La corrección de estilo: en manos de mujeres

Por Guadalupe López García

 

Aunque según datos que arrojan los registros de algunos cursos esta labor se ha feminizado, sería conveniente ir más allá de la información desagregada por sexo, es decir, conocer a fondo cómo y en qué condiciones se realiza.


El taxista que abordé la mañana de aquel día me preguntó si ya me iba a la chamba. Le dije que trabajaba en mi casa pero que ese día iba a hacer una entrega: “¿Qué es lo que vende?”, inquirió. “Textos”, respondí. “¿Es usted escritora?”, siguió con su interrogatorio. Solo suspiré y a partir de ahí, le hice una exposición sobre otra de las actividades a las que me dedico: la corrección de estilo.

No es la primera vez que los taxistas se interesan por lo que hago. Les he platicado de feminismo, de género, de capacitación, de leyes, de derechos humanos de las mujeres, de violencia, de machismo, del periodismo. Ellos (no me ha tocado una mujer) no solo preguntan; también me cuentan sus historias y me piden uno que otro consejo. Podría llenar muchas cuartillas con esas fabulosas vidas errantes, aunque siempre tomo un camino distinto.

A otro taxista le había comentado que me dedicaba a hablar. “¿Cómo es eso?”, se intrigó. Le conté que tiene que haber un objetivo, conocer el tipo de público, cómo empezar y cómo terminar… Hice énfasis en el tiempo programado, pues si alguien tiene la cura contra el cáncer (por poner un tema) y la expone después de que su tiempo se acaba (en un foro, por ejemplo), nadie le hará caso. Generalmente, yo escribo lo que voy a decir; solo hago algunos ajustes, de acuerdo con la dinámica que se presente, pues debo dejar clara la idea y evitar dar muchas vueltas.

Y así me la paso: hablando y escribiendo, con las múltiples actividades que ello requiere (“Tú sí escribes muy bonito”, me elogiaron alguna vez). Son dos aspectos que parecen lo mismo, pero responden a lógicas y reglas diferentes. Y es que hablar y escribir no es igual. Todos sabemos hablar, pero pocos sabemos escribir, cantaría José José.

Con las y los jóvenes se enojan mucho; más, con la influencia de las redes sociales y las nuevas tecnologías, porque según no saben escribir ni les interesa; en suma: son unos irresponsables. O sea, parece que solo depende de ellas y ellos resolverlo. Esto no se debe a una incapacidad intelectual o porque sean “burros”, como los calificó el primer taxista de esta narración y como los catalogan muchas personas más (las y los profesores, por supuesto).

Lo primero que le aclaré al conductor fue que todas/os podemos escribir bien, con independencia de nuestro trabajo, profesión o lo que hagamos diariamente. El problema es el sistema educativo en México y sus gobernantes, en el caso de la educación pública, porque no le han dado importancia a esa actividad humana, básica para documentar, registrar y preservar la memoria histórica (bien escrita, por supuesto).

No existe una materia específica para la ortografía, la escritura o la redacción de textos. Estos temas se incluyen en la materia de Español —en el nivel educativo básico— y en carreras como la de comunicación, pero el tiempo es mínimo. En el caso de las metodologías para las investigaciones o para elaborar tesis no se ve la redacción como una herramienta necesaria para el alumnado.

La redacción, como el acto de escribir un texto, incluye varios aspectos, además de la ortografía: gramática, sintaxis, fonética, semántica, puntuación y un largo etcétera. Se cree que las y los estudiantes, con una sola vez que se les explique todo eso, lo van a aprender. Se nos obliga a seguir reglas y a aprenderlas de memoria con la simple repetición (con las planas que nos dejaban de tarea cuando se cometía un error).

Se ve la escritura y su redacción como una fórmula matemática y no como un acto de reflexión. Este tipo de enseñanza ha hecho que odiemos escribir o que creamos que solo es para las y los grandes escritores o intelectuales. Por otro lado, se piensa que no se requiere de mucha ciencia o que quien lee o escribe mucho es bueno/a para redactar. Lo que importa es la idea, la profundidad, el contenido: “¡Pero tú me entiendes! ¿Verdad?”, se jactan.

