14 Aniversario 2020 Columnas Edición Marzo'20 Elvira Hernández Carballido 

Mujeres que te marcan la vida

Por Elvira Hernández Carballido

 

Un reconocimiento a la vida y obra de Antonieta Rivas Mercado, Frida Kahlo,Rosario Castellanos, Laureana Wrigth, María Luisa Puga, Kyra Galván, Sara Lovera y Rosa Montero, cuyos textos, desde diversos géneros, se convierten en ejemplos a seguir.



Lecciones de vida o lecturas recomendadas. El libro justo en el momento justo. La charla necesaria, el sueño en su momento. Una perspectiva de vida con la que te identificas, un ejemplo que sigues. Palabras que aspiras para llenarte los pulmones con su filosofía, poemas que te conmueven, reportajes que te muestran la desigualdad, reflexiones que te explican rencores y odios. Cuántas mujeres en nuestra vida que te marcan la vida. Este marzo del 2020, mi compromiso es agradecerles seguir en mi vida.

Antonieta Rivas Mercado

Estoy en el atrio de Notre Dame. Repito su nombre mientras camino lentamente hacia el altar, como esa novia vestida de blanco que nunca quise ser por solidaridad conmigo misma. Antonieta, Antonieta… ¿Qué pensabas mientras el sonido del disparo aún resonaba en tus oídos y caías lentamente herida por ti misma?

Antonieta, Antonieta… ¿Musitaste como una oración las 87 cartas de amor que le escribiste a Manuel, tu amor imposible por siempre? ¿Absurdamente te dio fuerza el amor desgastante y profundo que tenías por tu hijo, ese pequeño amado que no podías tener a tu lado y decidiste secuestrar tu misma? ¿Miraste los ojos de Vasconcelos cuando diste vuelta rumbo a Notre Dame y reconociste la impotencia del amor más profundo?

Trato de caminar imitando esa elegancia que atisbo en las fotos que te han hecho eterna y cercana. No luzco ese sombrero de ala ancha que ocultaba tu mirada triste. No poseo esos guantes largos que cubren esas venas donde tu sangre apasionada corría en busca del amor verdadero. Pero camino evocándote con un dolor que puede ser calificado de absurdo por los insensibles y de auténtico por las cursis declaradas como yo.

Ay Antonieta… ¿Por qué las mujeres inteligentes solamente ganan críticas y juicios sumarios? Ay Antonieta… ¿Por qué las mujeres sensibles cuando se enamoran son tan mal correspondidas? Ay Antonieta… ¿Por qué siempre amamos al hombre que nunca podrá correspondernos con la misma intensidad y pasión?

Tenías solamente 30 años cuando moriste por ti misma. La misma edad en la que yo decidí embarazarme y empecé a tejer el amor más profundo que he podido sentir por alguien. La misma edad en la que el hombre que amaba decidió hacerme pedacitos el corazón con su infidelidad tan anunciada. La misma edad en la que yo también, por primera vez, sentí que la muerte era el lugar más seguro. La misma edad en que vagué por la tristeza y me perdí en la depresión. La misma edad en la que luché contra mi propia alma y hasta la fecha no adivino quién ganó. Tal vez ella y por eso puedo seguir amando. Tal vez yo y por eso puedo expresarte todas estas sensaciones.

Frida Kahlo

Y una vez, descubrí sus pinturas, espejos de mi alma, reflejos de lo que fui.

Las dos Fridas (1939-1940). He sentido mi corazón expuesto a la mirada de todos, pero nadie advierte su latir enamorado por un hombre que lo desordena y casi siempre lo rompe. Arterias delatoras de un dolor interminable. La mano de una Frida cobija la mano de la otra Frida, amistad femenina, sororidad eterna. Las nubes a sus espaldas delatan malos tiempos. Y pese a todo siguen juntas. Una mostrando la fotografía del hombre jeroglífico que marca su vida. La otra aparenta detener una hemorragia donde el desamor escapa… 

La columna rota (1944). Y palpé el dolor de una mujer fuerte. Cada vez que me lastiman, siento los mismos clavos que tapizan su cuerpo y reconozco lo que es sufrir por alguien, por algo, por todo y por nada. Otra vez a sus espaldas un paisaje que no garantiza buenos tiempos, seco y árido, como cuando te sabes engañada. La columna rota duele igual que un corazón roto, que unas ilusiones rotas, que unos sueños quebrados, que un amor agrietado, que un corazón partido, que un alma perdida, que ese silencio cuando te alejas.

