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Por Josefina Hernández Téllez

 

Cuando la forma de transmitir la noticia pasa por la clase social, la raza y el género, hay todavía mucho que tejer en torno a la justicia, la igualdad y la equidad.


Carlos, mi hijo, me pidió conmovido y preocupado: “No veas esos videos que nos enviaron en el chat. Son fuertes y…” Estaba visiblemente conmovido y argumentó lo inhumano de quienes castigan a dos supuestos delincuentes de transporte público. Este tema se ha vuelto noticia reciente en medios nacionales. Los noticieros en televisión han transmitido varios hechos de este tipo cuestionando a lo que se llega por falta de respuesta a la ciudadanía en cuanto a la seguridad. ¿Justicia por propia mano?, preguntan, pero no van más allá.

No seguí la recomendación: los vi. Y sí, me conmocionaron y me preocupó más aún un tema, que de manera recurrente he comentado en clases con alumnado de Comunicación, en conferencias, como defensora de lectores y en pláticas de café: la responsabilidad de los medios en cuanto a la difusión, sin contexto ni análisis, de una violencia creciente, de hechos de sangre, de muertes y delincuencia sin control. En suma y de alguna forma, la naturalización de la violencia, pero estos dos videos dejan en mera “palabrería” el tema porque no se acerca a la realidad que se está dando en cuanto a la respuesta social a la inseguridad, al robo.

Los dos videos que mi sobrina nos compartió son fragmentos de video sobre el escarmiento a asaltantes. Lo que nos pidió fue nuestra opinión sobre cómo se da la respuesta de la gente frente al robo en transporte público, porque no podía asimilar lo que vio.

El primer caso es del momento en que golpean a un joven, que podríamos calcular que está en sus veinte años, o menos quizá. La tunda no es física, es con un tubo. Ensangrentado y sin camisa ya, en el piso del autobús, está casi inconsciente el joven, no hay resistencia. Se oyen gritos de alguna mujer que pide que ya lo dejen por favor, mientras los hombres que lo castigan dicen “te vamos a matar”, “perro”. Sin embargo, lo bajan arrastrando, su cuerpo sin fuerza es un guiñapo arrastrado a la calle. Se oye la voz de una mujer que dice: “¡qué bueno! Le hubieran dado más, para que se les quite la maña”. Lo botan a un lado de la banqueta, en terreno polvoso, donde le propinan más patadas en el cuerpo y algunos en la cabeza. Aturdido, semiinconsciente, sin zapatos y sin camisa, yace inerme, recibiendo las últimas patadas. Las voces de pasajeros dicen que eran tres, que dos se “pelaron”: el de la pistola y la “vieja” que le quitó el celular. Ahí termina la emisión.

El segundo video cimbra: ya está el supuesto delincuente en el piso, sin un zapato y sin camisa, golpeado y tundido por más patadas de hombres que creemos son pasajeros y se oye una voz que dice “échenle gasolina”. En pantalla aparece un hombre de mezclilla y sudadera rojo deslavado, con un galón y lo baña en ese líquido. Enseguida alguien prende el fuego al hombre aún con vida, que se revuelve en llamas. Hay un policía parado a los pies del supuesto ratero y ante el fuego se aleja. Se queda solo en llamas y se oye que dicen: “echa el carro para atrás”, “quiten las motos”. Ahí termina la transmisión.

Si bien Gobernación y el Instituto Federal de Telecomunicaciones no controlan contenidos de medios convencionales, las redes hoy sobrepasan límites que se vuelven precedente y ejemplo de que debe haber responsabilidad en lo que se emite y transmite.

Sin duda, estos videos mueven y conmueven. Nos toca el sentimiento y la razón: a qué hemos llegado. Si bien el despojo violento e impune genera reacciones igualmente violentas e indignación, hasta un punto inhumano, porque olvidamos que quienes nos roban y agreden también son como nosotros, con menos posibilidades (materiales y hasta mentales) para sobrellevar la vida y buscar alternativas de sobrevivencia.

¿Quién peca más? diría Sor Juana, parafraseándola, ¿quien roba por necesidad y bajeza o el que castiga hasta la muerte al que roba en un punto de inconsciencia y hasta «placer» que lleva a una «justicia» mal entendida? Obviamente requerimos correctivos pero ¿la muerte cruel, inhumana y hasta sádica? ¿Hasta dónde hemos llegado con esa «educación» de medios que ha banalizado la crueldad, la muerte?

La información cotidiana nos muestra la sangre y la vida degenerada por la pobreza como “atractivo”, como “gancho” para atraer audiencias, pero sin contexto ni reflexión. La sobreexposición nos está inmunizando y nutriendo de hechos y datos de sangre que los vamos incorporando “naturalmente” a nuestra forma de vida.

El peligro de esta naturalización es que la violencia se vuelve sin sentido y para nuestra denostación como seres humanos y sociales. Mueve y conmueve por lo que representa el que roba como los que golpean hasta la muerte y la crueldad de quemar vivo a un joven. Son generaciones perdidas, unos y otros, porque no refleja una responsabilidad social de los medios, del Estado y de sus instituciones frente a lo que genera la pobreza, la desigualdad, la desproporción de las clases políticas corruptas que han sangrado literalmente los bolsillos y hoy los valores de la sociedad. Si bien Gobernación y el Instituto Federal de Telecomunicaciones no controlan contenidos de medios convencionales, las redes hoy sobrepasan límites que se vuelven precedente y ejemplo de que debe haber responsabilidad en lo que se emite y transmite. Eso sí, no hay condena como cuando se habla de la “violencia” de las jóvenes en protestas legítimas o de “mujeres asesinas”. Menos aún transmiten y enjuician a los delincuentes de cuello blanco, como Emilio Lozoya. En esos temas son cautelosos y “pulcros” informativamente hablando. La forma de transmitir la noticia pasa por la clase social, la raza y el género. 

Mucho tenemos que pensar y reflexionar sobre lo que somos, lo que vivimos y lo que aspiramos. Estos hechos y esta realidad me dejan cimbrada y con profunda tristeza pero pensando dónde o cuándo perdimos la capacidad de compadecernos del otro, del igual, del hermano(a). En esto de los medios, el negocio, la libertad de expresión y la noticia no existen derechos de lo que las audiencias queremos y necesitamos ver, oír y leer, o se desdibujan por la ganancia, la clase a la que perteneces o si eres hombre o mujer. Mucho que tejer en torno a la justicia, la igualdad y la equidad.

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