Aquí es en donde entra la corrección de estilo, aunque no hay ni un método ni técnicas únicas. Hay muchas diferencias entre quienes se dedican a esta labor a la que se le ha negado la categoría de profesión, si bien la Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco, ya tiene la Maestría en Diseño y Producción Editorial.

Julio César Cardoza Aquino indica que “el trabajo del corrector de textos es fascinante, pero también puede ser muy ingrato”. Si se hace bien no se nota, y si se hace mal, los errores saltan a la vista de inmediato. Por eso, la capacitación continua es básica y se tiene que “verificar, siempre verificar. Nunca hay que dar nada por sentado porque, donde menos se espera, saltará el gazapo”, recomienda el autor de De gazapos, erratas y otras perlas lingüísticas.

En el curso de redacción donde conocí a Julio Cardoza, le expresé mi preocupación de lo que había dicho la instructora sobre que las/os correctoras/es éramos muy cuadrados. Es verdad, asentó, pues nos toca distinguir aquellos elementos que para las y los escribanos son invisibles. “Se debe tener una personalidad maniaca obsesivo compulsiva para realizar este trabajo”, asevera en su libro. Quizá exagera como yo, cuando señalo que quien domine la coma dominará el mundo. A mí me falta mucho.

Hace algunos años retomé esta actividad, de manera formal e intermitente. Me preparé leyendo a Sandro Cohen y tomando varios cursos: de redacción (dos con él) y uno sobre Fundamentos de la corrección de textos, con la Academia de las artes de la escritura, de la Asociación Mexicana de Profesionales de la Edición, AC (PEAC).

En este curso, de 10 participantes nueve éramos mujeres. Ana Lilia Arias, presidenta y fundadora de PEAC y quien lo impartió, subraya que, en su experiencia, tanto en los cursos como en el trabajo, siempre hay más mujeres: entre el 70 u 80 por ciento; es más impresión que registro (en las estadísticas de los cursos sí lo pueden saber). Añade, sin embargo, que investigadores del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) habían registrado más hombres que mujeres: entre 65 y 70 por ciento.

De acuerdo con información proporcionada por nuestra compañera de Mujeresnet.info, Socorro Martínez, quien también se dedica a la corrección de estilo, las mujeres han predominado en el Diplomado en Redacción Editorial y Cuidado de la Edición y en una especialización que imparte, desde hace nueve años, el Centro Editorial Versal, SC. No tiene una estadística, pero en grupos de 40 alumnos, más de 25 son mujeres.

Ana Lilia Arias puntualiza que pueden ser varias las razones de estos datos que ameritan investigación. Sería interesante conocer qué elementos de género están presentes en este trabajo y en quienes lo practican, cómo se lleva a cabo y en qué condiciones se efectúa, e ir más allá de la anécdota o de la simple catarsis que hacemos en los cursos que tomamos —como lo mencionó el compañero de la capacitación de PEAC— para documentar nuestra experiencia.

Cardoza destaca que todo escritor (o escritora) debería tener su corrector (o correctora) de cabecera. Así es; no obstante, todos los textos que se publiquen, se difundan o tengan una utilidad pública deben pasar por una corrección (de preferencia con un/a profesional), no solo para garantizar la comprensión lectora del escrito, como remite la definición de PEAC, sino como una responsabilidad, compromiso y respeto hacia las y los lectores.

Por otro lado, el sistema educativo debe de dar relevancia a la enseñanza de la escritura y su redacción, puesto que es la principal herramienta de trabajo para todas las actividades. A final de cuentas, para esta ajustadora de textos, todas y todos debemos tener tres instructores permanentes: un/a profesor/a de baile, un/a psicólogo/a y un/a corrector/a de estilo.

Bueno, no todo esto le narré a mi fugaz interlocutor. Al bajarme del taxi, me dijo que se había quedado picado con la plática y quería que le diera clases. Solo alcancé a decirle que leyera Redacción sin dolor, de Sandro Cohen, pues —efectivamente— en ese libro aprendemos a redactar sin tanto sufrimiento, rechazo, miedo o angustia.

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