Los feminismos

Por María Teresa Priego

Feminista, periodista y escritora. Integrante del Comité editorial de Debate Feminista y del equipo fundador del Instituto de Formación y Liderazgo Simone de Beauvoir.

 

La marea contra la violencia misógina crece, es generosa, es sorora y es violeta. Un cambio histórico: la construcción de una toma de consciencia colectiva, no sólo de la urgencia de la causa, sino de la necesidad de actuar para consolidarla y hacerla eficaz.



«La violencia surge, cuando las palabras decaen»
Silvia Ons.

 

Quizá el mayor desafío de los feminismos, es y ha sido, que llegue el día en el que las justas reivindicaciones por los derechos de las mujeres hayan permeado las sociedades de tal manera, que las transformaciones sociales indispensables para detener la desigualdad entre las mujeres y los hombres ya no sean una responsabilidad, un sueño, un proyecto de los feminismos, sino un anhelo compartido en una cultura que asuma que discriminar a la mitad de la población, concebir las relaciones entre los hombres y las mujeres como relaciones de poder entre dominantes y dominadas, es un daño cotidiano inaceptable, la antitesis del empeño hacia cualquier proceso civilizatorio real, que necesariamente transita por la inclusión y el respeto a los derechos, a la dignidad y a la libertad de cada persona.

Los feminismos, por supuesto,  no pueden construirse sino contra toda forma de discriminación, explotación y abuso de un ser humano por otro. Esa es la batalla más amplia en la que estamos insertas. No es imaginable que defendamos los derechos de niñas, adolescentes y mujeres y seamos ajenas a todas las formas de discriminación que existen: el racismo, el clasismo, la homofobia, la xenofobia. No podemos hablar del derecho de las mujeres a la igualdad salarial con los hombres, (una de las causas fundamentales de los movimientos de mujeres) sin al mismo tiempo denunciar la precarización generalizada del empleo, la brutalidad del salario mínimo, el abuso constante de los grandes amos del capital, cuya sed de acumulación es insaciable. ¿Cómo es posible querer acumular tanto, tanto, a costa de los demás? Claro que exigimos a igual trabajo, igual salario, es un paso importantísimo para nosotras, pero no podemos detenernos en la equitativa repartición de los salarios de miseria.

Los feminismos se inscriben en la tradición de los movimientos sociales de izquierda, caminan -puntualmente- junto a ellos, pero los feminismos son, tienen que ser -sobre todo- un movimiento político independiente, aunque es muy importante, por supuesto, que haya también feministas que trabajen desde adentro de los partidos. La historia probó que si no nos diferenciábamos, las causas que conciernen a las mujeres de manera específica, corrían el riesgo de ser dejadas de lado en aras de otras reivindicaciones que parecían más urgentes. El discurso era y sigue siendo en muchos espacios: cuando logremos la igualdad de derechos para todos, de manera automática se resolverán las brechas entre hombres y mujeres. No es cierto. La necesidades de las mujeres tienen que atenderse de manera específica y la complejidad de las relaciones entre los hombres y las mujeres tienen que ser analizadas, sin dar por hecho que la misoginia internalizada no existe, sólo porque frecuentamos hombres y mujeres de izquierda.

En nuestra cultura, hay maneras de ser miradas y de mirarnos a nosotras mismas que han sido construidas desde una idea de diferencia sexual basada en la relación de poder y de dominio. En toda naturalidad. Como si los inapelables destinos biológicos existieran. En la derecha, en la izquierda y en los en medios. Hay mapas mentales que naturalizan la discriminación y tantas formas de violencia contra nosotras, que limitan nuestra libertad de elegir, que continúan repitiendo una educación en la cual las niñas interiorizan que sus «virtudes», pasan sobre todo por la auto-negación, el sacrificio y la renuncia. Que afirmarse es masculino. Que la fuerza y la inteligencia son masculinas. Que el libre ejercicio de nuestra sexualidad tiene un algo o un mucho de denigrante. Que nuestra libertad es una amenaza para tantos hombres y en consecuencia, una potencial catástrofe para nosotras mismas.  Millones de entre nosotras seguimos caminando por el mundo con nuestra indefensión aprendida a cuestas.

¿Qué sucede cuando un hombre -además de todo- arranca a mordidas los pezones de una mujer? La tortura en los cuerpos femeninos es una escritura. Y esa escritura es un mensaje que nos está dirigido. «No te muevas del lugar que yo te asigno, porque los cuerpos femeninos me pertenecen. Yo dispongo de ellos, son míos».

