Carta a Thelma Nava

Por Lucía Rivadeneyra

 

“A pesar de saber que tu ausencia definitiva era inminente, cuando supe la noticia no fue fácil aceptar la realidad. Me cuesta trabajo hablar en tiempo pasado porque estás muy presente”.



Thelma Nava, tan querida:

Este 25 de noviembre es el primer día en que no estás para poder celebrarte en nuestra tradicional comida. En los últimos tiempos, como tu hija Raquel sabía de nuestra cercanía, convocaba al festejo. Seguro te acuerdas de la vez que, hará una década, te llevó a un museo y ahí llegué. Tú le dijiste: “Mira, qué casualidad que venga Lucía el mismo día que nosotras”. Raquel y yo reímos sin parar; después, cómplices, brindábamos por la poeta Thelma Nava en un restaurante que les gustó mucho, por el rumbo de Coyoacán.

En todos los espacios donde leías poemas, la gente te escuchaba y te quería; y algunos te queríamos más. La memoria me dice que fuiste muy cercana a los poetas mexicanos: Sergio Mondragón, Dolores Castro, Isabel Freire, José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Alí Chumacero, Rubén Bonifaz Nuño, Eduardo Lizalde, Jaime Sabines y muchos más. Con el paso de los años te acercaste a una buena cantidad de poetas jóvenes, como Luis Ignacio Helguera (cuya prematura partida te dolió profundamente), y otros tantos que ya no son tan jóvenes. Claro que, por sobre todo, fuiste cercana al gran Efraín Huerta a quien le entregaste tu corazón. ¡Cómo gocé las anécdotas de tu historia de amor!

Te recuerdo como Jurado de innumerables premios nacionales e internacionales de poesía; solidaria con causas políticas que abogaban por los desposeídos y los desencantados; combativa desde la palabra.

Tú, la gran viajera, que hiciste amigos en todo México y en Perú, Argentina, Nicaragua, El Salvador, España, Cuba, Colombia, Italia, Puerto Rico… aprehendías ciudades. Alguna vez publiqué que charlar contigo era una delicia por tu frescura y sencillez. De pronto decías: “Eso lo platiqué con Juan Gelman”, “En la época en que conocí a Benedetti”, “En Río de Janeiro visité a Manuel Bandeira”, “Tuve una larga charla telefónica con Juana de Ibarborou”, “Ay, cuando caminaba por Roma con Julio Cortázar”.

Te recuerdo como Jurado de innumerables premios nacionales e internacionales de poesía; solidaria con causas políticas que abogaban por los desposeídos y los desencantados; combativa desde la palabra. En fraternidad absoluta con diferentes países, durante mucho tiempo. El amor, la resistencia política y las ciudades son temas que siempre te sedujeron. Tenías la certeza del verso de Gabriel Celaya: “La poesía es un arma cargada de futuro”.

Naciste el día en que se conmemoran las luchas feministas. Seguro estarías preparándote para la marcha. Siempre apoyaste las causas de América Latina, toda tu vida trabajaste en lo que te gustaba y nunca dependiste de nadie. Admirabas a hombres como José Martí o Ernesto “Che” Guevara. En un poema que le dedicas al comandante dices: “Yo sólo soy una mujer que tiembla cuando dice tu nombre”. Y aquí otro en el que mezclas tus pasiones cotidianas:

     Este hombre que va creciendo en Martí

     Este hombre que besa como si el cielo fuera a desplomarse
     y arrebata imágenes a la tarde
     este hombre que siembra sonrisas en mi piel
     certeramente dispuesto a encontrar flores marinas
     guarda cristales en la espalda como sueños
     inventa soles     ama
     Y va creciendo en Martí   siempre en Martí.

Quienes tuvimos la fortuna de estar cerca de ti, de una o de otra manera, recordamos versos que despiertan emociones, que nos hablan de una etapa de la poesía mexicana escrita por mujeres, de la frescura para atrapar el momento irrepetible:

     Esbozo para empezar un amor
     (fragmento)
     …

     Por eso, amigo mío, voy a pulir mis manos en tu rostro     
     Porque estás aquí en ti yo creo.
    Creo en la llamarada de la tierra
     y en el fulgor de un lago que te escucha,
     que se hace cada vez más transparente.

