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Por María Esther Espinosa Calderón

 

Oficio y profesión, la partería en México es una práctica ancestral recurrente todavía en los rincones más apartados del país o periferias de las ciudades.



¿A Cuántas mujeres ayudarían a parir Enedina y Trina entre los años 40 y 60 en Uruapan? No lo sé, posiblemente tampoco ellas llevaban un récord de los partos que atendían, eran muy solicitadas. Quizá fueron cientos o miles, pues el parto en casa era lo usual en aquellos años en localidades pequeñas o las personas de escasos recursos era lo que podían pagar. Lo que sé es que si no era una era la otra la que asistió a mi madre en el momento del alumbramiento de sus seis hijas y sus dos hijos. También sé que varias de mis primas y primos llegaron a este mundo con su ayuda.

Enedina o Trina eran familiares y se ayudaban mutuamente, conocían los casos de las mujeres embarazadas a las que atenderían al final de la gestación, si veían a otra partera ellas se retiraban. Eran muy celosas de su deber. Mi madre desde su primera hija les tuvo confianza para sus siguientes embarazos y partos. Mujeres que sabían cómo iba el desarrollo del embarazo y la fecha aproximada en la que sus pacientes darían a luz. No sé dónde aprendieron el oficio de la partería, posiblemente venía de sus antepasadas. El conocimiento y la práctica la tenían.

Yo no sé quién estaba en el momento de mi nacimiento si Enedina o trina. Soy la séptima de los hermanos, cuatro mujeres primero, luego dos hombres, después yo y  mi hermana la menor. Entre embarazo y embarazo había dos años de diferencia, las dos últimas nos llevamos tres años.

El apellido de esas dos grandes mujeres tampoco lo pregunté, solo recuerdo que mi madre me platicaba lo importante que fueron en cada uno de sus partos y cómo, desde que se comprometía con ellas, seguían el desarrollo de su embarazo, cada alumbramiento era una experiencia distinta a veces buena, a veces mala, pero con ayuda de las comadronas los ocho partos llegaron a buen término.

Decía mi mamá que el embarazo más difícil fue el de mi hermana Marilú, porque por diversas causas se sentía mal, además tuvo frecuentes problemas en las vías urinarias. Después del parto le dio fiebre puerperal.[1] Infección que fue atendida muy a tiempo por un médico.

Mujeres que sabían cómo iba el desarrollo del embarazo y la fecha aproximada en la que sus pacientes darían a luz.

Que el parto más bonito fue el mío porque no sufrió de muchos dolores, en tanto el de uno de mis hermanos fue el más complicado porque nació muy grande, pesó más de cuatro kilos. Sin necesidad de suero, ni de anestesia, como sucede en la actualidad en los rincones más apartados del país, donde no hay clínicas ni médicos cerca, o en las periferias de la ciudad que todavía el trabajo de las parteras o comadronas es muy importante.

Mi madre cuando empezaba con los dolores le decía a mi padre que se fuera por Enedina o Trina. A veces daba a luz en su casa, otras en casa de su mamá. Si era en su casa acompañaba a la partera mi tía Leonor, esposa de un primo hermano de mi papá. Si era con mi abuelita, una de sus hermanas, quienes se encargaban de llevar las mantas y el agua caliente o lo que se iba a utilizar. El escenario: una cama con sábanas limpias, un buró, un radio prendido a todo volumen para que no se escucharan los gritos y la ropa para la o el recién nacido. Mis tías la apoyaban para que “echara fuera al muchacho”, “respira profundo y pújale que ahí viene ya”, así le decía mi tía Leonor que tenía más experiencia que ella en esto de parir. Además de un carácter fuerte y siempre solidaria con la autora de mis días.

Después del nacimiento junto con la nalgada y el llanto del niño o de la niña, mi madre se tranquilizaba sintiendo en su corazón que todo estaba bien, agradeciendo el trabajo de la partera o comadrona que en ese momento había estado con ella.