Millones de niñas mexicanas reciben esos mensajes que les impregnan la piel. Mensajes que pasan por lo dicho y por lo no dicho. Las transmisiones inconscientes de generación en generación. A veces sutiles, a veces brutales. ¿En dónde se coloca el valor de un ser humano del sexo femenino en una sociedad machista? Y, si no aceptamos obedecer los mandatos propios a la femineidad, ¿en qué consiste exactamente esa amenaza de fondo que nos está dirigida? «Si no obedeces, si no te pliegas a una cierta idea de feminidad definida y acotada, nadie te va a querer». Corres el riesgo de ser excluida de la familia, de tu grupo de pertenencia. No hay necesidad mayor en la vida de una persona que la de ser amada. Mirada. Reconocida. Nada de lo que podamos necesitar en la vida tiene una potencia semejante. Las personas nos construimos en los vínculos con los demás. Amar y ser amados (en general, no me refiero sólo al amor de pareja), no es una publicidad del 14 de febrero, o una consigna como de concurso de belleza: «Creo en el amor y la paz mundial». Que lo diga, no significa que ya me coptó una secta. Aunque hay, claro, quien considere que el psicoanálisis es, una secta. Solo quiero nombrar el principio básico de la salud emocional. El amor, el que recibimos, el que ofrecemos, nos estructura. El desamor nos despoja. Y la vivencia de ser despojados podría convertirnos en despojadores. No cada vez, por suerte. De allí que la amenaza de desamor (y el miedo y hasta pánico de ser rechazadas) es y ha sido una de las técnicas más eficaces de control de nuestras vidas y de nuestros cuerpos. Cuando la segunda ola feminista acuñó esa consigna indispensable: «Lo personal es político», ¿a qué convocaba? sino a un colocar en el centro la importancia vital de todas las formas de amor, y el cuestionamiento de ¿qué se entiende por amor? amar y ser amadas, ¿cómo?

Construir el amor que se la juega en lo que es justo, el amor que se viva entre pares. En la empatía y el respeto a la alteridad. Deconstruir ese modo distorionado de entender los vínculos amorosos (filiales, de pareja, de amistad) como hombres poseedores de mujeres poseídas, hombres activos ante mujeres pasivas. En  esa reproducción de la voluntad de dominio que no entiende a las niñas, adolescentes y mujeres como personas con derechos, cabe todo: desde la denigración disimulada o explícita en la vida cotidiana, hasta el abuso y la violación incestuosa. La niña violada por el padre, por el primo y a la que se le explica que eso es amor y que también es amor no denunciar a su agresor. Y además, que si no se calla, va a romper la armonía familiar y ya nadie la va a querer, porque el abuso sexual se perdona, pero la ruptura de una familia no. La ley mordaza. El mandato de silencio que puede durar décadas. Vimos cómo convocatorias feministas como: «Mi primer acoso» o  «Me too» desataron una ola de testimonios y denuncias. En lo personal, sentí que era como un río que se desbordaba, como el Grijalva en época de tormentas. Una tormenta el estallido público de nuestro derecho a la palabra. Y esa palabra nos dignifica. Esa palabra es transformadora. Es colocar la vergüenza, la humillación, en el lado de quien tiene que ser colocada: el agresor. Ese hombre que se instituye en amo. En amo depredador.

Aprender y que la sociedad vaya aprendiendo, a no revictimizar a las víctimas. Ese hashtag  conmovedor: «Compañera, yo sí te creo», y todo lo que significa. «Yo sí te escucho, yo no te digo como en la mayoría de los Ministerios públicos, como en tantos espacios que habitas, que tú te lo buscaste, que si la falda, que si el escote. Yo no te digo que eso te pasa por andar por la calle como si te estuviera permitido. Y, que si ¿con cuántos te acostaste en tu vida, y bien merecido que te lo tenías y, ay, ¿cómo se queja de que la violaron si le hicieron un favor, está bien fea?» Basta leer los comentarios en redes debajo de una nota (y tantas veces, la redacción de la nota misma), para irnos de bruces ante todo lo que tenemos por cambiar. La libertad de las mujeres de transitar por las calles, no podría estar en cuestión y sin embargo, es un derecho básico que nos es negado. Y, sabemos, además, que la violencia contra las niñas, adolescentes y mujeres se ejerce a todas horas, hacia adentro y hacia afuera de sus casas. En los espacios abiertos y en los espacios cerrados.

