Vaivén de emociones

Foto: daliaempower.com

Por América Varela Escobedo


Rutinas, espacios, ilusiones, relaciones… trastocado todo por el confinamiento.


La mañana del trece de marzo del dos mil veinte, las noticias sonaban por todos lados, había un virus en el mundo pero, quién iba a imaginar que se convertiría en la perdición de la humanidad.

Todo era nuevo para mí, no creía que íbamos a llegar a tomar clases en línea, no le tomé tanta importancia, hasta que llegó ese sábado que cambiaría mi perspectiva. En los pasillos de la universidad se murmuraba que a partir de esa semana ya no nos íbamos a ver al menos un cuatrimestre. Los docentes comenzaron a decirnos un poco más del tema y que íbamos a traer cubrebocas todo el tiempo. Tuve una sensación incómoda, cuando investigué más del tema había pocos casos, “tal vez solo sea como la influenza”, pensé.

Transcurriendo el mes en mi casa sin salir para nada, me gustó la idea de solo encender mi laptop y tomar clases desde la comodidad de mi casa, todo marchaba bien y tenía más tiempo para mí. Aunque el ambiente familiar era más pesado, nos enojábamos por todo, la comida era más amarga en compañía.

Los problemas comenzaban a florecer por el confinamiento, ya no me sentía bien en ningún sentido, así que creí que sería bueno conocer personas nuevas, pero como por la pandemia no se puede salir, opté por contestarle a aquel chico que hace mucho no hablaba, nos empezamos a mandar mensajes más seguido.

Llegó mi cumpleaños número veintidós, a pesar de todo mi familia estuvo conmigo, mi padre llegó y mi abuelita, fue una reunión muy pequeña, pero como todos los años sentí un poco de melancolía, si me preguntaran el por qué, no sabría contestar. La tristeza me consume en especial ese día, así que opté por ignorar esa pantalla que todos los días me acompaña, decidí vivir el momento. Al marcharse todos, volví a mi realidad, recogiendo la mesa como de costumbre, mi celular vibró y al percatarme era ese chico, al cual había ignorado por toda una semana, así que esta vez me decidí a conocerlo.

Tengo depresión y también es una lucha constante. Hay días que me siento miserable, hay otros que el sol brilla más que de costumbre, que la brisa me acaricia las mejillas y doy las gracias de estar viva.

Era un domingo y acordamos vernos afuera de mi casa, tomando todas las medidas necesarias. Estaba un poco temerosa porque sería la primera vez que lo veía en persona, mi primera impresión fue que se veía nervioso, era de esos chicos tímidos. Nos sentamos a conversar un poco, la plática fue fluyendo hasta que se fue, no me quedé muy impresionada, y para ser honesta casi no me gustó, supuse que lo conocería solo por estar en confinamiento.

Pasaron los meses y convivimos más, lo invité a mi casa, conocí a sus gatos y me enamoré de él, nos hicimos novios, creía que era eso lo que necesitaba, tener a alguien a mi lado para poder platicarle mis gustos, mis sueños, lo que anhelaba en la vida y compartir metas ambos, pero me di cuenta que aunque lo tuviera a él, yo me seguía sintiendo vacía.

La cuarentena se aplazó más, mi salud mental decaía con el pasar de los meses, ahora ingenuamente creía que lo único que me quedaba sería estar con él y sobrellevar el no poder salir. Sí lo quería, me gustaba sentir el calor de su compañía, sus chistes tontos. Fui llevando día con día, aunque dentro de mí algo no estaba del todo bien, e hice caso omiso a mi sentir. Los problemas fueron saliendo, celos e inseguridades de ambos, me encariñé muy rápido. Y así fue que un día de octubre, las nubes grises y  mi estado de ánimo se acoplaron perfectamente y decidió ponerle fin a lo que en cuatro meses me hizo sentir un poco mejor ante mi realidad.

No voy a mentir, me sentí desprotegida, los días solo pasaban. Llegó el mes de noviembre y puedo decir, que aprendí a hacer cosas nuevas en casa, leí en días soleados y nublados, me di el tiempo que jamás había tenido. Jugué con mi hija; ella me llena de felicidad cuando estamos solas, a pesar de que no hable tanto, su comunicación en distintas formas me hace sentir segura.

En este confinamiento he podido darme cuenta de cosas valiosas que yo ignoraba por completo, como prestar más atención a los pequeños detalles que la vida cotidiana nos brinda, como el sabor del café, los abrazos cálidos de mamá, valorar el que ella esté con vida y que estemos bien.  Esta situación nos hizo ser más unidas.

Tengo depresión y también es una lucha constante. Hay días que me siento miserable, hay otros que el sol brilla más que de costumbre, que la brisa me acaricia las mejillas y doy las gracias de estar viva, en un vaivén de emociones.