Foto: Zuleyka García/MujeresNet

Por Patricia Karina Vergara Sánchez

 

No se trata de un fantasma informe que mueve de forma sobrenatural los hilos del mundo y sus instituciones. Se materializa a partir de cuerpos humanos y los actos que llevan a cabo. Esos actos, ideas, palabras son realizados por personas con rostro y nombre.



Cuando decimos patriarcado/heteropatriarcado, estamos refiriéndonos a un sistema de relaciones sociales, económicas, políticas, culturales y sexuales que mantiene el dominio de los hombres sobre las mujeres, sobre todos los seres vivos y sobre los recursos de la tierra de forma institucionalizada. Es una abstracción sobre la manera en que hoy está organizado este planeta. Sin embargo, esta explicación abstracta no quiere decir que el heteropatriarcado sea solamente una idea abstracta por sí mismo, ni tampoco es un ente etéreo que rodea a la humanidad y existe de forma autónoma.

El patriarcado ocurre porque hay una estructura social asentada sobre él y se hace carne y palabras, ideas y actos concretos en la vida y en la organización de la vida de las personas. Se materializa a partir de cuerpos humanos y los actos que llevan a cabo. Esos actos, ideas, palabras son realizados por personas con rostro y nombre.

Es necesario señalar que, aun cuando estas personas están sujetas a los mandatos y exigencias de este sistema, quienes realizan al patriarcado reciben beneficios de ello, ya sea porque mantienen sus privilegios, porque obtienen mayor poder y riqueza o porque les genera placer imponerse sobre otras. Por lo tanto, son responsables de esa realización.

Entonces, cuando, al mismo tiempo, hay autoras «feministas» bien cómodas en los privilegios de la academia y hombres privilegiados de partidos políticos conservadores quienes escriben o declaran que la lucha no es “contra los hombres” que es “en contra del patriarcado”; cuando hay quienes exigen que no se denuncie a agresores o agresoras, porque “el verdadero enemigo es el patriarcado” o, incluso, tratan de distraernos para que miremos hacia otro lado, insistiendo desde las colectividades y organizaciones sociales en que “el verdadero enemigo está afuera”, ¿afuera de dónde?; lo que están pretendiendo es distraernos al mandarnos a cazar una nube gris inasible, al ente etéreo. No hay un “adentro” en donde estemos a salvo, negarlo, pretender cegarnos, es servirle al patriarcado mismo.

El patriarcado está encarnado en los hombres que son dueños de la tierra y los bienes del mundo y todos ellos tienen nombres y rostros.

Se hace cuerpo en políticos, empresarios, narcos, militares, secuestradores, proxenetas y todos aquellos que sostienen la injusta distribución de la riqueza y todas las formas de injusticia social.

Es cada uno de los feminicidas y asesinos de personas empobrecidas, racializadas, de pequeñas y de pequeños.

Es cada uno de los que lucran con el dolor de todas nosotras.

El patriarcado tiene el rostro, la voz, las manos y los penes de cada uno de los que nos insulta, acosa, nos toca, viola.

También, son los que tratan de silenciarnos cuando nosotras hablamos de nuestros propios cuerpos, procesos fisiológicos, de nosotras o entre nosotras, para que no podamos autorreconocernos ni encontrarnos.

Así mismo, son todos aquellos que no nos dejan movernos, trabajar, estar en los espacios políticos, públicos o en nuestros hogares sin imponernos sus violencias.

El patriarcado es, también, aquél que se apropia de los pensamientos, escritura, debates y de la cultura de las feministas y lucra en términos económicos, de recepción de servicios y/o de prestigio social con saberes que no son más que extractivismo de los saberes de las mujeres.

En una línea paralela, el hacer de esos hombres en el patriarcado está sostenido y se mantiene gracias al incansable trabajo de las mujeres ambiciosas de la aprobación masculina que deciden servirles a ellos antes que mirarse en el espejo de un “nosotras”.

Igualmente, es aquél que utiliza el amor y la ternura para obtener servicios, cuidados y sexo de una o de muchas mujeres, que le sirven en nombre de ese amor y de esa ternura.

Son todos aquellos que venden y consumen en las múltiples formas de comercio que hoy existen, a trozos, los cuerpos, el sufrimiento y los productos de los cuerpos de las mujeres.

