Apuntes sobre el respeto en tiempos de violencia hacia las mujeres

Foto: Edith Chávez/MujeresNet

Por Roberta L. Flores Ángeles
Psicoterapeuta formada en Terapia Narrativa y docente.


La ausencia de respeto no está en el atrevimiento de generar una campaña, de marchar, incluso de romper cristales. La ausencia de respeto está en el lugar de quienes no quieren escuchar radicalmente.


En los últimos días hemos presenciado una efervescente inconformidad por el tema Félix Salgado Macedonio. En esa coyuntura el pasado 18 de febrero el presidente fijó su postura en la conferencia matutina expresando que «respeta» a las mujeres y que tenemos el derecho a manifestarnos. Ante tales palabras una no puede dejar de sentir un vacío en el estómago y preguntarse ¿Qué es el respeto? ¿Es un enunciado? ¿Yo respeto a alguien por el simple hecho de decirle «te respeto»?

El vacío en el estómago es porque no puede haber un sentido profundo de respeto si no hay un proceso de escucha y comprensión por lo que la otra persona está diciendo, por entender desde su perspectiva. Una  escucha que abraza el respeto es una escucha que se aleja de los territorios bélicos donde se gana o se pierde con las palabras, y en su lugar se ubica en un territorio de sincero interés por comprender: lo que no sabemos del otro, sus necesidades y su situación. Con esas condiciones, el diálogo no es un espacio de aniquilamiento sino una conversación relacional, donde ambas partes están dispuestas a dejarse tocar por las palabras del otro. (Para seguir estas ideas recomiendo mucho leer a Harlene Anderson, específicamente el capítulo 3 del libro “Collaborative Therapy: relationships and conversations thar make difference”).

El presidente lleva mucho tiempo enunciando que respeta la diferencia que ponemos de frente las mujeres, pero sin escuchar de manera genuina. Una diferencia radical que habla desde la experiencia de las mujeres y el cuerpo vivido, que no ha sido puesta de frente para boicotear el proyecto político que él encabeza sino una diferencia histórica que ha ido tomando relevancia e ímpetu a partir de la vigente (aunque no nueva) negación/minimización de la violencia sistemática que vivimos cotidianamente las mujeres.

No hay un respeto por las mujeres que han/hemos vivido violencia, ni por todas las mujeres, cada vez que se nos dice que nuestras demandas son efecto de la manipulación de grupos de interés, de fifís, de patrocinadores. El presidente está atrapado en una historia que por mucho tiempo hemos compartido algunas de nosotras, esa historia que nos hace saber que los grupos de poder han hecho y desecho este país, saqueándolo y llevándolo a la peor de las desigualdades en todos los aspectos humanos. Pero hoy, esa historia se ha convertido en dominante y no permite escuchar otras historias que se entretejen también. No permite escuchar la historia de las mujeres, de las violencias que vivimos, de las desigualdades… y no es una historia menor, es nada más y nada menos que la historia de la mitad (y un poco más) de la población, del género humano. Es una historia hecha de relatos, de vivencias, de testimonios, de estadísticas, de denuncias, de investigaciones, de teorías. Una historia que no nació este sexenio para golpear al gobierno en turno, es una historia de años, de décadas, de siglos. Una historia de gobiernos que han olvidado, ignorado a las mujeres y las niñas y que se han hecho cómplices al construir impunidad por ceguera de género, por proteger activamente a hombres que han ejercido violencia o por pactar entre ellos usando a las mujeres como botín político. Una historia que parece no tener fin hoy, con el gobierno que llama a la transformación.

Y vamos aclarando, no se trata de él, de Morena o del presidente, se trata de todos los hombres que han ejercido violencia contra las mujeres y que sostenerlos en el poder genera una herida profunda a la democracia, le imprime una fragilidad fundamental. No puede haber democracia si no partimos de la idea según la cual es inadmisible cualquier tipo de violencia hacia las mujeres y las niñas, como cualquier otro tipo de violencias.

No hay respeto por las mujeres, nuestras experiencias y necesidades particulares cada vez que se dice que hay que confiar en el pueblo, en la gente… Pero no en las mujeres. Porque, reitero, pareciera que nosotras somos una especie de humanas carentes de criterio y por tanto manipulables. Las mujeres, en ese sentido, estamos relegadas a una condición de objeto, no somos gente, no somos pueblo, no somos ciudadanas con el derecho a hablar, a tomar la plaza pública, a exigir justicia, a defender su derecho a una vida libre de violencia y repudiar que un hombre que enfrenta acusaciones de violación sea candidato a gobernador. Y vamos aclarando, no se trata de él, de Morena o del presidente, se trata de todos los hombres que han ejercido violencia contra las mujeres y que sostenerlos en el poder genera una herida profunda a la democracia, le imprime una fragilidad fundamental. No puede haber democracia si no partimos de la idea según la cual es inadmisible cualquier tipo de violencia hacia las mujeres y las niñas, como cualquier otro tipo de violencias. No puede haber democracia si no se considera a la mitad de la población, sus necesidades y demandas. No puede haber democracia si se subordinan los problemas que afectan a las mujeres.

Incluso creo que no hay respeto por los hombres que se indignan por la violencia hacia las mujeres; por aquellos que están pensándose la masculinidad; por aquellos que quieren trabajarse en los grandes y pequeños machismos cotidianos que les atraviesan; por aquellos que están tratando de identificar los pactos patriarcales que tienen con otros hombres, incluido el hermano, el amigo entrañable, el padre, el presidente.

Y es que eso está sucediendo hoy, las mujeres estamos siendo pactadas entre varones (léase a Celia Amorós en Notas para una teoría nominalista del patriarcado). Se está sosteniendo una candidatura sobre la injusticia de las víctimas de violencia sexual implicadas. Un pacto que nos puede salir muy costoso porque –entre muchas cosas- se está dando un fuerte mensaje de que la violencia que viven las mujeres no importa, que sus cuerpos no importan, sus vivencias no importan, que la justicia no importa, que los hombres pueden hacer lo que quieran con nuestros cuerpos, que la violencia no es un problema, que tienen derecho sobre nosotras, que los fines son más importantes que los medios, que se puede vivir con total impunidad el ejercicio de la violencia contra las mujeres sin que eso tenga consecuencia alguna en la vida de los hombres. Se está diciendo que no importan los efectos que tienen la violencia en la vida de las niñas y las mujeres y que no importa cómo ellas tienen que trastocar sus vidas para dedicar tiempo y energía en largos procesos de sanación. Se refuerza el pacto que sostiene el poder entre varones traficando con el cuerpo y la vida de las mujeres (léase a Gayle Rubin en su clásico ensayo Tráfico de mujeres: notas sobre la «economía política» del sexo).

No, así no se puede hablar de respeto.

La ausencia de respeto no está en el atrevimiento de generar una campaña, de marchar, incluso de romper cristales. La ausencia de respeto está en el lugar de quienes no quieren escuchar radicalmente. No hay salida posible mientras no se reconozca la violencia contra las mujeres y las niñas, mientras no se escuche con curiosidad genuina sobre lo que es vivir en cuerpo de mujer; mientras no se respete nuestro sentir, nuestra palabra, nuestras capacidades, nuestras trayectorias, nuestros saberes, nuestro caminar, nuestro disentir y nuestro radical grito, hoy resumido en el #PresidenteRompaElPacto.

#UnPresuntoVioladorNoSeráGobernador

#NingúnAgresorEnElPoder

#RompeElPacto

#NiUnaMás