Hoy desde los feminismos se denuncian diez asesinatos de niñas, adolescentes y mujeres al día. El mapa de los feminicidios de María Salguero se  llena de puntitos rojos. Rojo sangre. Rojo violación. Rojo interminable tortura antes de ser asesinada. Rojo de los cuerpos femeninos vivos convertidos en mercancía. En material de deshecho. Y, sí, que se tiñan de rojo todas las fuentes de todo el país, como sucedió con las intervenciones feministas del 8 de marzo. ¿Qué sucede en ese cara a cara de los feminicidas y sus víctimas? ¿qué sucede adentro de ese hombre, contra esa mujer,  cuando escuchamos, por ejemplo, a uno de los feminicidas de Ciudad Juárez declarar  que para él,  el mejor momento de la tortura a su víctima, fue cuando la miró fijamente a los ojos y reconoció en ellos el terror, de quien ya tiene la certeza de que va ser asesinada. Ese segundo de poder absoluto en el que se reconoce la alteridad, sólo como goce anterior al aniquilamiento. No hay ya allí una niña, una adolescente, no, ya no. Ya no es persona. Ya no.  Esa mujer deja de ser un objeto de respeto, de afectos positivos o negativos, pero persona, para ser reducida a esa circunstancia de desamparo y despojo en la que la palabra «objeto» se convierte en sinónimo de cosa. El amo absoluto se otorga el derecho a la forma más absoluta de dominio: el aniquilamiento moral anterior al aniqulamiento físico.

¿En qué momento el patriarcado y su histórico control hacia las mujeres ya no consideró suficiente con controlarnos  a través del lenguaje discriminatorio, el encierro, las prohibiciones, los golpes? ¿Cómo pasamos de la palabra «puta», proferida en voz alta, a la palabra «puta», inscrita con navaja en la piel de una mujer que se atrevió a denunciar s sus violadores, y regresaron por ella?

No podemos entender lo que nos sucede desde un sólo enfoque de análisis. La transformación social que nos urge, la prevención de la violencia y el alto a la violencia se trabajan y así tiene que ser, desde enfoques muy diversos. La sociología, el derecho, la filosofía, la antropología, el psicoanálisis, la economía, la comunicación… Sumemos. Cada disciplina, nos ofrece preguntas y respuestas que se entrecruzan. Ante los asesinatos en Ciudad Juárez, el psicoanálisis me ofreció la posibilidad de intentar entender una parte de lo que estaba sucediendo: los mandatos de una masculinidad concebida cada vez más como voluntad de dominio. Los niveles de violencia de las masculinidades depredadoras contra las femineidades. ¿Qué sucede cuando un hombre -además de todo- arranca a mordidas los pezones de una mujer? La tortura en los cuerpos femeninos es una escritura. Y esa escritura es un mensaje que nos está dirigido. «No te muevas del lugar que yo te asigno, porque los cuerpos femeninos me pertenecen. Yo dispongo de ellos, son míos».

Esos pezones arrancados, los símbolos de la doble función de los senos femeninos: su función erótica y su función materna, arrancados a dentelladas. Esa escena en donde las mujeres pasamos -literalmente- a «valer madres». ¿A qué nos referimos cuando hablamos de patriarcado? ¿Cuál es el lugar de las masculinidades y de las femineidades? ¿Cómo se recrudece el histórico conflicto entre «la puta y la madre». ¿Qué provoca la agudización extrema  del conflicto? ¿En qué momento el patriarcado y su histórico control hacia las mujeres ya no consideró suficiente con controlarnos  a través del lenguaje discriminatorio, el encierro, las prohibiciones, los golpes? ¿Cómo pasamos de la palabra «puta», proferida en voz alta, a la palabra «puta», inscrita con navaja en la piel de una mujer que se atrevió a denunciar s sus violadores, y regresaron por ella? Cuando un sistema de control siente que se tambalea, recrudece su estrategias de represión. Ninguna explicación es suficiente por sí sola. El número de feminicidios (disculpen la palabra «número»), ha ido creciendo de manera cada vez más insoportable. Rita Segato afirma que esa escritura sádica en el cuerpo de las mujeres son mensajes de «potencia» que los hombres se envían entre ellos. Para delimitar territorios. Afirmar su poder y confirmar su pertenencia al clan de los «verdaderos hombres», desde una virilidad entendida como capacidad de destrucción.