Diego en mi pensamiento (1943). Pensar en él para imaginarlo como nuestra alma quisiera. Tatuarlo en los pensamientos para evocarlo como nunca será. Preocuparse por lo que no nos dice y quizá sienta. Recrear eternamente esos instantes de caricias bien compartidas y de suspiros que escandalizan a las buenas conciencias. Inventar lo no vivido. Olvidar lo que no se dijo. Creer que al pensarlo todos los días besará nuestra frente, hará los juramentos necesarios para sentirse amada, querida, deseada, suya…

Autorretrato de pelona (1935). Mi corte de cabello se asemeja al de esta Frida pelona que huye de su propia feminidad para ya no ser frágil en el amor. Para no dejarse despeinar en esos arrebatos apasionados que de seguro ese hombre amado olvidaba en cuanto se levantaba de su cama amorosa. Cada cabello corto la alejó de su soledad, cada cabellito que no crece la defendió del desamor, pero siempre le impidió esconder ese deseo de volver a amar, aunque mañana no supiera quién le hizo una nueva herida en su alma enamorada.

Laureana Wrigth

Y pese al tiempo transcurrido, pude hojear ese periódico de 1888, la Hemeroteca Nacional fue ese lugar mágico para conocer a Laureanita y el semanario que fundó en el siglo XIX, primer escenario del periodismo feminista en México: Violetas del Anáhuac. Por eso, ella fue una mujer violeta, directora de una de las primeras publicaciones periodísticas escritas por mujeres en México, pionera del feminismo nacional, poeta y maestra de las generaciones de mujeres que a finales del siglo XIX buscaban un espacio en donde compartir su inspiración y sus reflexiones. Escribió La emancipación de la mujer (1891); Educación errónea de la mujer y medio práctico para corregirla (1892); y Mujeres notables mexicanas (1910). En uno de sus textos más representativos se preguntaba: ¿Qué necesita la mujer para llegar a esta perfección? Fuerza de voluntad, valor moral, amor a la instrucción y amor a sí misma y a su sexo para trabajar por él, para rescatarlo de los últimos restos de la esclavitud que por inercia conserva.

Cada vez que visito el zócalo de la Ciudad de México, la imagino caminando por sus calles, dar vuelta justo en la Catedral y entrar a la imprenta donde se editaba ese periódico “redactado por señoras”. En cada página, la sororidad impresa; en cada texto, la certeza del cambio a favor de las mujeres; cada reflexión, una apuesta por sí mismas, en una sociedad que no las consideraba ni siquiera ciudadanas. Fue maestra y aliada, motivó a muchas mujeres mexicanas a escribir y les abrió las puertas de su periódico. Fue bien querida por cada una de ellas. Por eso, no sorprende el poema que les escribiera una de ellas, Dolores Mijares:

Yo señora, os he soñado/ con escultural cabeza/ cuya artística belleza han mis ojos contemplado. / Un ángel a nuestro lado violetas entrelazaba/ una guirnalda formaba, con laurel la entretejía/ en vuestra sien la ponía y sonriente os contemplaba. / Mas para vos que lleváis/ a la virtud por piloto, no harán ábrego ni noto/ que en la lucha sucumbáis, y pues qué ejemplo nos dáis seguiremos vuestra huella/ mirando cómo la estrella que nos señala el camino/ cual la del norte marino señala con su luz bella.

Rosario Castellanos

Malhumorada, irónica, levantando los hombros como a quien no le importa, yo digo que no sé, sino que sobrevivo a mínimas tragedias cotidianas: la uña que se rompe, la mancha en el mantel, el hilo de la media que se va, el globo que se escapa de las manos de mi hijo. Contemplo esto y no muero. Y no porque sea fuerte sino porque no entiendo si lo que pasa es grave, irreversible, significativo, ni si de un modo misterioso estoy atrapada en la red de los sucesos.

Mi poeta por siempre, la periodista que siempre he querido ser, la escritora que me acompaña en mis viajes, la filósofa que me provoca, la mujer a quien le lloré en su tumba como si hubiera muerto ayer. Rosario Castellanos, es totalmente necesaria para comprender la condición femenina en nuestro México de ayer y de hoy.