     Quiero saberlo todo: lo que se esconde detrás de la violencia
     de tus ojos, lo que hay bajo la cuerda tensa de tu piel.
     Para decir el nombre de las cosas, la palabra precisa,
     la que en ti permanezca, la que te diga buenos días
     y te descubra el vuelo de la dicha, la orilla de los besos
     circundados apenas por una lágrima cuidadosamente amaestrada:
     voy a iniciar la huida del silencio.
     …

Hay muchos otros que reflejan a la mujer que se dejó llevar por la libertad que da la palabra, que era tu forma de vida, tu independencia, lo cual se refleja en tus poemas y, sin duda, supiste traducir las inquietudes:

     Ulises

     Ese color le sienta a tu estatura
     a tu forma de hablar y de mirarme.
     Navega un barco en la acera de enfrente.
     El viento detiene sus velas
     y tú llegas náufrago a mis brazos.

     Solemos pasar el tiempo contando gaviotas.
     Hacemos el amor como los peces.
     Otra sirena te llama pero tú no la escuchas.
     Ulises:
     yo te vi primero.

Uno de tus poemarios se llama El libro de los territorios y yo pienso en tu hogar que era un territorio de libertad, una isla, un remanso de paz. Era imposible no contemplar en cada visita alguna de sus paredes adornadas con buen gusto; llenas de luz, de cuadros que parecían alas en espera; dibujos enmarcados, fotografías, bocetos, cocodrilos, cartas de escritores que eran tus amigos entrañables. Muchos libreros de colores de diversos tamaños. El periódico sobre la mesa del comedor. El café a la orden del día. Y al subir las escaleras una foto ampliada tuya y del gran Efraín, en sus años de amor pleno.  

Thelma Nava y Efraín Huerta

Tú, la gran viajera, sigilosa empezaste a hacer maletas unos meses antes. Te despediste de tu hija Thelmita, de tus nietas, Natalia y Varenka, y de tu bisnieta y te subiste al tren definitivo en pleno verano, el 17 de agosto, en Canadá, cuando los ocres apenas se asoman y nos hacen creer que la vida no se acaba. Tu hija Raquel, historiadora y también poeta, se había ido ocho meses antes. Ahora, seguramente ella, Efraín y tú están apagando velas entre nubes. Quiero decirte que en tus valijas de aire te llevaste el corazón de muchos lectores que descubrimos tus palabras de magia y de esperanza.

A mí no me queda más que agradecer el espacio que me diste en tu vida. Me obsequiaste libros propios y ajenos, hablamos de nuestras vidas y, a veces, de las de otros. Me conmovía tanto saber que varias poetas te pedían consejos de amor y a más de alguna le contestaste: “Hazle caso a tu corazón”.  Me brindaste muchas horas de tu valioso tiempo. Nuestros desayunos se prolongaban por horas y horas; nos salíamos del restaurante cuando la gente llegaba a comer. Acompañamos nuestros duelos: el de tu bello gato Dylan y el de Churumbel, mi amado perro.

Abro el baúl de la memoria y surge el olor de tu casa y tus cortinas. Abro los ojos y apareces. Y cuando abro tus libros me tocas toda entera y te recuerdo.

Thelma Nava y Lucía Rivadeneyra

En estos últimos meses, apareces a la menor provocación. Tantos obsequios tuyos me rodean: Abro la alacena y un plato de talavera me saluda. Abro el clóset y un abrigo gris está listo para abrigarme. Abro un alhajero y un collar me habla. Abro el baúl de la memoria y surge el olor de tu casa y tus cortinas. Abro los ojos y apareces. Y cuando abro tus libros me tocas toda entera y te recuerdo. Años, muchos años de amistad, Thelma querida. Imposible olvidar que fuiste hasta Morelia a acompañarme en la presentación de uno de mis libros y aquí en la Ciudad de México, en Bellas Artes, me hiciste el honor de presentarme uno. También escribiste un ensayo acerca de mis poemas y tu generosidad fue grande.   

A pesar de saber que tu ausencia definitiva era inminente, cuando supe la noticia no fue fácil aceptar la realidad. Me cuesta trabajo hablar en tiempo pasado porque estás muy presente. Creo mirarte en un Encuentro de poetas, en una mesa leyendo tus poemas; en tu casa, fumando con sensualidad tus mentolados o escogiendo ropa para irnos a algún lado o recibiendo a tus invitados con hospitalidad irrepetible.

Le agradeceré siempre a Thelmita la posibilidad de verte las últimas semanas que estuviste en México y el hecho de poder decirte adiós, un día antes de que te fueras a Canadá, a esperar el ferrocarril de la distancia eterna, porque tú, la gran poeta viajera, ya tenías tus planes.

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