Por Elvira Hernández Carballido

 

Una sirena que no consigue respirar bajo el mar, en esta cuarentena que parece eterna. ¿Cómo sobrevivir a ella?


Justo cuando mi cuerpo zarpa, yo tarareo bajito ese tango que nunca he bailado. Floto como una botella al mar, llena de ramitos de lavanda. Imagino un cielo morado, sin nubes. Me muevo al ritmo de un viento melancólico. Navego como un barquito de papel, consciente de mi fragilidad.

Entonces, quiero olvidar toda orilla. Dejo de aferrarme a la necedad de colgarme de alguna nube. Me resigno a convertirme en una flama que se apaga. Que mis suspiros den a luz burbujas de corazón rasgado.

Me sumerjo sin prisas, no pido auxilio en este ritual, alcanzo a despedirme de la luna que, poco a poco, me pierde de vista.

Bajo, bajo, sigo bajando.  Mi desgano se vuelve paz.  Burbujeo suspiros cuando un delfín me acaricia, no distraigo a los demás peces. Este silencio me llena de paz.

Sin embargo, hay días como hoy en que olvido cómo respirar bajo el agua, sirena que deshonra su destino, que blasfema de su propio mar. El espejo en el que me espío no se empaña, las burbujas de mi respiración empiezan a agitarse, se arañan entre sí. Entro en contradicciones: me hundo para rendirme o me hundo para no dejarme vencer.

Y en esta profundidad, el miedo empieza a someterme. No por llegar al fondo, sino porque al hundirme, en vez de ahogar mi tristeza, termine sofocando a mi espíritu.

Extraño esas burbujas producidas por un buen abrazo. Me faltan los besos de cristal, las caricias húmedas. Manos que cosen mis heridas, que las han zurcido con largos y sedosos hilos de mar, que me sujetan a este suelo marino.

Entonces las sombras de los tiburones se van convirtiendo en fantasmas negros que ahora me asustan, ya no me provocan. Entre más logro sumergirme, las estrellas de mar se avergüenzan de su improvisado ballet y ya no juegan a ser cisnes, se dan cuenta que no tienen alas, que jamás llegarán al cielo.

El canto melancólico de las ballenas me pone en alerta y olvido disfrutar de ese paisaje salado que tanto amo. No tengo ganas de imitar el cadencioso movimiento de la mantarraya, no la sigo, y mi actitud la sorprende. No se detiene, sin embargo, su mirada de reproche, seca mi alma.

Mi reloj de arena se detiene, aunque le da tiempo de convertir mis sueños en playas, donde no dejo huella El mar se vuelve noche, las olas ya no me arrullan, prometen insomnios o pesadillas. 

Siento que peso como las piedras que la poeta suicida guardó en las bolsas de su abrigo. Desciendo en espiral buscando una botella donde guardar mis aullidos de loba sin luna. Quiero vestirme de mar como Alfonsina.  Busco el barco hundido con ese Cristo que se parece al que bendijo el adiós de Antonieta. No dejo de maldecir este ancho mar que hoy parece prisión, no mi hogar con aroma a sal y yodo.

Soy sirena, pero hay días como estos en que no consigo respirar bajo el mar. Tal vez la culpa sea del hueco que siento con tantas ausencias. Hoy ella, él, ustedes están tan lejanos. Extraño esas burbujas producidas por un buen abrazo. Me faltan los besos de cristal, las caricias húmedas. Manos que cosen mis heridas, que las han zurcido con largos y sedosos hilos de mar, que me sujetan a este suelo marino. Ah, a los amores que les ha faltado oxígeno.

Intento zambullirme otra vez ya sin ahogar mis cantos, apropiándome de mis tormentas, volviéndome espléndida con mis lágrimas, generosa con mis melancolías.

Intento ya no sumergirme más, trato de detenerme y le regalo a las ostras mis heridas. Tomo aire cuando aparecen las medusas amenazantes, los erizos de espinas venenosas, las serpientes ponzoñosas. Sé que soy del agua, que fui parida por un mar embravecido, que mi llanto apaga todos los fuegos, que impide incendios. Y no, no es el fondo del mar lo que me ahoga, me ahogo yo cuando olvido respirar como sirena.

Entonces, el aire infla otra vez mi pecho. Y hago el recuento de esos días en que decidí anclarme a mi propia Atlántida, sin tragar aguas de amargura y brindar por lograr asilarme en este cielo al revés, donde los ángeles tienen escamas, los peces pierden sus aureolas y las piedras rezan para humedecer mi aliento.

Intento zambullirme otra vez ya sin ahogar mis cantos, apropiándome de mis tormentas, volviéndome espléndida con mis lágrimas, generosa con mis melancolías. Bajo el agua mi cuerpo se perfuma con aroma de masería. Buceo para complacerme. Mis manos provocan olas dentro de mí misma. Me hundo para recuperar mis latidos. Vuelvo a parir burbujas de vida. Desenredo hilos de mar.

Y levanto anclas porque un impulso efervescente provoca que emerja. Salgo a flote para brincar por el aire como mantarraya. Doy piruetas, saltos mortales, giro sobre mí misma, preparándome para volver a caer en el agua, para hundirme sin aguantar la respiración y me hundo, me hundo…

Vuelvo a sentir el agua tibia. Las burbujas y las sales marinas. El agua se desborda. Yo misma me derramo.  Aprieto un salero en mi mano. Fui yo quien le puso sal a esta agua. Estoy en la bañera, el único puerto para que mi cuerpo zarpe en estos días de eterna cuarentena. Días de quedarse en casa.

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