Por aquellos tiempos había otra partera muy conocida también en Uruapan (ha de haber habido otras, pero de estas son las que yo he escuchado y una de ellas ayudó a mi madre cuando nací) llamada Lupe, tenía su casa acondicionada para recibir a sus pacientes a la hora del alumbramiento. Las cosas han cambiado; quienes pueden y tienen se van a los hospitales particulares, al IMSS o al ISSSTE, se checan cada mes y cuando dan a luz se quedan uno o dos días hospitalizadas. Aunque también otras siguen recurriendo a las parteras o comadronas, otras no alcanzan a llegar al servicio médico y tienen a sus hijos en un transporte público, o hay casos en que dan a luz en los pasillos de los hospitales o afuera de los mismos por falta de atención.

“En la actualidad, 96 por ciento de los partos en territorio mexicano son atendidos en hospitales de segundo nivel. Sin embargo, en las zonas marginadas y alejadas de los asentamientos urbanos es común la atención obstetricia por parte de las parteras”.[2]

“En México, quienes prestan el servicio de partería pueden ser: licenciadas en enfermería y obstetricia, parteras profesionales (formadas en el extranjero, en donde existe la partería como profesión), parteras técnicas (egresadas de escuelas de partería de nivel técnico) y parteras rurales o tradicionales (sin educación formal).

“De acuerdo con el informe El estado de las parteras en el mundo, en 2014 existían 15 mil parteras tradicionales en México. La legislación las considera y su actividad se sustenta con el reconocimiento de la medicina tradicional desde 1990, pero las califica como «personal de salud no profesional».[3]

La práctica de la partería es “ancestral como la historia misma del ser humano».

La hermana de Mati no tuvo otra opción, porque no hay médicos ni clínicas, más que recurrir a la partera tradicional de su pueblo, como lo hizo su madre con los trece partos que tuvo. La niña nació bien, pero ella presentó complicaciones con la placenta, tuvieron que llamarle a otro partero para que ayudara, finalmente todo salió bien. En tanto, Claudia que vive en la CDMX, sin esperar a ver cómo sería su parto, optó por una cesárea programada “porque de solo pensar en las contracciones siento pavor”. Su hijo nació en una clínica de “prestigio” de la ciudad. México ocupa el cuarto lugar a nivel mundial de cesáreas realizadas.

La práctica de la partería es “ancestral como la historia misma del ser humano. En Historia general de las cosas de la Nueva España, Fray Bernardino de Sahagún refiere que a la partera se le llamaba ‘maestra y médica’ y era considerada una ‘persona honrada y digna de veneración’, ‘muy amada señora y madre nuestra espiritual’”[4].

Solo me resta agradecer a esas dos mujeres que trabajaban ayudando a otras mujeres a dar a luz, a dar vida. Enedina y Trina me trajeron al mundo al igual que a cientos o miles de niños y niñas. Sin conocerlas, solo por lo que nos platicaba mi madre, aun las recordamos y recordaremos, a pesar de que siempre viviremos con la duda de quién nació con quién. A mi mamá se le olvidó anotar ese detalle en su libretita roja, donde tiene apuntado el día, la hora y el año en que nació cada una de sus hijas e hijos.

Referencias:

[1] La fiebre puerperal es una infección después del parto, “localizada o generalizada que se produce en los primeros quince días del puerperio como consecuencia de las modificaciones y heridas que el embarazo y parto causan sobre el aparato genital”. es.m.wikipedia, consultado el 24 de noviembre de 2019

[2] Rodrigo Osegueda,  “Las parteras mexicanas, un oficio sagrado”, en https://www.mexicodesconocido.com.mx/las-parteras-mexicanas-oficio-sagrado.html, consultado 24 de noviembre de 2019

[3] Cecilia Guerrero, “Las parteras de México: otros modos de parir y nacer”, en https://www.vice.com/es_latam/article/mg4bp8/las-parteras-de-mexico-otros-modos-de-parir-y-nacer consultado el 24 de noviembre de 2019

[4] Ana Luisa Guerrero, “Parteras mexicanas, un oficio que sobrevive al tiempo y al rezago; hoy son contrapeso de la violencia obstétrica”, en https://www.sinembargo.mx/17-01-2018/3374858  consultado el 24 de noviembre de 2019

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