Acudamos a los análisis de feministas como Rita Segato, Silvia Federici, Jules Falquet, Silvia Ons, Sayak Valencia, quienes recurren a dos lupas imprescindibles: la voluntad de dominio, sí, pero también  la voluntad de dominio en tiempos del neoliberalismo hard, del capitalismo salvaje. Si todo está en venta, ¿por qué no los cuerpos de las mujeres?, ¿por qué no los órganos extraídos de personas vivas?, ¿por qué no las niñas y los niños? ¿Por qué no, si los deseos más perversos como la pedofilia, como analiza Marta Lamas, son un mercado en expansión? La perversión globalizada e impune. El padrote que «enamora» adolescentes, comienza por las flores y el helado en la plaza y el romance termina en el secuestro y la esclavitud. Un hombre que posee una máquina que renta a otros hombres, treinta servicios sexuales al día. Cuarenta. Vivimos rodeados de máquinas. Diríamos que qué maravilla tantos avances tecnológicos. Pero en el camino algo ha pasado que nos fue confundiendo. Despadrando. Desmadrando. Algo que obnubila la diferencia entre una mujer y una máquina de Coca-cola. Algo que destroza los vínculos verdaderos. En el camino, el deseo de ser «mirado», «reconocido» fue creciendo en una confusión que siempre ha existido, pero cuyos decibeles aumentaron brutalmente: Más vale parecer que ser. Más vale tener que ser. ¿Cómo existir sin un Iphone, desde quienes pueden adquirirlos y desde quienes no? La sociedad de consumo que nos vende lo «aspiracional», como un grillete.

Nos devora, nos taladra todos los días definiendo a qué debemos aspirar. Una sociedad en la que cabría citar al poeta Francisco de Quevedo con su «Poderoso caballero es Don dinero/ él es mi amante y mi amado». Privilegiar las cosas por sobre las personas nos termina cosificando a todas y todos. ¿Qué pasa cuando la aspiración impuesta es «tener» y en la realidad, la mayoría de la población no logra tener derecho y así lo aceptamos sin demsiados escrúpulos, a resolver sus necesidades más básicas? ¿Qué pasa cuando se rompen los tejidos sociales y en medio del desamparo más absoluto los niños, los adolescentes están en manos de un narco que los entrena para dejar de sentir? Porque eso es ser un hombre verdadero. El que tiene la piel dura, el que no se conmueve. El que asesina y despedaza. Y tiene mucha, mucha lana. Y la lana compra muchos, muchos cuerpos femeninos. Todo se compra, todo se vende.

Leo a nuestro querido y extrañado compañero Sergio González Rodríguez y les comparto una de sus frases más rotundas: la suma de violencia e impunidad, crea la máquina feminicida.  Ineficacia en toda la cadena de impartición de justicia. Corrupción. Negación de la urgencia de actuar ante una desaparición.

No puedo dejar de citar las investigaciones de Elena Azaola, su trabajo -que entrecruza la antropología y el psicoanálisis- con niñas, niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad. Recuerdo una de sus entrevistas, un muchachito detenido en un correccional que le explica cómo su madre fue asesinada. Como su asesinato no le importó a nadie. Cómo su dolor no encontró en quien arroparse. Ni red social para acogerlo, ni Estado para apoyarlo. ¿Si la vida de su madre no le importó a nadie, si su propia vida no le importó a nadie, ¿por qué él se detendría a valorar la vida de los demás? Leo a nuestro querido y extrañado compañero Sergio González Rodríguez y les comparto una de sus frases más rotundas: la suma de violencia e impunidad, crea la máquina feminicida.  Ineficacia en toda la cadena de impartición de justicia. Corrupción. Negación de la urgencia de actuar ante una desaparición. Expedientes mal llevados, investigaciones mal hechas. Pruebas extraviadas. Información que no se cruza y que permite que un violador, un feminicida nunca sea capturado o salga al poco tiempo en libertad. Como si nada.

Ese desorden cruel que permite que una madre que lleva meses buscando a su hija se entere de golpe que lo que queda de su cuerpo, fue enterrado en una fosa común. El machismo sistémico que atraviesa todas las instancias. A partir del 8 de marzo, la Ciudad de México cuenta ya con una Fiscalía para la Investigación de los Feminicidios que dirige una  muy respetada abogada feminista: Sayuri Herrera. Esperamos que la creación de una instancia especializada se retome en todo el país. La Fiscalía es un logro de las luchas de las mujeres. El termino «feminicidio» y sus protocolos son también un gran logro que de ninguna manera pueden desaparecer.

