“¿Por qué te escandalizas por las que luchamos y no por las que mueren #8M?”

Foto: Zuleyka García/MujeresNet

Por Josefina Hernández Téllez


No abona ni ayuda el que las feministas mismas cuestionen el potente movimiento de las colectivas porque representan nuevas formas de interpelar al Estado, a sus gobernantes, a la sociedad.


Este 8 de marzo es un potente grito de alerta y auxilio, que todavía el Estado mexicano se niega a reconocer y que el gobierno en turno descalifica como complot de fuerzas antiAMLO. Incluso feministas se desmarcan y desconocen la movilización “violenta” de las jóvenes mujeres, de colectivas feministas y de mujeres en general, que se han volcado a las calles exigiendo justicia, seguridad y trato igualitario en el trabajo, en la escuela y en la aplicación de leyes. Consignas ¿“incendiarias”? como #NiUnaMenos; #NoEstamosSolas; MéxicoFeminicida; La Revolución será Feminista o no será; La muerte ¿ya cuenta como violación?; ¿Por qué te escandalizas por las que luchamos y no por las que mueren #8M?, entre muchas otras, han provocado análisis y reflexión sobre la “violencia” en la manifestación pública feminista del 8 de marzo.

La violencia asociada a la revolución se ha reconocido en la teoría política; sin embargo, Martínez Meucci (https://www.redalyc.org7pdf/1700/170018341008.pdf) pregunta: ¿es posible una revolución “pacífica”?, ante las nuevas modalidades de manifestación e interpelación política. Duda que nos remite a reflexionar sobre las acciones llevadas a cabo por las recientes movilizaciones del 8 de marzo y de algunos grupos de jóvenes feministas que exigen cambios y respuestas inmediatas y contundentes en relación a su integridad, sus oportunidades, su dignidad y seguridad, en el actual escenario violento y feminicida contra las mujeres.

En el texto “La violencia como elemento integral del concepto de revolución”, Martínez Meucci parte de “la idea central de que la violencia constituye un elemento inherente a toda verdadera revolución”; en su argumento retoma la clasificación del politólogo Mario Stoppino que define cuatro funciones políticas claras del uso de la violencia. “Tales serían 1) la destrucción del adversario político o imposibilitarle su actuación eficaz, 2) reducir su resistencia o voluntad, sin llegar a destruirlo, 3) jugar un papel simbólico que fortalece la identidad, la moral y la cohesión de un grupo político determinado, y 4) la desviación de las críticas que se dirigen a un líder político, hacia un enemigo externo o chivo expiatorio… el papel que tanto el acto de violencia como la amenaza de violencia juegan en las acciones de grupos rebeldes y revolucionarios; no en balde, la necesidad de cumplir con las cuatro funciones políticas anteriormente señaladas se presenta dentro de todo grupo revolucionario, y la violencia suele ser una forma habitual de satisfacerlas. El autor italiano precisa que “el objetivo principal de la violencia rebelde o revolucionaria no es simplemente llamar la atención, sino modificar favorablemente la valoración que los grupos externos tienen de la situación e inducirlos a apoyar eficazmente las propias demandas.” (https://www.redalyc.org/pdf/1700/170018341008.pdf pág. 191)

Bajo esta perspectiva, toda acción que pretenda cambiar una situación, en este caso la violencia y la impunidad frente a la violencia contra las mujeres; o todo movimiento que busque cambiar o propiciar soluciones, no puede dejar de violentar, irrumpir en el “orden”, crear identidad a partir de acciones conjuntas, coordinadas y transgresoras.

El movimiento feminista de las jóvenes de hoy es diferente, es complejo, en él concurren diferentes generaciones y clases sociales, el punto de contacto y cohesión es el reclamo de justicia. La diversidad de sus integrantes y su formas de movilización y reclamos son, sin lugar a dudas, legítimos.

