La guerra no tiene rostro de mujer

Por Lucía Rivadeneyra


Una obra que conmueve y cimbra, escrita por la premiada bielorrusa Svetlana Alexiévich, quien a través del género de la entrevista da voz a mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial. En esta investigación periodística, que le llevó alrededor de 7 años, revela la vida ‘cotidiana’ durante el conflicto armado.


La realidad es ficción.
José Emilio Pacheco

 

Con diecinueve años me entregaron la Medalla al Valor. Con diecinueve años se me quedó el pelo blanco. Con diecinueve años, en el último combate, una bala me atravesó ambos pulmones, y otra bala me pasó entre dos vértebras. Me paralizó las piernas… Y me consideraron muerta…

Con diecinueve años… Los mismos que acaba de cumplir mi nieta. La miro y no me lo creo. ¡Es una cría!

Cuando volví a casa, mi hermana me enseñó el aviso de mi muerte… Hasta me habían enterrado… Nadezhda Vasílievna Anísinova, instructora sanitaria en una unidad de ametralladoras.

Nadezhda es una de las cientos o miles de personas que encanecieron en la guerra, en unos meses, en unas semanas, en unas horas. Es una sobreviviente. Hubo miles de mujeres que guardaron silencio después de la Segunda Guerra Mundial. Nadie les había preguntado su opinión. Nadie las había escuchado. Todas las versiones eran masculinas.

Sin embargo, un día Svetlana Alexiévich (Bielorrusia, 1948) decidió preguntar a las mujeres cuál era su vivencia durante el horror de la guerra. Escuchó cientos de testimonios y esa avalancha de información la ordenó, la jerarquizó y, finalmente, conformó el libro La guerra no tiene rostro de mujer, exhaustiva investigación periodística que le llevó alrededor de 7 años, la cual responde -si es que fuera necesario ubicarla en un estilo- a lo que algunos llaman periodismo literario. Se dice que éste no necesita ficción, porque para qué se quiere la ficción si la realidad se desborda, abruma, duele… La autora asevera que “Solo se puede copiar de la vida, solo la vida real tiene tanta fantasía”.

En los años setenta, Carlos Monsiváis aseveró que una encomienda inaplazable de crónica y reportaje era “dar voz a los sectores tradicionalmente proscritos y silenciados, las mayorías de toda índole que no encuentran cabida o representatividad en los medios masivos” ni en la Historia, podría agregarse en este caso.

“No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano de la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma”.

“No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano de la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma”, afirma Alexiévich, esta mujer que se ha dedicado entre otras cosas a darle voz a quien no la tiene por medio de una herramienta periodística: la entrevista.

Grandes reporteros documentan la realidad y cuentan ésta con las técnicas narrativas que ofrece la literatura. La bielorrusa se sumó a casos como Ryszard Kapuscinsky, Gabriel García Márquez, Leila Guerriero, Jon Lee Anderson e incluso John Reed, entre muchos otros. Las entrevistadas relatan sus vivencias en el marco infinito que es la segunda gran guerra. La vida “cotidiana” durante el conflicto armado se muestra caótica y abrumadora. Sin embargo, la capacidad narrativa de las entrevistadas, la memoria llena de dolor y la estructura del trabajo, dejan una obra que conmueve y cimbra.

La primera edición de La guerra no tiene nombre de mujer  tuvo un tiraje de dos millones de ejemplares. Aparece justo cuando llega la Perestroika de Gorvachov, en 1990, y cambia muchas percepciones que se tenían sobre la conflagración. En 1997, la autora publica Voces de Chernóbil, otro coro de sobrevivientes de la explosión nuclear y sus consecuencias. Fue producto de una investigación de diez años. Seguramente nunca imaginó que con su labor voraz de recolectar voces, durante décadas, en 2015 le darían el premio Nobel de Literatura.

Muchos recibieron la noticia con extrañeza. Se preguntaban cómo era posible que una periodista y no una literata obtuviera ese premio. Empero, tras conocer su obra, el respeto que se ha ganado es inalterable. Además del Nobel, Svetlana Alexiévich ha recibido entre otros reconocimientos: el premio Ryszard Kapuscinski, en 1996; el premio Herder de Austria, en 1999; el premio Nacional de Círculo de Críticos de Estados Unidos, en 2006; el premio Médicis de Ensayo de Francia, en 2013. Y es Oficial de la Orden de las Artes y las Letras de la República Francesa. Los muchachos de zinc, Últimos testigos y El fin del “homo sovieticus” son algunos otros libros de la escritora.

Sorprende la versión de las mujeres, su fuerza física y moral, su asombro ante sí mismas, su entrega, su capacidad de resistencia al invierno, al peso de las armas y de los uniformes (…). Si no hubiera sido por la mano sensible y experimentada de Alexiévich, no sabríamos nada de esta parte de la Historia.

En La guerra no tiene… sorprende la versión de las mujeres, su fuerza física y moral, su asombro ante sí mismas, su entrega, su capacidad de resistencia al invierno, al peso de las armas y de los uniformes, a las botas de números siempre mayores porque estaban diseñadas para hombres, su compromiso, su intensidad, su amor a la Patria. Si no hubiera sido por la mano sensible y experimentada de Alexiévich, no sabríamos nada de esta parte de la Historia. Pero también nos enteramos que hay quienes no tienen nada rojo en su casa, que no soportan ya ese color; que alguna vez lloraron cuando les cortaron las trenzas para poder irse al campo de batalla; del placer por el pan o las migajas; que cuando a alguna la condecoraban, le daban permiso de ir a su casa y al volver la olfateaban, hacían cola para olerla porque decían que “olía a casa”. Después de leer la obra, se puede afirmar que la guerra no se habría ganado sin ellas porque participaron de una manera asombrosa.