Te extraño, como siempre lo ha hecho tu amiga eterna, la poeta Dolores Castro, con quien también estudiaste en la universidad, con quien viajaste a muchos lugares, con quien debes haber compartido secretos y verdades, poemas y decepciones. Posiblemente fuiste directa y dura, pero ella siempre quiso ser tu amiga, aunque no creyeras mucho en la amistad entre mujeres. Bien advertiste en tu poema “Autorretrato”: Amigas… mmm… a veces, raras veces y en muy pequeñas dosis. En general, rehúyo los espejos. Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal y que hago el ridículo cuando pretendo coquetear con alguien.

Podría evocarte como seguramente lo hace tu hijo Gabriel, ese hijo también presente en tus poemas, el mismo que nos describiste con verdadero amor maternal: Soy madre de Gabriel, ya usted sabe, ese niño que un día se erigirá en juez inapelable y que acaso, además, ejerza de verdugo. Mientras tanto, lo amo.

Y al enojarme, al llorarte, al extrañarte, al compartirte mi corazón desordenado, al evocarte y al sufrir tu muerte, no me queda más que rendirte un homenaje, este homenaje. 

Mi poeta por siempre, la periodista que siempre he querido ser, la escritora que me acompaña en mis viajes, la filósofa que me provoca, la mujer a quien le lloré en su tumba como si hubiera muerto ayer. Rosario Castellanos, es totalmente necesaria para comprender la condición femenina en nuestro México de ayer y de hoy.

Fue en la universidad cuando escuché hablar de ti. En la clase de literatura me dejaron leer tus novelas. Luego tuve que pasar a tu poesía. Memoricé muchos de tus poemas, me identifiqué con aquellos donde te delatabas simplemente como mujer. Fuiste tan fiel a ti misma que lograste trazar un auténtico autorretrato de tu propia alma. Nunca olvido que gracias a ti, estoy convencida que soy mujeres de palabras, así, en plural gozoso.

¿Mujer de ideas? No, nunca he tenido una. Jamás repetí otras (por pudor o por fallas nemotécnicas).
¿Mujer de acción? Tampoco. Basta mirar la talla de mis pies y mis manos.
Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no. Pero sí de palabras, muchas, contradictorias, ay, insignificantes, sonido puro, vacuo cernido de arabescos,
juego de salón, chisme, espuma, olvido…

María Luisa Puga

Mi libro favorito, todavía hasta la fecha es Pánico o peligro,  me creo Susana, ese personaje femenino que siempre amó a sus mejores amigas, que escoge su oficinita quieta y chica. Que le gusta ver al hombre que ama despeinarse con sus emociones. La misma siempre pasmada pero que atrapa su cotidianidad en cuadernos donde su letra redonda la delata.

Hoy, todavía, cuando voy a la Ciudad de México y camino por la colonia Roma busco a la Susana niña, la pequeña que vivía en el viejo edificio de Álvaro Obregón y toca el timbre con la punta de su lápiz para evitar un toque, la que se despedía cada mañana de su papá y sentía ese beso calientito pero rápido en su mejilla. Que se colgaba de sus amigas Lourdes, Socorro y Lola. Comparto su miedo cuando entraron a robar a su departamento y se llevaron ese radio portátil que la acompañaba por las noches. Su madre tan abnegada y tan fuerte a la vez.

Después de tantos años creo ser yo la que escribe para ser leída por el hombre amado, como tanto tiempo lo hizo Susana a quien le presenta sus recuerdos en desorden, como la misma ciudad que la vio crecer. La misma que para sentirse amada necesitaba describirse y delatarse. La mujer enamorada que en ese acto de amor total se descubrió a sí misma para quererse bien. Que confesó su gusto por escribir porque es “una manera de recuperar la vida que una se va gastando casi sin sentir”. Susana empieza a escribir para el otro, pero terminan dictando su propia historia para reconciliarse con ella misma.

Y todo esto que les comparto lo provoca Pánico o peligro (1983), cuya creadora es María Luisa Puga, escritora mexicana que me aproximó a la literatura, que sigue siendo mi ejemplo, mi guía y mi inspiración.