Sin embargo, lo paradójico de esta situación es la percepción y opinión que tienen algunas feministas, pues condenan la “violencia” en las recientes manifestaciones, pues apelan a una forma de organizarse y protestar que no responde a la actual escalada feminicida. El movimiento feminista en los ochenta y hasta entrado el siglo XXI tenía otras formas de marchar, de manifestarse, pero tampoco se vivían las cifras de horror actuales: 10 mujeres son asesinadas por razón de género diariamente en México, de acuerdo con las cifras de la Red de los Derechos de la Infancia (REDIM) “durante 2020, vimos un aumento, con respecto a 2019, en los siguientes delitos contra niñas, niños y adolescentes: trata de personas (27.7%), rapto (21%) y feminicidio (17.7%). De enero a octubre de 2020, 10 mil 198 personas de 0 a 17 años fueron víctimas de lesiones, mil 971 de homicidio, mil 426 de corrupción de menores, 221 de trata de personas, 163 de extorsión, 93 de feminicidio, 92 de rapto y 68 de secuestro… Al desagregar los datos miramos que las mujeres fueron más afectadas por los delitos de feminicidio (100%), rapto (97.8%), corrupción de menores (75.3%), trata de personas (75.1%) y tráfico de menores (55.6%); mientras que los hombres lo fueron por los delitos de homicidio (78.8%), secuestro (66.2%), lesiones (66%) y extorsión (52. 1%).” (Luis Carlos Rodríguez, Informe de la Red de los Derechos de la Infancia en México, Contraréplica, 8 marzo de 2021, https://www.contrareplica.mx/nota-1-de-cada-10-feminicidios-en-Mexico-son-contra-ninas20218312).

En este contexto de negación, no sólo del gobierno del actual presidente, Andrés Manuel López Obrador, sino de las propias feministas, que adjudican las acciones violentas y transgresoras a grupos infiltrados, a intereses por desacreditar al actual gobierno, nada más lejano a la realidad, porque las cifras y las condiciones en las que viven hoy las jóvenes no puede ser más que de enojo, de hartazgo, de indignación; no hay libertad de tránsito, no hay seguridad de vivir y aspirar a mejores condiciones ni laborales ni de integridad, no hay justicia a justos reclamos y a la constante violación de mínimos y básicos derechos en un sistema dizque democrático, en un gobierno que pretende una transformación (la 4T), pero que pretende intocado un sistema patriarcal que niega la humanidad y dignidad a las mujeres.

El presidente Andrés Manuel López Obrador lo ha expresado más que claro en hechos y declaraciones como la negación del incremento contra la violencia hacia las mujeres en periodo de aislamiento social por la pandemia sanitaria, pues desdibujó y negó su importancia al decir que se trataba de falsas llamadas al 911 y que la familia mexicana era unida y fraternal; o bien este pasado 5 de marzo, cuando desconoció la gravedad de la denuncia de la reportera Isabel González, del Grupo Imagen, sobre la incitación a la violencia feminicida del youtuber Paul Velázquez hacia su persona. La respuesta y forma de tratar el problema por parte del Presidente no puede dejar duda que desconoce y no atiende el justo reclamo de las mujeres de este país. Ni nos ve, ni nos oye, a imagen y semejanza del personaje a quien él bautizó como el “innombrable”.

Bajo este contexto no abona, ni ayuda, el que las feministas mismas fracturen y cuestionen el potente movimiento de las colectivas porque representan nuevas formas de interpelar al Estado, a sus gobernantes, a la sociedad. Sus demandas son justificadas y sus métodos tienen una expresión equiparable a la respuesta que hemos obtenido en estas últimas décadas: cero impartición de justicia en muchos más casos y mucha impunidad para castigar a violentadores feminicidas.

El movimiento feminista de las jóvenes de hoy es diferente, es complejo, en él concurren diferentes generaciones y clases sociales, el punto de contacto y cohesión es el reclamo de justicia. La diversidad de sus integrantes y su formas de movilización y reclamos son, sin lugar a dudas, legítimos. Estamos frente a un momento clave en el feminismo y la diferencia hoy no sólo es cuantitativa sino cualitativa. El reto es acompañar y acuerpar el reclamo desesperado de recuperar la posibilidad de vivir, movernos y desempeñarnos en el mundo público sin ser discriminadas, acosadas, hostigadas, violentadas, violadas o asesinadas. De ahí la rabia, de ahí la «violencia», para lograr por fin la revolución que significa el reconocimiento y  entendimiento social de qué también somos humanas y tenemos derechos y no solo obligaciones.

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