La palabra en boga es ‘fragilidad’

Foto: Elsa Lever M./MujeresNet

Por Aura Sabina


En tiempos de pandemia doblarse para no quebrarse, es un reto. Mantener la salud, casi un milagro. Hoy más que nunca son importantes las redes solidarias, la llamadas habituales a los seres que amamos, el descanso y el autocuidado.


Para Atenea Acevedo,
por acompañarme en este tránsito

Llevo un año escribiendo esto, pues en octubre de 2019  tuve un pequeño accidente en bicicleta, lo cual me hizo consciente de tendones, huesos, flexores isquiotibiales y, por supuesto, del dolor, el cual si bien no detuvo mis actividades, complicó mi movilidad. Eso apenas era el principio: en enero, a días de haber vuelto de la Ciudad de México al Quintana Roo, comencé con lo que supuse un resfriado. Confiada en mi excelente condición física, mi estilo de vida saludable y algunos antigripales, seguí con mi rutina, pues entonces menos que nunca, podía dejar de laborar. Obviamente, en la oficina y en el instituto me bromeaban con que era coronavirus. Tuve que cargar con el estigma mientras la diagnosis arrojaba algo contundente. Dicho sea de paso, no fue ese bicho.

Mi cuadro iba empeorando, pese a seguir los cuidados que me recomendaron varios médicos según su perspectiva: alergia, resfriado, bronquitis… Después de tres meses sin erradicar la tos (el dolor muscular era ya insoportable), no quería correr con la suerte de alrededor de 12 mil mujeres que año con año mueren a causa de enfermedades respiratorias y alrededor de 1,500 por hemorragias, según el INEGI.  Eché mano de otros insumos naturales. Hasta abril pude curar todas esas itis que se me fueron juntando.

Es lógico, después de tanto tratamiento insuficiente, sentir que el mundo se desmorona. En automático se desciende en la cadena de supervivencia. No es un mérito, pero reconozco que a mí no se me equipó con un buen sistema inmunitario. La selección natural, como decía Darwin, mantendría vivas a las personas con mayor capacidad para adaptarse al ambiente; la enfermedad no se fija en si tienes planes, si dependen de ti más personas, si debes entregar un proyecto, si la descendencia que dejas es apta y funcional (y qué decir de algunos cónyuges que dependen de una), si tienes seguro de gastos médicos, si puedes aguantar horas de fila para análisis clínicos: una simplemente está fuera del juego, temporal o permanentemente. Esto depende  mucho de la gravedad, claro; no es lo mismo ser asintomática que presentar todos los cuadros posibles o tener movilidad que no tenerla, tener dolor constante o solo punzadas imposibilitantes; o que se nuble la vista por minutos o una crisis epiléptica o  tener hemorragias; anafilaxis, alergias, hormigueos, entumecimientos, accesos de tos, neuropatías, tumores… Al final es un cuerpo en pugna por sobrevivir y reposar.

Usualmente me daba mucha vergüenza hablar de enfermedades, accidentes u otros padecimientos físicos, pues estoy perfectamente consciente de que hay personas con cuadros todavía peores y no se andan quejando. No es un llamado a la conmiseración, pero los tiempos de convalecencia persistente  me han obligado a aceptar que al final, el cuerpo está sujeto a leyes de la física y la química, y que el autocuidado es indispensable para subsistir, antes de que todo sea inmanejable. No es lo mismo comprar píldoras analgésicas y vitaminas que pagar una tomografía o una operación, por ejemplo. En mi caso, mi umbral de dolor es muy bajo y casi cualquier cosa puede mandarme a la cama (a la cual, antes de este año era renuente).

Cada noche he pensado en mi madre y sus padecimientos, en mis tías, en las amigas que día a día se levantan en medio de estas dagas, y las que ya han partido de este mundo; en todas las personas que están en el hospital. Recordé cuando acompañé la agonía de mi abuela; también, la última vez que antes de ingresar al hospital prefería morir porque el dolor de mis pulmones era insoportable. En todo este tiempo también he recordado el en oncología del Hospital General, el en medio de los sismos y derrumbes; el no en un incendio al que sobreviví o en medio del ataque de pánico en un aeropuerto.

Cada día cuento, como todas nosotras, las muertes cercanas; se me hunde el timo. Los procesos de duelo son muy complejos y no es tan sencillo elaborar tantos en tan poco tiempo.

A nueve meses del confinamiento, he sido consciente de nuevo, pero de modo más contundente, de  cómo de un día a otro ya no estamos aquí, a pesar de todas las voluntades,  y que estar convaleciente, aunque con sus meritorias excepciones, es mil veces mejor que haber perdido la vida violentamente. Cada día cuento, como todas nosotras, las muertes cercanas; se me hunde el timo. Los procesos de duelo son muy complejos y no es tan sencillo elaborar tantos en tan poco tiempo. Hoy más que nunca la vida es una funámbula que además se atreve a hacer malabares. Eso a la vez, me obliga a cuidarme y cuidar a mis seres amados, a aislarme en caso de salir y monitorear constantemente todo (ya sabemos los protocolos, no abundaré; es cansado y engorroso). Como bien dijo una amada amiga hace poco: quizá gastemos toda la plata que tenemos (si tenemos) en curarnos, pero debemos hacerlo.

