2023 Columnas Lucía Rivadeneyra 

Lo que no tiene nombre ¿madres huérfanas, acaso?

Por Lucía Rivadeneyra


La escritora colombiana Piedad Bonnett ha sido capaz de escribir y darle orden al proceso de duelo inesperado que vivió por el suicidio de su hijo Daniel, de 28 años, el 14 de mayo de 2011. La primera edición de Lo que no tiene nombre está fechada en 2013. 


 ¡Cuánto penar para morirse uno!
Miguel Hernández

¿Has vivido la muerte anunciada o sorpresiva de un hijo o una hija? Esta puede ocurrir a causa de una enfermedad terminal, un accidente, algún problema congénito que aparece de pronto… Cualquier circunstancia que termine con la vida será siempre dolorosa. Un tanatólogo afirmaba que hay hogares en donde se vive con un familiar que tiene un padecimiento cuyo desenlace trágico es previsible; pese a que para la muerte nadie está del todo preparado, el enfermo en esos casos por lo menos tiene “la decencia de avisar”.

Mucho se ha dicho de las huérfanas o huérfanos, las viudas o los viudos. Pero, respecto a esa especie de orfandad que viven las madres o los padres que pierden a un hijo, no hay palabras. Y si se trata de un suicida, cómo encontrar palabras que aprehendan el dolor de un golpe prácticamente inenarrable. Sí, cómo aprehender lo que no tiene nombre para poder contarlo. Cómo organizar el desorden lacerante que esto implica. Parece imposible.

Sin embargo, la escritora Piedad Bonnett (Amalfi, Colombia, 1951) ha sido capaz de escribirlo y darle orden al proceso de duelo inesperado que vivió por el suicidio de su hijo Daniel, de 28 años, el 14 de mayo de 2011. La primera edición de Lo que no tiene nombre está fechada en 2013. En enero de 2023 va en la trigésima primera reimpresión. Esto refleja el interés por el tema y porque es una obra que duele, pero reconforta. Existen millones de madres, padres y otros familiares con una herida semejante.  Quizá la mejor promoción que ha tenido ha sido de boca en boca.

La también poeta no hace una cronología sino una crónica literaria, es decir, cuenta una historia, levanta imágenes, recrea un suceso brutal con saltos bien estructurados para que el lector no pierda el hilo de la narración. Habla de cómo se desencadena una enfermedad a partir de un mal tratamiento médico, de la falta de información al paciente y a sus familiares sobre las famosas o casi nunca avisadas “contraindicaciones”. Recupera momentos felices y días de angustia e incertidumbre.

Es un testimonio contado con la verdad en la mano, desde la honestidad que brota del dolor profundo y del curso que lleva la aceptación de la realidad “real”: la del pesar infinito; sí, aquel que abre la herida con sólo entreabrir los ojos día a día. Bonnett estructuró el libro en cuatro partes: “Lo irreparable”, “Un precario equilibrio”, “La cuarta pared” y “El final”. El lector, la lectora, podrán cuestionarse cómo es posible contar de esta manera. Cómo darle orden al caos. Cómo acomodar las piezas de la congoja más aguda: la de la madre huérfana. Ella misma responde al porqué. Sus respuestas estremecen:

Quizá porque un libro se escribe sobre todo para hacerse preguntas.

     Porque narrar equivale a distanciar, a dar perspectiva y sentidos.

     Porque contando mi historia tal vez cuento muchas otras.

     Porque a pesar de todo, de mi confusión y mi desaliento, todavía tengo fe en las palabras.

    Porque aunque envidio a los que pueden hacer literatura con dramas ajenos, yo sólo puedo alimentarme de mis propias entrañas.

     Pero sobre todo porque, como escribe Millás, «la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas».

Lo que no tiene nombre es un libro atemporal que hace temblar, que conmueve, al que se regresa, en el que queda la sensación del deseo por entender la violencia de la muerte. Así, una de las preguntas que ella se hace, sacude: “¿De qué tamaño es el dolor del que se despide de sí mismo?

Apuntala el desconsuelo en sus palabras y, por momentos, se ampara en narradores y poetas que la han acompañado siempre y también en hombres de ciencia. Recurre a versos, frases y párrafos que embonan a la perfección con lo que relata, ya sea en relación con la naturaleza, el suicidio, el azar, las tumbas, el cuerpo vivo, el cuerpo muerto, las cenizas…

Piedad Bonnett trae a su memoria autores que van de Javier Marías a Kertész, de Annie Ernaux a Rafael Cadenas, de Borges a Wislawa Szymborska, de Esther Seligson a Joan Didion, de Millás a Rushdie, de Nabokov a Shakespeare, entre otros. Las diversas reflexiones de estos escritores sobre la vida y la muerte, la locura, el suicidio en la juventud o en la vejez… a pesar de todo colaboran a sanar.

Y si bien la escritora menciona a personajes célebres, uno de sus epígrafes hacia el final de la lectura viene de la copla flamenca “Canción de cuna”:

Hoy me acuerdo de tus manos

                         de tu risa y de tus ojos

                         que sé que fueron dos truenos

                        y ahora son dos cielos rotos. 

Leer la relación de su historia con Daniel es comprender el amor que se le tuvo, que se tuvieron, que se le tiene. En la película, El sueño de Lu (Hari Sama, 2011), a una joven mujer le sugieren ir a alguna sesión de “madres de desaparecidos” -en México- aunque su nene de 6 años hubiera fallecido de muerte natural. Estas sesiones funcionan como las muy conocidas de AA. Cuando Lu se presenta, cito de memoria, dice: ¿soy o era mamá de Sebastián? La madre que coordina la reunión le contesta con firmeza: eres y serás siempre. Sin duda, la relación con los hijos e hijas es hasta que la muerte nos separe; la muerte de uno, no la de ellos o ellas. Todas las personas que hemos padecido un duelo semejante, lo sabemos. No obstante, si no se ha vivido una tragedia de esta magnitud, gracias a Piedad, se puede comprender.

“Como en la pérdida amorosa, después del suicidio de la persona querida la mente vuelve una y otra vez sobre el hecho mismo, siempre en vilo sobre un abismo de ansiedad y desconcierto. Porque en el corazón del suicidio, aun en los casos en que se deja una carta aclaratoria, hay siempre un misterio, un agujero negro de incertidumbre alrededor del cual, como mariposas enloquecidas, revolotean las preguntas”, escribe la autora.

Lo que no tiene nombre es un libro atemporal que hace temblar, que conmueve, al que se regresa, en el que queda la sensación del deseo por entender la violencia de la muerte. Así, una de las preguntas que ella se hace, sacude: “¿De qué tamaño es el dolor del que se despide de sí mismo?

Bonnett, Piedad. (2023). Lo que no tiene nombre.  Alfaguara. Colombia.

 

 

 

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