Es un trabajo en el cual la autora ofrece una interpretación previa a cada capítulo, así como algunas de sus vivencias personales durante la investigación y sus sorpresas llenas de dolor; de igual forma, aprehende la experiencia de decenas y decenas de mujeres reconstruidas a pesar de haber estado lidiando con la muerte. Y también la aceptación de ellas para hablar, para declarar y luego arrepentirse y otra vez la aceptación. A veces era un sí y un no. Era no quiero hablar, pero empezaban a contar. Una de ellas dijo: “Recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible”. “Ahora entiendo -señala Svetlana- por qué a pesar de todo ellas eligen hablar…”.

Alexiévich cuenta:

En una ocasión, una mujer que había sido piloto de aviación me negó la entrevista. Por teléfono me explicó: «No puedo… No quiero recordar. Pasé tres años en la guerra… Y durante esos tres años no me sentí mujer. Mi organismo quedó muerto. No tuve menstruaciones, casi no sentía los deseos de una mujer. Yo era guapa. Cuando mi marido me propuso matrimonio… Fue en Berlín, al lado del Reichstag… Me dijo: ‘La guerra se ha acabado. Estamos vivos. Hemos tenido suerte. Cásate conmigo’. Sentí ganas de llorar. De gritar. ¡De darle una bofetada! ¿Matrimonio? Entre el hollín negro y los ladrillos quemados… Mírame… ¡Mira cómo estoy!  Primero haz que me sienta como una mujer: regálame flores, cortéjame, dime palabras bonitas. ¡Lo necesito! ¡Lo estoy esperando tanto!… Por poco le pego. Quise pegarle… Tenía quemaduras en una de las mejillas, estaba morada, vi que lo entendió todo, que las lágrimas chorreaban por esas mejillas. Por las cicatrices recientes… Y sin darme cuenta de que lo estaba haciendo, yo ya le decía: ‘Sí, me casaré contigo’.

“Perdóname… No puedo”.

Y la periodista agrega: “La comprendí. Aunque para mí esto también es una página, o una media página, del futuro libro”. (pp. 16-17)

Es evidente que escuchar historias de acontecimientos infames en el campo de batalla, en la enfermería, son como un mundo aparte, son soledad y son silencio. Todo frente a la muerte que ronda todo el tiempo. Y ella agrega: “Comienzan a relatar a media voz y acaban casi gritando”:

… Cuando los alemanes ocuparon nuestro pueblo, el primer día, por la noche, mi padre tocó con el violín el himno de La internacional. Quiso hacer algo… Expresar su protesta… O…

Era un niño judío… el alemán lo ató a su bicicleta para que el niño corriera detrás como un perrito: ‘Schnell! Schenell!’. Pedaleba y se reía. Era un alemán joven… Pronto se aburrió, bajó de la bicicleta y con gestos ordenó al niño que se pusiera de rodillas… De cuatro patas…Que se arrastrara como un perro… Que saltara…’Hund! Hund!’ Lanzó un palo: ‘¡Tráemelo!’. El niño se puso de pie y corriendo se fue por el palo, lo recogió con las manos. El alemán se enfureció… Comenzó a pegar al niño. A reñirlo. Le ordenó: ‘Ponte de cuatro patas y tráeme el palo con la boca’. El niño lo hizo…

El alemán jugó con aquel niño un par de horas. Luego otra vez lo ató a la bicicleta y se marcharon. El niño corría a cuatro patas… hacia el gueto…

¿Y usted me pregunta por qué decidimos luchar? ¿Por qué aprendimos a disparar?… Valentina Pávlovna Kozhemiákina, guerrillera (pp. 294-295).

Como lectoras y lectores vamos de un relato a otro y cuando creemos que ya no nos va a asombrar nada más, llega otra historia que supera la brutalidad y después de esa hay otra peor; es un collar casi infinito de atrocidades cometidas por ¿seres humanos? A pesar de todo, no se puede abandonar el libro. Los respiros sólo los dan las fugaces historias de ternura, de amor, de emociones sencillas porque dentro de tanta crueldad hay esperanza de volver a la vida sin guerra. “En el frente, en compañía de hombres, el oído se me había acostumbrado a palabras más fuertes. Una amiga mía que trabajaba en una biblioteca, me aconsejaba ‘Lee poesía’”. Klavdia S-va, francotiradora (p. 284).

La guerra no tiene rostro de mujer es un texto que duele y genera diversas reflexiones. Mientras se lee o una vez que se ha terminado, uno se puede preguntar cómo es posible que en la oficina, en el metro, en la calle, en el bar, en la academia, en el mercado o en cualquier lugar, la gente pueda pelearse o dejarse de hablar por cualquier idiotez. Trabajos como este probablemente puedan dar, dentro de la vorágine cotidiana, elementos para la sensatez. Sobre todo cuando en él se responden preguntas como, por ejemplo, “’¿Qué es la felicidad?’. Yo le contestaré… ‘Es encontrar entre los caídos a alguien con vida…’”. Anna Ivánovna, enfermera (p. 96).

Alexiévich, Svetlana. La guerra no tiene rostro de mujer. Debate. México, 2016. 365 pp.

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