El amor romántico y el desamor de José José

Por Guadalupe López García

 

El cantante contribuyó a la educación sentimental de las generaciones de casi cinco décadas, en una cultura musical mexicana en la que el sufrimiento y el amor romántico se traducen en violencia contra las mujeres.



“Permítanse llorar”, dijo la conductora de un programa televisivo por el homenaje de cenizas incompletas presentes del cantante José José, fallecido el 28 de septiembre de 2019, después de más de 10 días del funeral más largo que se tenga memoria (sin cuerpo presente), debido a los conflictos entre las dos familias del Príncipe de la canción. La instrucción no fue necesaria, pues, mínimo, se habría formado un nudo en la garganta durante la apoteosis popular de ese 9 de octubre.

Hicieron mucha falta las crónicas del periodista y escritor Carlos Monsiváis para recrear la vida y muerte del intérprete de “El Triste”, la canción más escuchada a finales del año pasado, la cual se lanzó al mercado en 1970, por medio de un acetato. Este es el primer Día del Amor y la Amistad que no se tendrá a José Rómulo Sosa Ortiz, a pesar de que su ausencia era ya de años atrás, al morir primero esa voz privilegiada.

Si Juan Gabriel fue el compositor de música popular urbana más venerado por “el pueblo de México”, José José tenía ese lugar como cantante. No importa que su voz haya quedado como volcán apagado, que su alcoholismo y adicciones hayan consumido su fortuna, que en su vida sexual haya hecho de todo y sin medida, que la violencia familiar que vivió en su infancia la haya reproducido en sus matrimonios, que su culto a la virgen de Guadalupe lo haya mezclado con la santería para superar el cáncer de páncreas.

Ahora es leyenda. Quedará como el bohemio, el enamorado, el romántico, el hombre noble e hijo, padre y amigo bondadoso. Es el mito que se reproducirá a través de sus canciones y de lo que la gente ha contado y contará, aunque él ya lo hizo en una película, un libro, una serie y en innumerables entrevistas.

Un minuto de silencio por nuestro amor

Sus canciones constituyen un producto cultural de la naciente clase media urbana de México en la década de los 70. De los referentes musicales e interpretativos de José Alfredo Jiménez, Agustín Lara y Pedro Infante, se transitó a uno más sofisticado: José Sosa se convirtió en el crooner “de un país que quiso sacudirse el sombrero para saludar al smoking”, relata el periodista Eduardo Bautista[1].

El escritor Julio Patán cuenta a ese reportero que José José le dio a la música popular un refinamiento sin precedentes: «Fue la brillante culminación de las diferentes vertientes de la música mexicana, desde el bolero hasta la ópera, que es una de las fuentes de las que él abrevó». La figura del crooner estadunidense, retomado en México, “no es un cantante cualquiera; es uno extremadamente sentimental, que disfruta demasiado lo que hace”, explicó alguna vez el intérprete mexicano de jazz, Ed Lorenz.[2]

José José y sus canciones no solo fueron producto de esa clase media urbana, sino que también le fue dando forma en el plano emocional, junto con otra música, mediante diversos medios, como la televisión, la cual se unió a esa tarea que ya tenían la radio y el cine. Contribuyó así, a moldear al amor romántico, incluyendo al desamor, como el estrato emocional de esa clase media.

Su voz no fue el único elemento que consolidó su éxito. Su vida misma también fue otro producto cultural: “Su vida demuestra la proclividad del mexicano hacia el melodrama”, describe Patán en esa entrevista.

O su vida se reprodujo en sus canciones o José Sosa recreó su vida con sus canciones: una vida tormentosa, incapaz de ser feliz, de vivir en la espera eterna de algo inalcanzable: el amor. Los imaginarios colectivos forman referentes sociales, pero el intérprete de “Gavilán o paloma” los materializó. El mito —convertido en realidad— se alimentó del dolor, del sufrimiento.

Hoy quiero saborear mi dolor

José José contribuyó a la educación sentimental de las generaciones de casi cinco décadas. En su funeral, fue sorprendente cómo niñas y adolescentes le lloraron al que desde hace tiempo había dejado de existir. Sus canciones, señalaron en algunas entrevistas, las aprendieron de sus mamás y abuelas, como seguramente también de medios más modernos y de los covers de otras y otros artistas.

Las letras musicales son la representación más acabada del amor como sufrimiento: “Es que amar y querer no es igual. Amar es sufrir, querer es gozar”. José José reinventó la canción romántica; sus canciones rompieron con todo lo establecido, las hacía suyas, narra el periodista Ricardo Rocha,[3] quien recuerda que, en una entrevista, el Príncipe dijo que la canción “más ruda” que podía dedicarle a una mujer era “Amnesia”[4]:

Usted me cuenta que nosotros dos fuimos amantes,

y que llegamos juntos a vivir algo importante.

Me temo que lo suyo es un error.

Yo estoy desde hace tiempo sin amor,

y el último que tuve fue un borrón en mi cuaderno.

La música ha sido el vehículo de transmisión por excelencia del ideal del amor romántico, y las mujeres, sus destinatarias principales: “Imagínate que un príncipe te trae lindas flores de color. Te acaricia entre tus brazos y tú le das amor”. Es la educación sentimental que hemos recibido durante generaciones, como los mismos mensajes, solo que vienen disfrazados de otra forma, con otros ritmos más modernos, con otros cuerpos con más movimiento.

En la cultura musical mexicana, el sufrimiento y amor romántico se traducen en violencia contra las mujeres: “Voy a poner cadenas en ti para que no me engañes, para que no te vayas de mí en busca de otro amante […] Y es que la vida es así: o tú o yo”.

La música por sí sola no puede ser promotora de la violencia; no toda la música es una apología de esta. Ni siquiera toda la producción de José José. Requerimos deconstruir esa educación emocional y llevarla a un plano político, de empoderamiento y autonomía.

La forma en que se nos enseña y aprendemos (en este caso, a través de la música) a sentir y expresar las emociones, se refleja necesariamente en nuestras vidas. Las emociones están siempre presentes en la toma de decisiones, indica la catedrática e investigadora de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala, de la UNAM, Oliva López Sánchez.

No obstante, esa toma de decisiones, condicionada por aquello que se siente, se disfraza con mensajes como “El corazón no entiende de razones” o “Me dejé llevar por mis emociones”. Es una justificación social que se le quiere dar a la violencia de género, incluso, a los feminicidios, para evitar la responsabilidad jurídica.

El 26 de octubre, José José tuvo un homenaje en el Zócalo capitalino. Recordé mi juventud y mi vida amorosa recreada con esas canciones, pero no pude llorar, señora conductora, porque me invadió la zozobra al ver a niñas, adolescentes y jóvenes entonar aquellas canciones en tiempos de violencia y de incremento de feminicidios.

La música por sí sola no puede ser promotora de la violencia; no toda la música es una apología de esta. Ni siquiera toda la producción de José José. Requerimos deconstruir esa educación emocional y llevarla a un plano político, de empoderamiento y autonomía.

Fuentes:

[1] https://www.elfinanciero.com.mx/reflector/cuando-mexico-quiso-ser-jose-jose.

[2] https://www.jornada.com.mx/2016/08/24/espectaculos/a10n1esp.

[3] https://heraldodemexico.com.mx/heraldo-de-mexico-radio/jose-jose-reinvento-cancion-romantica-rompio-establecido-ricardo-rocha/

[4] Idem

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