La negación de esa tragedia nacional que es la violencia contra las mujeres y el feminicidio, ha sido uno de los grandes escollos para enfrentarlos. ¿Cómo permean las denuncias en una sociedad que decide que el horror no existe? Que sólo sucede en algún lugar de la acera por la que caminan los más dudosos, los más malvados. Y si le sucedió a esa niña, adolecente o mujer, fue porque se lo buscaron, porque sus madres no las cuidaron lo suficiente, porque andan en malas compañías. Ese: «a mí no podría sucederme, ni a nadie de mi familia porque nosotros no somos como ellos», es un mecanismo de defensa ante el pánico de aceptar la realidad. Pero, nadie se salva de la realidad por negarla, y quien no la acepta, no trabaja para cambiarla. La maravillosa, creativa, valiente toma de las plazas por los feminismos jóvenes y muy jóvenes está transformando de manera acelerada está tendencia indignante y repetida a negar. Convocan y denuncian en las redes sociales. Nos llaman a romper el silencio con nuestros testimonios. Se visten de negro. Toman las plazas.

Nos dicen que el acoso sí que es acoso. Que no están dispuestas a soportarlo. Que exigen seguridad y respeto y ni un milímetro menos. Que no tienen por qué detenerse comprensivas porque a unos señores se les van las manos en el metro y, ¡oh! se tropiezan con sus cuerpos. Dicen que tienen rabia. Que tienen miedo.  Dicen que están hartas de las calles oscuras, de la precariedad, de temblar por ellas y por sus compañeras. Hartas de vivirse como rehenes de la misoginia cotidiana. Y lo dicen distinto a los feminismos de las generaciones anteriores. Más rotundo. Más fuerte. Y son cada vez más. Ante un Estado hasta ahora incapaz de protegerlas, una sociedad hasta ahora incapaz de protegerlas,  construyen sororidad. «El Estado no me cuida, a mí me cuidan mis amigas». Reivindican con sus pañuelos verdes el derecho al aborto, en olas antes no imaginables. Realizan intervenciones: grafitean la Ángela de la Independencia, colocan brassieres y vulvas moradas en las estatuas de los solemnes héroes que nos dieron patria, en Reforma. Crean tendederos de denuncia. Exhiben las distintas formas de violencia. Arman performance, talleres. Los feminismos suman hoy, cantidad de estrategias que son en principio, también modos de econtrarse y reconocerse. Los testimonios. Los Hashtag como «Mi primer acoso», el «Mee too». El acto lúdico y tan eficaz de la reciente convocatoria a las mujeres a escribir con el  hashtag: «Como hombre» y lo absurdo de los escenarios cuando esas frases, esas reglas que hemos escuchado toda la vida se revierten y aparecen en femenino: «Las mujeres no nos controlamos, necesitamos sexo todo el tiempo, los hombres no comprenden por qué es urgente que nos frotemos contra ellos por las calles, ¿por qué se ponen tan histéricos». «Ay, qué bueno que ya llegaron los guapos a la junta, es fatal debatir con puros feos». «Maridito lindo, te ayudaría con el bebé si tan sólo supiera donde encontrar un pañal». «A los hombres no les interesa tener orgasmos como a nosotras, no los necesitan, ellos con que una los quiera, se quedan bien contentos».

La maravillosa, creativa, valiente toma de las plazas por los feminismos jóvenes y muy jóvenes está transformando de manera acelerada está tendencia indignante y repetida a negar. Convocan y denuncian en las redes sociales. Nos llaman a romper el silencio con nuestros testimonios. Se visten de negro. Toman las plazas.