La suerte de reportera primeriza me iluminó en mis primeras tareas como tal y el primer evento cultural que me tocó reportear para revista Fem, Puga estaba de ponente. La escuché con verdadera emoción. Mi corazón latía esperando acercarme, la abracé con verdadero cariño y antes de hacerle cualquier pregunta le extendí la portada de una revista donde ella salía para que me diera su autógrafo. Le dije que gracias a ella me gustaba cada vez más escribir. Solamente sonrió y escribió: “Elvira, me da gusto que hayas venido esta noche. Afectuosamente, María Luisa Puga, 1988.” Y yo la sigo leyendo con sensible emoción… Siempre segura que debo enfrentar el pánico y vivir el peligro:

Por donde quiera que yo miro, veo ojos, boca, narices. Quiero llegar a la casa y encontrarme con toda tu diferencia, tu risa, tu manera de transformarme cuando estoy contigo. Quiero el presente y no me importa vivir toda la vida con este perpetuo forcejeo con las palabras ajenas. Llego repleta de calle y te encuentro henchido de palabras, eléctrico, poseído. Me caen como avalancha y por debajo veo tu vida, veo tu cuerpo y a eso estoy atada. Me dejo estar en el ruido con tal de sentirte cerca. Pero en cuanto cierro la puerta del apartamento sé que afuera se queda afuera.

 Kyra Galván

Se dice que las mujeres débiles/que los hombres fuertes.
Sí y nuestras razas tan distintas.
Nuestros sexos tan diversamente complementarios.
Yin & Yang.
La otra parte es el misterio que nunca desnudaremos.
Nunca podré saber –y lo quisiera—
qué se siente estar enfundada en un cuerpo masculino
y ellos no sabrán lo que es olerse a mujer
tener cólicos y jaquecas y
todas esas prendas que solemos usar.

Y este poema sacudió mi vida. Este fragmento de Contradicciones ideológicas al lavar un plato, explicaba todo y me delataba por completo. Una poeta mexicana iluminó mi alma, me enamoró de la vida, me advirtió de esa construcción de género. Su poesía me hizo apretar los puños, creer en mí misma, amar mi cuerpo y el del hombre que deseo. Llegó a mi vida cuando yo era una adolescente que buscaba respuestas y me regaló más preguntas. Memoricé el primer poema que leí de ella. Grabé su nombre en mi alma, se llama Kyra Galván:

Uso perfume no porque lo anuncie Catherine Deneuve o la Bardot.
Sino porque padezco la enfermedad del siglo XX.
Creer que en una botella puede reposar toda la magia del cosmos.
Que me voy a quitar de encima, el olor de la herencia,
la gravedad de la crisis capitalista.
Porque a pesar de todo/hembra.

Y me dormía con sus libros bajo la almohada para colorear mis sueños con sus poemas. El hombre amado creyó en las palabras que aprendí de ella. Y después del primer libro, Un pequeño moretón en la piel de nadie, siguió Alabanza escribo. Su poesía fue reunida en Incandescente y brinqué de alegría cuando su primera novela se topó conmigo: Los indecibles pecados de Sor Juana. Entonces, bendigo al maldecido Facebook cuando veo que es amiga de un conocido. Me atrevo. Le escribo, le confieso mi admiración. Sencilla y humilde, me acepta. Después, lo increíble, dará un curso y voy. Qué nervios, controlo la emoción, la saludo con una sonrisa. Corrige con severa generosidad. Tiemblo cuando me felicita. Nuestro abrazo en la foto clásica al final del curso. Ahora leo Anatomía de la escritura y Espejo Celestial, sus más recientes poemarios. Ya somos amigas. Releo su autógrafo: “Para Elvira, con el amor a las palabras luminosas. Kyra Galván”. Y cada noche, sus poemas bendicen mis sueños.

Sara Lovera

Sara Lovera, la misma que conocí una tarde de 1984 en la sala de redacción del periódico Uno más Uno. Ella tecleaba en su máquina de escribir, fumaba un cigarrillo y nos miró de arriba abajo cuando nos acercamos a invitarla a una mesa redonda sobre mujeres periodistas en la UNAM. Desde ese momento su carisma quedó grabado en mis sueños de ser periodista, era yo una joven universitaria que por primera vez conocía a una reportera de verdad, con personalidad, de carácter fuerte, segura, orgullosa, directa, honesta. Nos hizo muchas preguntas, para qué era el evento, por qué nos interesaba abrir un espacio a las mujeres periodistas, qué sabíamos sobre feminismo. Al salir coincidimos: qué mujer.

Tres años después por mi necedad y mi atrevimiento volví a encontrarla. Esta vez cuando se iba a fundar el suplemento Doble Jornada. Ella discutió fuerte y defendió sus ideas cuando se construía el destino de esa publicación feminista representativa de finales de siglo XX en México. Refutaba segura que una publicación periodística y feminista necesitaba a alguien que supiera periodismo y comprendiera la importancia del feminismo.

