Carta a Marcela Guijosa, en su homenaje póstumo

Por Guadalupe López García


Escribamos nuestro diario, de distintas formas, para sí, para las que vienen. Son los espejos que necesitan otras mujeres para verse reflejadas ahí…


Querida Marcela:

Te cuento que justo en este mes de junio es mi aniversario número 33 como feminista, ya lo he comentado varias veces. Aunque asumirse feminista es resultado de un proceso largo de reflexión, cuestionamientos y descubrimientos internos, mi fecha oficial es en junio de 1988, cuando fue publicada mi primera colaboración en fem.

Fue ahí donde te conocí a través del Querido Diario. Muchas llegamos a comentar y siempre lo pensamos cuando te leíamos: “¡Esa soy yo!”, “¡Eso me pasa!”, “¡No sabía cómo explicarlo, pero ahora lo entiendo!”, “Así me siento”. Fuiste la influencer de ese entonces de muchas feministas, como yo.

Al conocer las experiencias de mis compañeras y de otras mujeres que leyeron fem, me doy cuenta que no fui la única que llegó al feminismo a través de esas hojas, ahora amarillentas y a punto de quebrarse. Y, como lo decían en la sección de Correspondencia, tú tuviste mucho que ver con ese estilo único, crítico, sarcástico, mordaz, irónico, desenfadado. Hacías enojar, llorar, añorar, pelear, despotricar, pero también reír y gozar. Tus palabras eran esa chispa incendiaria de lo que ahora es la legítima rabia.

Leerte era como estar en una sala, entre comadres, entre amigas, entre cómplices, entre aliadas. Así nomás, como si saliera la plática de la nada: “¿Qué crees que me pasó”, “¡Qué te cuento!”, “¿A que no sabes a quién me encontré?”, “Aquí entre nos…”, “¿A que no saben qué?” A través de tu vida se reflejaba la vida de las demás.

El diario ha sido clasificado como un género literario íntimo. Hay muchos diarios famosos, de mujeres y hombres que han trascendido en el tiempo. El tuyo ya forma parte de la historia. Pero no era contar la vida así nomás, de pasadita, como ahora se hace en las redes digitales o para la vanagloria de un personaje. Era darle sentido a la máxima feminista de que lo personal y lo emocional —como indica Sara Ahmed— es político. Así lo he citado una y otra y otra vez.

En ese diario no solo plasmaste tu experiencia como feminista, sino que le diste un sentido político a la vida cotidiana, aquella que se compara con la rutina, lo ordinario, lo sencillo, cuando ya lo hemos dicho: es la que sostiene esa vida pública que se define como lo importante y trascendente. Son esos espacios privados en los que hemos estado las mujeres. Bien sabemos, sin embargo, que nuestra presencia siempre ha estado en lo público, aunque a cada rato nos silencian, nos invisibilizan, nos violentan, nos asesinan. Y algo más de lo que me di cuenta, después de tu homenaje: trasladaste (y tradujiste) la teoría y los análisis feministas, desde tu experiencia, a esas pláticas sororales.

Te cuento que Elsa Lever, también colaboradora de fem, abrió la página virtual Mujeresnet.info, justo hace 15 años, para reunirnos nuevamente a quienes participamos en la revista. Yo me incorporé en el 2008 con un espacio en el que quería contar mi experiencia, lo sufridor que fue ser feminista del siglo XX y ahora serlo en el siglo XXI, con más de cinco décadas encima. Lo denominé Crónica feminista.

No es propiamente un diario ni un mensuario. Es más, diría que esa crónica es milagrosa o de temporada, pues cada vez más me cuesta trabajo escribir, como esta carta para ti, la que fue interrumpida una y otra vez. Que si el gas, que si el agua, que si los frijoles. Tú y quienes te leían bien lo saben: el tiempo de creación es un bien preciado que nos ha arrebatado el patriarcado.

Pues bien, esta crónica pudiera parecerse a lo que hiciste durante muchos años, pero como lo he dicho, somos pedacitos de muchas mujeres, muchos contextos, muchas historias. No somos excepcionales, únicas, pero nuestros escritos son nuestra huella digital; laberintos literarios con muchas puertas de entrada y de salida, huecos en los que nos quedamos atrapadas o desde los cuales nos impulsamos.

A lo mejor y ya ni te acuerdas que en la conmemoración del 20 aniversario de fem, participamos Bertha Hiriart, Rosa Ofelia Murrieta, Marta Lamas, tú y yo. Era octubre de 1996. Mi hijo tenía pocas semanas de haber nacido. Yo me sentía soñada compartir esa mesa dirigida por Esperanza Brito de Martí, directora de fem por muchos años, quien siempre impulsó mi militancia feminista y carrera profesional en el periodismo y en otros espacios.