En una línea paralela, el hacer de esos hombres en el patriarcado está sostenido y se mantiene gracias al incansable trabajo de las mujeres ambiciosas de la aprobación masculina que deciden servirles a ellos antes que mirarse en el espejo de un “nosotras”.

Las empresarias, las políticas al servicio del líder del partido, las policías, las militares, las narcotraficantes, las secuestradoras y todas aquellas que mantienen y participan de la injusta distribución de la riqueza y todas las formas de injusticia social.

Las académicas y las autoridades religiosas, morales y legales que discursan para justificar/ proteger agresores o para distraernos y/o exigirnos que no les pongamos nombre y rostro.

Aquellas mujeres que deciden poner su propio cuerpo y acciones para defender a los denunciados de acoso y/o de violencias.

Aquellas que les son leales a ellos por sobre todas las cosas.

Las que repiten los ejercicios colonizantes, racistas y extractivistas sobre otras.

Aquellas que son esbirras de otras mujeres y hombres en el poder, por el puro placer de servir a la hegemonía, y se ocupan de acosar, calumniar, silenciar, acusar de violentas, negar o perseguir a quienes se niegan a servirles a ellos, esbozan cuestionamientos, disienten o deciden hacer las cosas de otra forma.

Son todas aquellas que funcionalizan la venta y consumo en las múltiples formas de comercio que hoy existen de los cuerpos, del dolor y de los productos de los cuerpos de las mujeres.

Eso, y más, es el patriarcado ejercido por hombres y sostenido por mujeres. Reitero: conocemos sus rostros, sus nombres, salen en las noticias y obtienen medallas, dinero y reconocimientos.

Antes de que alguien argumente diciendo que el patriarcado, entonces, estaría en hombres y mujeres, voy a insistir:

Hay quienes ejercen, ostentan privilegios y se benefician del dominio masculino: son los hombres; hay quienes ayudan a sostener ese dominio, ya sea obteniendo migajas de poder al esforzarse por recibir la aprobación masculina o desde el terror y el mandato de servicio introyectados, que son cadenas muy difíciles de romper, y quien lo hace son algunas, muchas, mujeres.

Entonces, no voy a diluir el señalamiento que hago, con aquella estrategia posmo en donde se dice que: “todos somos algo”.

Porque sé que no faltará quien enuncie que, al final, el patriarcado está entre todos y todas, porque todas también nos hemos formado en él, por lo tanto “todas somos el patriarcado”. Por el contrario, afirmo que ese discurso es una falacia, una estrategia para invisibilizar y negar las relaciones de poder existentes.

Estamos dentro del sistema heteropatriarcal, pero es distinto ser el que domina que la que obedece, que aquella que se rebela o la que trata de sobrevivir siendo dominada.

Por supuesto, tenemos gestos misóginos aprendidos en el patriarcado, los tenemos la mayoría de las mujeres. Se me ocurre, por ejemplo, el competir con la otra o el actuar desde prejuicios.

Así que no, la lucha no es en contra de un patriarcado visto como fantasma informe que mueve de forma sobrenatural los hilos del mundo y sus instituciones. La lucha es en contra de esos hombres que se sirven de esas instituciones, es en contra de quienes nos están explotando, torturando y asesinando y la lucha, también, se hace señalando a aquellas que son leales y funcionales a los tiranos.

Sin embargo, no es lo mismo, ni implica partir del mismo lugar de poder que cuando se es la servidora del sistema protegiendo al violador o cuando se ganan miles en euros por hacer política desde una “perspectiva de género” que le sirve al Estado para curarse en salud diciendo que atiende los “temas de las mujeres”, mientras permite y estimula a que asesinen a una de nosotras cada tres horas y, tampoco, es lo mismo que ser aquella violentadora que ha tratado de prenderle fuego a su compañera o aquella que por envidia difama a otras.

Mucho menos es lo mismo ser mujer y vivir en el patriarcado y tener gestos patriarcales que ser hombre violador o el líder de Estado o el tipo que se beneficia del trabajo de “su” mujer.

Así que no, la lucha no es en contra de un patriarcado visto como fantasma informe que mueve de forma sobrenatural los hilos del mundo y sus instituciones. La lucha es en contra de esos hombres que se sirven de esas instituciones, es en contra de quienes nos están explotando, torturando y asesinando y la lucha, también, se hace señalando a aquellas que son leales y funcionales a los tiranos.

El patriarcado toma cuerpo en los hombres y necesitamos poder verlo y que las nuestras lo sepan ver, porque nos va la vida en ello.

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