el ring. Se con-vence en la casa, en la escuela. Y si la labor de convencimiento está aderezada con cariños, con buenas palabras, con amor, con abrazos, el resultado será positivo. Hasta el refrán lo dice: “Más vale una gota de miel que mil de hiel”.   

Hay hijas e hijos que en cuanto sus progenitores se enojan por cualquier cosa, tiemblan. Es claro que no es el respeto el que mueve la relación de una familia de víctimas y victimarios, es el miedo. Por desgracia, creo que casi todos los seres humanos hemos vivido algún mal momento con, llamémosle, “el prójimo” por nimiedades. Más de alguna o alguno reaccionan con ganas de matar y no falta el que lo hace. Invariablemente, me pregunto qué infancia tuvo esa gente que responde casi a muerte por un rozón en el coche, por un reclamo de tránsito, por un malentendido en el súper, por un legítimo reclamo a un vecino.

Diversas corrientes de la psicología coinciden en que los primeros siete años de la infancia determinarán el resto de la vida. Muchas personas que fueron muy maltratadas, cuando son mayores y ya se pueden defender, no permiten que nadie les diga o haga nada o, por el contrario, se dejan golpear, insultar, intimidar; sin duda, no la pasan bien.

Siempre he pensado que la violencia se aplica cuando no existe el razonamiento, el argumento, la lógica del pensamiento. Una bofetada se da más rápido que un diálogo.

Quienes han sido maltratados, 30 o 40 años después, sonríen al recordar aquellos momentos. Luego de ver los artefactos del miedo, ríen, sí, pero cuando eran niños lloraban, temblaban de miedo, algunos se orinaban. Y la defensa de los progenitores es muy simple “no hay escuela para padres”. No obstante, hoy en día eso ya no es un argumento válido. La mayoría de los maltratadores fueron niños maltratados, aunque no quieran aceptarlo. La historia se repite. 

Hará unos 15 años supe de un grupo de madres y padres golpeadores, que funcionaba más o menos como los de alcohólicos o neuróticos anónimos. Desconozco si exista aún o si hay nuevos. Como quiera que sea es una patología abusar del débil. Se puede, se vale, se debe pedir ayuda profesional; leer libros sobre el tema.

¿Cuál puede ser la lógica más elemental? Recuerdo la vez que le dije a un niño: ¿Por qué le pegas el perro? No lo lastimes. Y literalmente me contestó: Mi papá le pega a mi mamá; mi mamá me pega a mí y yo le pego al perro”. Esa es la cadena de la violencia.              

Imagen: google.com

El cinturón, la famosa chancla, la vara, el palo de la escoba, los jalones de orejas y de cabellos, los coscorrones, los pellizcos, los apretones, el silencio (sí, el silencio, la indiferencia, es una forma de maltrato); el dejar sin cenar, el sacar a los niños al patio -aunque llueva o haga frío-, la cuchara de madera… todo esto deja huella, no sólo en la piel que enrojece o se abre, deja marca en las emociones, en la forma de enfrentar la vida y las relaciones escolares, sociales, laborales.

¿Cómo celebran las y los infantes el 30 de abril? De muy diversas formas, unos reciben juguetes, chocolates, abrazos… otros venden dulces en una esquina. Y ninguno de los dos está exento de ser víctima de una agresión, incluso ese mismo día. Los atropellos, la crueldad, la furia hacia la niñez, por desgracia, no respetan credos, clase social ni estudios de posgrado. La violencia genera miedo, inseguridad y, en la mayoría de los casos, genera rencor. Y el rencor es muy difícil expulsarlo de la vida.

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