Sabíamos que este 8 de marzo, la asistencia a la marcha en la Ciudad de México rebasaría de lejos lo hasta ahora visto. Lo que no imaginamos fue hasta qué punto. Más de 80 000 personas (en su mayoría mujeres), tomaron las calles en la Ciudad de México y miles más en distintas ciudades de la República. Conocemos los antecedentes, las marchas anteriores, el trabajo de los feminismos de la llamada segunda ola, desde los años setentas, la continuidad de ese trabajo, el impulso de los feminismos que se fueron sumando, pero este fenómeno de toma masiva de las calles, es nuevo. Deslumbrante y nuevo. Al parecer, sucedió en tres tiempos en los que se entrecruzan la sororidad activista y sus redes mexicanas e internacionales, la toma de consciencia de decenas de miles de ciudadanas y ciudadanos, y los pantanos de la realpolitik. Las marchas lideradas por las jóvenes feministas y sus intervenciones en los espacios públicos, la respuesta indignada ante los feminicidios -y sus niveles de sadismo- de la pequeña Fátima Cecilia Aldrighetti y de Ingrid Escamilla, y la urgencia de desbarrancar al presidente López Obrador. No sólo desde una parte de la derecha, sino también desde una parte de la izquierda y de los en medios.

Aparecieron feministas y feministos hasta debajo de las piedras, personas que han tenido espacios de poder en las instituciones y en los medios y que jamás se ocuparon del tema, verdaderos activistas del negacionismo, descubren de pronto, más de veinte años después del comienzo de los feminicidios de Ciudad Juárez, que el feminicidio existe. México era el paraíso para niñas, adolescentes y mujeres, hasta que Andrés Manuel fue elegido presidente. ¡Qué tiempos aquellos! Y comenzó el jaloneo que ya todos conocemos. Con sus afirmaciones de un lado y de otro de: «No politicen el movimiento feminista», muy fuera de lugar por cierto, porque el movimiento feminista siempre ha sido un movimiento político, basta recordar que comenzó con el sufragismo. No nos estaban «politizando», gracias, gracias, lo que estaban intentando era reducirnos a las disputas partidistas, reducir un movimiento independiente a los intereses de la real-politik.

Desde hace meses, una marca comercial había puesto en venta en una tienda chic, las «botitas feministas» con un letrero colgado que dice «Ni una menos». En los últimos años, junto al increíble aumento  de las sororidades elegidas y construidas, comenzaron a florecer los mujerismos utilitaristas, (tomo de Marta Lamas, la palabra «mujerismo»), los mujerismos de mercado. Onda: «Mujeres, las amamos, venga su voto», «voten por mí porque soy mujer». Así, sin ton ni son, sin análisis, sin propuesta, sin debate.  La sororidad se construye con causas y objetivos comunes. El mujerismo es cromosómico. Ante el llamado al paro nacional, las distintas marcas se precipitaban a darle el día libre a sus trabajadoras en plena campaña publicitaria. Amé a la Colectiva Intersecta y su lista dirigida a los jefes de empresa: las demandas indispensables para crear una empresa igualitaria. Algo así como:  «A ver, señor usted don patrón, una vez hechos sus enunciados tan feministas y gentiles, ¿con qué se compromete usted en la realidad? Este último es un buen ejemplo de todo lo que no pueden controlar quienes quieren utilizarnos.

Aparecieron feministas y feministos hasta debajo de las piedras, personas que han tenido espacios de poder en las instituciones y en los medios y que jamás se ocuparon del tema, verdaderos activistas del negacionismo, descubren de pronto, más de veinte años después del comienzo de los feminicidios de Ciudad Juárez, que el feminicidio existe.

Quienes descubren de pronto que los feminismos quizá van a la alza, y no quieren quedar fuera del acceso al nuevo iphone de los movimientos sociales. Hay algo de inevitable, por supuesto, en el utilitarismo. Es también inevitable que los mercados intenten apropiarse, como en el caso de las botitas «feministas«. Es inevitable que existan cantidades de personas que se «sumen» sin compromiso alguno, a un movimiento social que desdeñaron, y que ahora consideran que ya puede serles útil como prótesis narcisista. Lo que no sabemos y las/los mujeristas de mercado tampoco saben, es, ¿de qué manera quien se sirve, sirve? ¿Quizá esa réplica oportunista en redes de una reivindicación de los feminismos puede por allí alcanzar a una persona a la que llame a la reflexión? ¿Quizá esa mesa en medios, cuya intención era atacar a un gobierno, trae consigo contenidos que convoquen a la construcción de sororidad y solidaridad en independencia de su objetivo original? Nunca en México se ha hablado tanto de la violencia contra las niñas, adolescentes y mujeres. Nunca la palabra feminicidio ha sido más pronunciada. Las reivindicaciones de los feminismos se visibilizan en dimensiones inéditas. Para que un movimiento social crezca, es indispensable sumar, aunque haya sumas que nos hagan masticar sapos.

