Madre e hija y sus ‘Apegos feroces’

Por Lucía Rivadeneyra

 

Un libro autobiográfico de Vivian Gornick centrado en la relación madre-hija, con reflexiones respecto al concepto del amor y del amor romántico, el sexo, la libertad, el matrimonio, la academia, el divorcio, la soledad y la vida.


¿Cómo es o cómo fue la relación con mi madre? Es una pregunta que cualquier mujer se ha hecho por lo menos una vez a lo largo de su vida. Amor-odio, rechazo-cercanía, rabia-protección, ternura-coraje… son palabras que reflejan instintos o emociones que brotan de manera natural a través de los años. Es esta relación dual, en la cercanía o en la distancia, la que por lo general requiere de psicoanálisis.

Vivian Gornick (Nueva York, 1935) en Apegos feroces publicada en 1987, y por primera vez en español en 2017, ofrece sus memorias con las que logra sorprender, ya que a través de ellas muestra una ciudad, un barrio -el Bronx- donde nació y creció, y la dinámica personal y social de decenas de mujeres, judías en su mayoría, en un edificio en esa zona, y después los recuerdos de tantos momentos que determinaron su desarrollo como ser humano. Su decisión académica de estudiar Letras, le abre poco a poco un abismo entre su entorno y el mundo. Adquiere una visión interpretativa y crítica de la realidad.

“Como miles de personas antes que yo han dicho: ‘Para nosotros era el City College o nada’… En el City College me sentaba a hablar en una cafetería subterránea hasta las diez o las once de la noche con media docena de compañeros que tampoco querían volver a Brooklyn o al Bronx y fue en esa cafetería donde mi formación arraigó. Ahí aprendí que Faulkner era los Estados Unidos, que Dickens era política, que Marx era sexo, Jane Austen la idea de cultura, que yo provenía de un gueto y que D. H. Lawrence era un visionario. Ahí cuajó mi amor por la literatura y floreció mi asombro ante la vida intelectual. Descubrí que las ideas transformaban a las personas y que las conversaciones intelectuales podían ser tremendamente eróticas”.

Aunado a lo anterior, su militancia feminista desde los años setenta y su quehacer periodístico, hacen que Gornick pueda contar con una perspectiva crítica la cotidianidad de un grupo de familias en donde sobresalen seres medulares de su infancia y adolescencia: su madre, judía y comunista; con capacidad de líder,  que hablaba yiddish y un inglés sin acento, que vive una cierta locura cuando muere el marido y padece un duelo prolongado: “La pena la había llenado y la había vaciado”. Después, su padre y la orfandad de ella, alrededor de los 12 años; Nettie, la vecina, sinónimo de libertad, encanto y belleza; los maridos y las esposas; el apoyo vecinal o las fricciones; las amistades y sus diversas personalidades, las estrecheces económicas. Quizá lo que hace que este libro autobiográfico atrape es que cada personaje hechiza.

Los diálogos con su madre, que muchas veces acaban en discusiones mientras pasean en las calles de Nueva York, seducen. Y esta vertiginosa ciudad a través de sus ojos, con escaparates, cafeterías, gente por todos lados; personas extrañas, como un hombre agresivo que durante años se le aparece de pronto; o aquel individuo que les impide el paso a un restaurante y a quien describe de manera insólita, pero atinada, mientras cuenta la anécdota:

“Se planta balanceándose ante nosotras. Es negro de entre veinticinco y sesenta años de edad. Tiene la cara cortada e hinchada, y sus párpados permanecen prácticamente cerrados… calza unos zapatos un par de números más grandes y lleva los pies desnudos…”. De golpe les dice:

 –Señoritas, ¿me dejan mil dólares para un martini? –nos pregunta.

Mi madre lo mira directamente a la cara.

–Ya sé que hay inflación –responde–, pero ¿mil dólares por un martini?

El hombre se queda con la boca abierta. Es la primera vez desde sabe Dios cuándo, que una de sus víctimas ha reparado en su existencia.

–¡Qué hermosa es usted! –le barbotea a mi madre–. Hermosísima.

–Fíjate –me dice mi madre en yiddish–. Fíjate en él.

–El hombre mueve sus párpados amodorrados hacia mí.

–¿Qué ha dicho? –me reclama– ¿Qué ha dicho?

–Ha dicho que le partes el corazón –le respondo”.

Esta anécdota habla mucho de la personalidad tanto de la escritora como de su madre, dos mujeres intensas con estilos distintos; y al mismo tiempo, habla de Nueva York, ciudad de contrastes, icónica, cosmopolita como pocas, en la que -aunque mucha gente no lo cree- hay menesterosos.

Su militancia feminista desde los años setenta y su quehacer periodístico, hacen que Gornick pueda contar con una perspectiva crítica la cotidianidad de un grupo de familias en donde sobresalen seres medulares de su infancia y adolescencia.

Por absurdo que parezca, la madre -personaje muy redondo- está convencida de que su marido era la vida, aunque en el fondo sabe que no. Acepta su destino como esposa y madre. A las cinco semanas de viudez, se tuvo que poner a trabajar; claro que al volver del empleo se acostaba en un mueble entregada a su infinita facultad para llorar. Su desconsuelo es inédito.  

La autora le recomienda libros a su madre y ella se los comenta durante sus caminatas. Entre las diversas sugerencias, hay una biografía que lee, pero rechaza. Gornick defiende la obra. Al final, la madre acepta que “La Josephine Herbst la armó buena”. Y no sólo eso, para cerrar la discusión afirma: “Le tengo envidia. Le tengo envidia porque vivió su vida. Yo no viví la mía”.

Todas las controversias que tiene con su madre y con ella misma desde que entró al City College, ya no la abandonan; por el contrario, profundiza en algunas a través de las vivencias que se le presentan y, como cualquier persona inteligente,  sobre las decisiones que toma. Una serie de reflexiones respecto al concepto del amor y del amor romántico, el sexo, la libertad, el matrimonio, la academia, el divorcio, la soledad, la vida…

Apegos feroces es una historia y es muchas; de diferentes formas es un espejo. Imposible no leer este libro; imposible no volver a él.

Gornick, Vivian. Apegos feroces. Sexto piso. México, 2017. 195 pp.

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