Durante 10 años, coordinó el suplemento DobleJornada, periodismo feminista en todo su esplendor. Ya como jefa de las “doblejornaleras” no hubo reunión con ella donde no aprendiera de su ejemplo, de su estilo, de su compromiso periodístico y feminista. Desde sus gritos y mentadas de madre cuando algo no resultaba hasta cuando yo gané un premio de periodismo y me recibió con besos y abrazos, orgullosa de mí. Descubrió mi estilo y me obligó a palparlo, a sentirlo, a disfrutarlo. Atisbaba mi fragilidad y me llenaba de seguridad. “Datos, Elvira, los datos primeros y bien sustentados”, me decía al revisar mis reportajes.

La acompañé a varios eventos y me encantaba verla ganar la noticia. Acercarse a conseguir la información con táctica seductora cuando lo ameritaba y cabrona cuando era necesario. Su forma de preguntar, de ganar la exclusiva, de tomar datos en su libreta, de teclear en su máquina la entrada que hacía destacar su nota, el nuevo tema por investigar.
Todavía me impacta verla, aunque yo ya sea doña doctora. “Elvira, Elvira, quién fue la primera diputada en México, qué pasa en Hidalgo, no me mandaste la información que te pedí, ya te leí y faltó tal dato, ya te leí y vas bien”.

Me obligó a escribir sobre temas que han marcado mi vida y que se han convertido en mi razón de escribir: mujeres, feminismo, denuncia social. La cito en mis trabajos, la pongo de ejemplo, la leo cerquita pese a la lejanía geográfica, nunca dejaré de leerla. Siempre le digo que es mi madre periodística. Así llegó y así sigue en mi vida Sara Lovera.

Rosa Montero

Reconocida en España, su país, y en el mundo. Sus novelas siempre reciben algún tipo de reconocimiento, desde La hija del caníbal -que incluso fue película-, hasta la más reciente y las que faltan. Pero, el libro que más le agradezco es el titulado: Escribe con Rosa Montero. Desde la primera página nos demuestra que ya nos imagina, que ya se aproxima a nuestra necesidad y a nuestra pasión, que coincidimos en nuestras inspiraciones, que desea apoyarnos e inspirarnos.

La obra está delicada y hermosamente ilustrada con dibujos de Paula Bonet donde una pluma de tinta roja y representaciones cuerdas y locas de la imaginación se estampan en muchas páginas. Ilumina tu mirada, te hacen sentir bien acompañada, provocan más tus ganas de aprender, de sentir esas ganas de escribir.

El libro es más bien diseñado para convertirse en tu libreta de apuntes, por eso encontraremos muchas páginas en blanco, Rosa Montero nos sugiere tener siempre a la mano un cuaderno de notas porque siempre, en cualquier momento, algo nos provocará, algo se convertirá en el punto de partida de nuestra historia. Aunque para eso debemos ser muy buenas observadoras, espías de lo cotidiano, sensibles a todo lo humano.

Me encanta que sea tan directa y honesta, insiste que escribir es un oficio y que solamente escribiendo se aprende a escribir. Nada de falsas modestias o fatales soberbias, el trabajo y la perseverancia son la clave… y te provoca. Tantas páginas en blanco, esas páginas en blanco que a veces retan, otras asustan, muchas veces más siempre terminan inspirando. Y Rosa Montero nos llena de hojas blancas, la sugerencia: Escribir, escribir con ella, gracias a ella. Entonces incluye ejercicios prácticos, sencillos, provocadores, sugerentes, emocionantes.

Y las hojas blancas listas para ser tatuadas.

Montero recurre a citas de grandes escritores para orientar. Es severa cuando te pide alejarte de los dolores, pero rodearlos de la sabiduría del bello oficio de la escritura.

Y las hojas blancas te siguen, insistentes en que las uses.

Rosa te provoca para que salgas del ruido de tu propia vida y lograr dar a luz personajes, que les permitan expresarse a ellos mismos, que no los obligues a hablar por ti.

Y las hojas blancas laten deseosas de sentir tu letra, de que las acaricies con tus palabras, que las bordes con tu imaginación.

Rosa Montero va construyendo el objetivo de su primer ejercicio y suma otros más sin desligarse de la primera provocación. No deja de sugerir, de aconsejar, de provocar… Escribe con Rosa Montero, otra mujer a quien le debo amar la escritura.

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