La marea contra la violencia misógina crece, es generosa, es sorora y es violeta. Un cambio histórico: la construcción de una toma de consciencia colectiva, no sólo de la urgencia de la causa, sino de la necesidad de actuar para consolidarla y hacerla eficaz. Llegar al punto de una reunión masiva de personas tan distintas entre sí, es y ha sido -si observamos la historia de los movimientos sociales- el paso indispensable para que un movimiento se fortalezca. Para que sus reivindicaciones sean escuchadas sin dilación ni pretextos. La comprensión de la justo y de lo indispensable de la causa aumenta, se propaga. Ya no se trata de «un puñado de locas» en la plaza, que «nadie entiende de qué hablan». Ante la potencia del activismo, disminuyen las posibilidades de silenciar, invisibilizar y descalificar. A una marcha convocada por los feminismos se suman miles de mujeres de todas las edades que nunca han sido feministas y comienzan a serlo, (también, en menor número, muchísimos hombres), y otras tantísimas, que, sin nombrarse como tales, asumen su elección de incidir en un cambio cultural profundo. El enemigo es la misoginia depredadora, ante la que todas estamos en riesgo. Pero la misoginia cotidiana toma muchísimas formas, antes de estallar en sus extremos.

Despertar sensibilidades, evidenciar las distintas formas de agresión y de violencia, desde las más extremas hasta las más soterradas. El tono de los medios para dar la nota está cambiando. Comienzan a deconstruirse las trampas de lo que Pierre Bourdieu llama la Violencia simbólica: «Siempre he visto en la dominación masculina, y en la manera como se ha impuesto y soportado, el mejor ejemplo de aquella sumisión paradójica, consecuencia de lo que llamo la violencia simbólica, violencia amortiguada, insensible, e invisible para sus propias víctimas, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos… ejercida en nombre de un principio simbólico conocido y admitido tanto por el dominador como por el dominado…» La diferencia sexual en este caso. ¿Cómo se desarticula esa violencia «soterrada»? Hay ejemplos que son bastante comunes: el chiste misógino irrumpe en la fiesta y casi todas y todos se ríen. Si una mujer señala que le parece agresivo, descalificador, humillante, inmediatamente es tachada de carecer de sentido del humor. Queda excluida de la fiesta.

Ante la potencia del activismo, disminuyen las posibilidades de silenciar, invisibilizar y descalificar (…) El enemigo es la misoginia depredadora, ante la que todas estamos en riesgo. Pero la misoginia cotidiana toma muchísimas formas, antes de estallar en sus extremos.

El mal rato no fue el chiste misógino y la agresión que contiene, sino que ella la nombrara. Tenemos que nombrarla. Señalarla cada vez. Salirnos de ella, mujeres y hombres. No ser sus cómplices. Quizá pocas veces he vivido la violencia simbólica con tanta claridad, como en una noche en el zócalo lleno, cuando un cantante irrumpió con una canción que se llama «Mátala», ni más ni menos. No lo callaron, no lo abuchearon. En el zócalo retumbaba ese: «consigue una pistola si es que quieres, o cómprate una daga si prefieres, y vuélvete asesino de mujeres«. Hombres y mujeres cantaban.  Se sabían la letra de memoria. y esa letra es una mezcla de serenatas, flores y «asfíxiala». Como si las palabras no significaran nada. Como si no tuviéramos un inconsciente. En este país, justo en este país. ¿Cómo podríamos negar el vínculo entre la escandalosa permisividad ante la violencia simbólica y la violencia más descarnada? Recordé aquel violentísimo «Matarile al maricón»,  «matarile al maricón», que cantaban en las discotecas y en las fiestas dando de brincos y agitando los puños en alto. Quienes coreaban pretendían que ese llamado a la violencia homófoba, no significaba nada. ¿Por qué soportamos lo insoportable? ¿Por qué toleramos lo intolerable?

¿Cuáles son nuestros desafíos? Estos, la toma de consciencia colectiva, más todos los que no se me ocurren, los que no tengo las herramientas para pensarlos, los que mis compañeras de la Fundación Elena Poniatowska Amor van a analizar y a explicarnos. Y lo que se sume. Como tan bien dijo la compañera Estela Hernández: «Hasta que la dignidad se haga costumbre». Vamos juntas. Todos los días. Con la esperanza, la voluntad y las gafas violetas. Hasta ese día.

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