Las comorbilidades nos dejan un margen de sobrevivencia muy acotado; los sistemas inmunitarios se están alterando por, entre otras cosas, el temor que tenemos y por el cambio brutal en las condiciones de vida que trajo este tiempo. La gente se enferma más, se estresa ante la situación económica, política, sanitaria… Todo esto nos hace vulnerables y tampoco sabemos cuándo terminará. Somos seres integrales que no podemos separar la mente del cuerpo y de las emociones. Si se enferma una parte, se descompone todo.

El anuncio de la vacuna, aunque resulta esperanzador, ha disparado la de por sí relajada toma de medidas por parte de muchos sectores poblacionales, además del pésimo manejo por parte del Estado de esta crisis sanitaria. Por otro lado,  aunque mucha gente quisiera atenderse no tiene los recursos. Con esta ecuación, la salud llega a un punto catastrófico. La mente también se enferma, pero no hay una cultura de salud mental, de acudir a terapia, de medicarse en caso necesario, de expresar las emociones. Eso también se vuelve dolencia física: un constante recuerdo de que hay cosas sin resolver.

Entre otras variedades, he hablado con algunas amigas que durante este tiempo o un año atrás han desarrollado enfermedades autoinmunes, complejas, de difícil diagnosis. Así empiezan los peregrinajes por consultorios, laboratorios, farmacias y otro tipo de terapias que pudieran auxiliar. La edad sí importa, para algunas enfermedades, pero también es cierto que la población de entre 20 y 40 años estaría igual de vulnerable y proclive, dadas las situaciones mencionadas en otros párrafos, a enfermarse. Yo misma estoy en estos procesos de descarte porque mi cuerpo es habitado constantemente por el dolor, que desde enero me aqueja, que me obliga a confrontarme con la sensación de fragilidad todo el tiempo, entre otras cosas.

Todas las personas estamos en una batalla diaria. Ojalá pudiéramos reconciliarnos  con nosotras mismas y, de ser posible con otras personas, antes de que de verdad jamás nos miremos a los ojos. Esto, sin duda también es parte de la sanación.

Los puntos de fuga a una playa o al pueblo de origen, con lo cual se reinicia alguien, al de ser posible una vez al año o dos, para aguantar el ritmo al que nos han sometido, tampoco son posibles; el tránsito masivo generaría contagios igual. Como cereza (sin almíbar) del dantesco pastel: hay otras decenas de enfermedades que siguen cobrando vidas; y si sumamos los feminicidios y desapariciones forzadas…Por si esto fuera poco, además, en el primer semestre del 2020, 2,130 personas acabaron voluntariamente con su vida y 3,665 lo intentaron. Habría que esperar el reporte final donde se incluirá el resultado de toda la depresión que causa diciembre. Por espacio, y para no agobiar más, pararé aquí.

Como millones de mexicanas, no he contado, en general, con seguridad social ni un sueldo generoso, pese a estar “en la formalidad” y pagar impuestos. Según la Coneval (2019), aproximadamente 72 millones de personas no cuentan con seguridad social en México. Casi el 60 % de la población labora en condiciones precarizadas. “Informal” es el eufemismo con el cual se describe a un lugar donde hay que sujetarse a horarios, condiciones y compromisos muy definidos, sin el respaldo de un servicio médico o un ahorro que permita tener bienes con qué remendar los males de un  sistema desigual que, no obstante, se ensaña aún más con nosotras.

Y claro, si se tiene un ahorro, se puede más o menos sortear el pago de las consultas, hospitales e insumos, pero si no, todo se complejiza y además hay que lidiar con los dolores; el rendimiento físico e intelectual baja y se corre el riesgo de además perder el empleo.  En caso de tenerlo, porque, como hemos visto, el confinamiento y el avance del virus han dado al traste a la economía  de pequeñas y medianas empresas y, otra vez, quienes sufren los estragos somos los estratos bajos de las cadenas de producción y, si bien, algunos mandos medios y ciertas personas que trabajan en sectores gubernamentales apenas ven reducido un 15% de su salario, mucha fuerza operativa gana la mitad del de por sí raquítico sueldo ( porque un outsourcing se queda, de cualquier modo, con la otra mitad) o bien,  gira en el aire como una moneda tirada al azar, ingrávida por segundos que se han vuelto meses.

Así pues, doblarse para no quebrarse, es un reto. Mantener la salud, casi un milagro. Hoy más que nunca son importantes las redes solidarias, la llamadas habituales a los seres que amamos, el descanso y el autocuidado. Entiendo que hablo desde el privilegio que me da contar con un espacio donde dormir, un ingreso mensual (austero) que me permite comer y, todavía, un poco de lucidez. No sé cómo llegaremos al final de esta pandemia. Ojalá pudiera transmitir esperanza; me contento en compartir belleza y cariño con quien así lo permita, y el apoyo material o moral dentro de mis limitantes, sin que esto suponga la salvación del mundo, pero si cada persona con alguna posibilidad diera algo de sí, este tiempo sería más llevadero.  Eso sí: mayor amabilidad. Todas las personas estamos en una batalla diaria. Ojalá pudiéramos reconciliarnos  con nosotras mismas y, de ser posible con otras personas, antes de que de verdad jamás nos miremos a los ojos. Esto, sin duda también es parte de la sanación.

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