Esa ola verde del siglo XXI

Por Elvira Hernández Carballido

 

¿De qué forma tan diferente se vive un embarazo deseado y uno no deseado? La decisión de abortar no se “perdona”; se respeta. Y es necesario que se realice de manera segura.



Me declaro absolutamente cobarde para enfrentar el reto maternal.  Me declaro absolutamente egoísta porque pienso en mí y en mi desarrollo profesional. Me declaro absolutamente pecado porque no cumplo los sagrados mandamientos.

Me declaro absolutamente herida porque mi decisión no puede hacerme feliz. Me declaro absolutamente traicionada porque yo no elegí esta situación. Me declaro absolutamente inmoral porque no cumplo la ética patriarcal. Me declaro absolutamente valiente porque pese a todo dije no. Me declaro absolutamente responsable de mi cuerpo porque es mío. Me declaro absolutamente una mujer que está segura de interrumpir un embarazo no deseado.

Este fragmento forma parte de un testimonio con el que participé en los Premios DEMAC (Documentación y Estudios de la Mujer) en su concurso: “Biografía y Autobiografía 1997-1998”. Generosamente Amparo Espinosa y su asociación civil han motivado a muchas de nosotras a contar nuestras vidas. Yo me animé porque quería narrar la manera tan diferente en que se vive un embarazo deseado y uno no deseado. Así escribí “Desde el castillo del maternazgo” y nada mejor que reproducir partes de su contenido después de lo que pasó en Oaxaca, luego de esa ola verde que provocan las nuevas generaciones e inspiran, fortalecen, hacen levantar el puño con una mascada verde amarrada en la muñeca.

En este texto, narro la forma en que primero planeo un embarazo que con todo el amor y todos los miedos, con toda la fuerza y la debilidad, vivo para descubrirme a mí misma. Detallo la manera en que aprendí a ser mamá y las dificultades que atravesé en ese proceso y sí sobreviví y sigo sobreviviendo es por el buen amor que me inspira tener a un hijo deseado.

Desde estas páginas levanto mi puño y con certeza digo: Aborto legal para no morir. Y me dejo empapar por esa ola verde llena de fuerza, de feminismo, de amor por nosotras mismas.

La mitad del relato se empeña en detallar cuando caminaba por las calles cantando aquello de “qué alegre va María”, aunque también confesaba ese miedo que las futuras madres no queremos confesar. Sí, nos dicen que debemos estar felices, pero no es cierto. Yo tuve muchos miedos, creí que podía morirme en el parto como le pasó a mi abuela materna, dudaba de mi fuerza, sabía que no existe el amor maternal y que la tarea del maternazgo era amorosamente jodida. Pero llegó mi hijo y sobreviví, como dijo Rosario Castellanos, por esa herida abierta que dejó, por este vientre partido que todos los días me recuerda que soy madre, y que esa experiencia te renueva, te enfrenta, te fortalece.

Sin embargo, cuando ocurre todo lo contrario, qué historia más llena de dolor y rabia, coraje e impotencia. Comparto la manera en que mi dispositivo se mueve, me traiciona y quedo embarazada sin desearlo. Trato de utilizar las palabras más precisas para que sientan mis temores. No quiero perdón, deseo respeto ante mi decisión:

Tengo ganas de subirme a la montaña rusa, de andar en patines por el peor empedrado de la ciudad, de rodar salvajemente por las escaleras del edificio, de cargar algo muy pesado y que todo reviente dentro de mí, de golpearme hasta el cansancio el vientre… tengo ganas de morirme. Lloro desesperada, herida y rebelde. Lloro porque soy mujer y tenía que pasarme esto. Lloro porque aún con la posibilidad de decidir sí o no, eso no puedo consolarme, más bien creo convertirme en una heroína vencida. Le ruego a lo que está adentro de mí que salga de mi cuerpo, le pido disculpas por no quererlo. Incluso por desesperación llego a maldecirlo, a exigirle que desaparezca, así como llegó, de improviso, sin amor, sin ilusión.

Hace algunos meses, participé en un debate sobre el aborto. Yo escuchaba y escuchaba comentarios y maldiciones, descripciones y condenas. Entonces, tomé el micrófono y pregunté: ¿Quién de los presentes ha tenido que abortar? Silencio, yo levanté mi mano. ¿Saben? Yo no vengo a suponer ni a inventar, yo vengo a hablar de algo que viví. ¿Notan que levanto mi mano con ritmo de festejo? ¿Mi tono de voz es presuntuoso? No, el aborto -como bien dicen las feministas-, no es por gusto, es un último recurso. Yo quiero que respeten. No quieren abortar, por dios, no lo hagan. Pero si una mujer decide hacerlo, nadie, nada, ni todos los infiernos ni todas las maldiciones, ni todas las piedras que lancen, ni todas las veces que se persignen, lograrán impedir que ella tome su decisión. Yo la tomé, no estoy arrepentida, pero tampoco lo recomiendo ni chantajeo. Pido respeto. Yo fui privilegiada, pude pagar un aborto en un lugar seguro, pude estar acompañada, pude decidir.

Mi dedo pulgar sangra, lo muerdo de miedo, lo muerdo con desesperación, lo muerdo por solidaridad conmigo misma. Por algunos minutos el ginecólogo deja de bombear y pregunta si estoy bien. La última succión es terrible, siento que se va con ella la matriz, los ovarios, mi corazón, mi alma. Solamente alcanzo a musitar: Adiós cosita, perdóname. Alfredo entra y yo me suelto a llorar. Lágrimas de dolor, de indignación, de total tranquilidad. Por la noche temor a sufrir algún síntoma que describiera el médico, desde fiebre hasta hemorragia. El sueño logra vencerme, pero amanezco con lágrimas en los ojos. Al mirarme al espejo descubro en ellos una paz absoluta. Abro las cortinas y el sol entra en todo su esplendor. De inmediato recordé el día anterior en ese pequeño quirófano, cuando todo terminó, también abrieron las cortinas y la luz solar iluminó toda la habitación. Ese día también pensé que tenía la oportunidad de ser y sentirme mejor.

Quienes han leído “Desde el castillo del maternazgo” me llaman valiente o atrevida, yo solamente sé que soy una mujer que decidió y tuvo suerte al contar con el apoyo de la gente que la ama. Por supuesto, algunas me critican y hasta han terminado su amistad conmigo. Yo no lo escribí con soberbia ni con una copa de champagne a mi lado. Escribí con dolor, pero también con la certeza de que el aborto es una decisión personal y que las mujeres que debemos tomarla necesitamos que se realice en un lugar seguro. Por eso desde estas páginas levanto mi puño y con certeza digo: Aborto legal para no morir. Y me dejo empapar por esa ola verde llena de fuerza, de feminismo, de amor por nosotras mismas.

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