Con esa modestia que siempre te acompañó, leíste que, ante tanta especialista y aguerridas militantes, asumías un papel de “individua feminista francotiradora, más o menos solitaria, especialista en todo y en nada, humildemente sólo ama de casa, clasemediera ilustrada, profesora durante muchos años y últimamente, bendito sea Dios, medio escritora”. Y te volví a leer y volví a escuchar esa voz grave:

A finales de los setenta, yo andaba perdida y buscando algo que no sabía qué era […] Y de repente y no sé cómo me llegó una revista cuadradita a las manos. Fue amor a primera vista. Por fin ahí estaba lo que yo andaba presintiendo, lo que yo andaba necesitando. Cómo devoré todas sus páginas. Cómo sentí que ahí estaba una como “mi mejor amiga” o muchas mejores amigas y madres y maestras, que querían lo que yo quería, que pensaban lo que yo pensaba […]

Como fem, junto con otras voces femeninas chicas y grandes, me fue abriendo puertas, me fue curando el alma, al darme un sentido de pertenencia a algo fundamental, a algo que me incluía, pero me sobrepasaba. Desde darme cuenta de que yo era mujer. Mujer con mayúsculas. Desde un sentimiento de absolución de todas mis culpas: yo no era la única loca, mala o descontenta. Es más: estaba bien pensar y sentir como yo sentía. Formaba parte de algo justo, honesto, bueno. Desde el descubrimiento de que las otras mujeres no eran ni mis rivales ni mis enemigas, sino mis hermanas y mis espejos. Y poco a poco, fem hizo que mi mundo se abriera, me dio permiso para existir de otro modo y me hizo descubrir mi identidad.

Y ya con eso, sería más que suficiente para estar eternamente agradecida. Porque sin esas voces feministas, yo, ¿qué hubiera hecho! El feminismo ha sido mi otra columna vertebral, mi otro corazón, mi otro motivo de vivir […]

Ni fem ni las feministas hemos cambiado el mundo todavía. Ni siquiera hemos podido cambiar a nuestro país. Pero muchas mujeres y algunos hombres hemos cambiado, y nos acercamos al nuevo modo de ser, cada vez más humano y libre. Yo soy un ejemplo. Y como yo, deben de andar por ahí muchas, con testimonios y experiencias semejantes […] Yo y todos ellos hemos sido contagiados de diferentes maneras por fem. Y quién sabe a cuántos de ellos y ellas también les ha cambiado la vida.

En una época en que pareciera que van ganando los malos, el trabajo de fem […] ha logrado, estoy segura, desde muchos lugares y de muchas extrañas maneras, que crezca el número de los buenos. Fem, junto con otras muchas voces, ha logrado que este mundo y este país sean un poco mejores; que exista en muchas vidas un poco menos de sufrimiento, un poco más de conciencia, un poco más de justicia.

Todas hablaron muy bonito. Fue un aniversario que me gustó mucho. Sí, Marcela, quienes estamos aquí en este sentido homenaje somos otros ejemplos, cada una desde sus espacios, desde sus conocimientos. Esa revista cuadradita, robusta, y luego larga y más ligera, nos tocó con sus páginas, a unas más, a otras menos. Y ahí andamos, pues el patriarcado, los malos, siguen aquí. Desde el feminismo enfrentamos nuevos embates, muchos desde el Estado, pero esto lo dejamos para después. No te quiero agobiar.

Este día es para celebrar tu vida y tu obra, para agradecerte tu contribución. Como siempre lo indico, el mejor homenaje que podemos hacerle a muchas mujeres que han construido este país desde el feminismo, es leerlas y difundir su pensamiento. Ahora te toca a ti. Lo bueno es que fem está en archivo digital. Ahí podemos encontrar todos tus diarios. En 1994, cuando falleció tu suegra, escribiste:

Y me acuerdo hoy tantísimo de aquella canción de Serrat, si la muerte pisa mi huerto: Quíén abrirá mis cajones, quién leerá mis canciones con morboso placer…

Entonces, por supuesto, me han entrado unas ganas enormes de alzar. De ordenar mi tiradero. De acomodar mejor las cosas, de limpiar y revisar, de deshacerme de lo que no quiero. De quemar, tal vez, muchísimos cuadernos con mis diarios íntimos, poemas, pelos y señales de mi vida. ¿Soportaría que todo el mundo las leyera? Creo que no […] ¿A mis nietos les importará ver cómo escribía su abuela en primero de primaria?

Tirar papeles. Archivar recuerdos. Acomodar vitrinas, iniciar nuevos órdenes y nuevas épocas, darle una nueva fisonomía a tu casa. A ver si mientras tanto se te arregla el desmadre de tanta pasión lastimera que traes en el corazón. Y ni modo, seguir y seguirte preparando.

Fíjate que ahora que murió mi hermano, por covid19, eso mismo pensé. ¿Para qué tanto papel acumulado? ¿A dónde irá todo esto? ¿A quién le interesará leer lo que yo escribía, lo que trabajaba? Igual en papel, igual en archivo electrónico, igual en video. No sé. Aunque para una haya sido muy valioso ese apunte, esa idea que de repente surge y se anota en una hoja o en un papelito y luego se guarda y luego se olvida dónde se dejó, va a terminar en la basura o por lo menos se irá al kilo; o sea, al reciclado.

De todos modos, creo que hay muchos papeles que se pueden conservar para la historia, para seguir contagiando y cambiando vidas, conciencias, para que los malos no avancen, para que haya más gente buena y un poco más de justicia, la que tanto necesitamos las mujeres de este siglo. En febrero de 2013 escribí que conocer la historia de mujeres puede cambiar la vida de otras mujeres, pero escribir nuestra historia, como una tarea feminista, puede cambiar la historia de las mujeres.

Por eso siempre recomiendo que hagamos ese ejercicio. Escribamos nuestro diario, de distintas formas, para sí, para las que vienen. Son los espejos que necesitan otras mujeres para verse reflejadas ahí, para darse cuenta de que no son las únicas locas, malas o descontentas, como tú, Marcela, como yo… De ahí tus libros, de ahí tus talleres sobre escritura.

Marcela, ¿qué más te puedo decir? Muchas gracias por todo, muchas gracias por tu Querido Diario.

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