¿Y a dónde fue la sonrisa?

Foto: Dulce Miranda/MujeresNet

Por Georgina Ligeia Rodríguez Gallardo


Sabemos que la comunicación social es más que la palabra. La comunicación entre personas está en gran parte sustentada en el lenguaje no verbal. Pero en estos extraños tiempos nuestro rostro ha quedado oculto tras una mascarilla.


Sabemos que la comunicación social es más que la palabra. La comunicación entre personas está en gran parte sustentada en el lenguaje no verbal. ¿Y la mascarilla?

En estos extraños tiempos que las personas vivimos abatidas por la enfermedad del COVID-19 -en el marco de una pandemia- nuestro rostro ha quedado oculto tras una mascarilla. Nuestra boca, nuestra sonrisa, muecas y demás expresiones no verbales con las que acompañamos a la palabra, bajo una mascarilla. ¿Qué efecto tendrá este hueco en la comunicación cara a cara? O tendremos que decir mascarilla a mascarilla. No sabemos, pero al menos en mi caso, intento suplir la sonrisa, las expresiones de la boca con los ojos, los abro para indicar que sonrío. Sonreír con la mirada. Suena hermoso, pero insuficiente en la comunicación social. Movemos manos, brazos para suplir el saludo, en que antes bastaba sonreír. ¿Cuánto tiempo estaremos sin nuestra sonrisa? Parece que al menos un año más.

Y qué podemos decir de las personas sordas, que leen los labios y que ahora se encuentran aisladas, en el silencio. ¿Qué vacío les queda? ¿Estos vacíos con qué se llenarán? ¿Qué impacto provocará en la sociedad, en lo emocional? O está provocando ya en nuestras relaciones sociales. No lo sabemos, como muchas otras repercusiones de la pandemia en las diferentes esferas de desarrollo de la sociedad. No lo sabemos. La necesidad de comunicarnos es amplia, plena, esto es palabra, rostro, manos, boca, ojos. Comunicamos en una gama de gestos ahora añorados. Nuestras expresiones han quedado bajo una mascarilla, goggles, careta y todo aquello que nos proteja ante el invasor y contundente virus, ese ser que busca acabar con nuestra vida.

Es claro que seguiremos adelante, pero resultará interesante el impacto que está generando el quedarnos sin una parte de nuestras expresiones corporales. Somos seres sociales por naturaleza y buscamos comunicar. Es seguro que encontraremos una manera de suplir el comunicar, el tocar, el sonreír, el fruncir los labios. ¿A dónde fueron?

Es claro que seguiremos adelante, pero resultará interesante el impacto que está generando el quedarnos sin una parte de nuestras expresiones corporales. Somos seres sociales por naturaleza y buscamos comunicar.

No digamos del apretón de manos, una manera de iniciar una conversación, la presentación formal de una persona, es la despedida amable. Ahora ausente y hasta temida. Es la forma en que nuestro ser social asimila de manera no consciente cómo es la persona. Quizá no lo hacemos de forma reflexiva pero la manera en que se toma la mano, la fuerza del apretón, la duración, todo tiene significado. ¿Con qué vamos a suplir esto? ¿Podemos sustituirlo con algo? Ya no hay contacto, queda un vacío al no poder interactuar físicamente entre personas. El apretón de manos sella tratos, estrecha amistades, concluye conversaciones, es una forma de despedirse, de saludarse. Ahora está ausente.

Y no digamos del abrazo. ¿Quién no extraña un abrazo? Qué haremos el día internacional del abrazo (21 de enero) virtual. Parece que no tendremos otra opción. Ni siquiera quiero pensar en Año Nuevo, festejo de abrazos y buenos deseos. El abrazo es interactuar con los demás, es dar afecto. Baste recordar las terapias de abrazos, que seguramente estarán en crisis. La interacción humana, es una necesidad grabada en nuestro ADN, esto tendrá que cambiar. Por lo pronto tendremos que sentarnos y con una mirada analítica comprobar los cambios, el impacto psicológico y emocional en las personas y en nosotros mismos.

No son pocos los organismos mundiales que hacen un llamado a las naciones para que se tomen medidas precautorias para los males emocionales que caen como avalancha sobre los países: la depresión, el suicidio, los trastornos emocionales que teníamos apaciguados y que con la pandemia han salido a flote, esa cifra negra de trastornos psicológicos que en estos tiempos de pandemia ya no se pueden ocultar, manifiestos en violencia.

El humano ha encontrado la manera de subsistir -a costa de su propia naturaleza muchas veces- por lo que es seguro que encontraremos cómo suplir, o en el peor de los casos olvidar lo que es un abrazo, un apretón de manos, y sobre todo la sonrisa. Esto se podrá lograr a partir de la gran comunidad humana que somos, solidaria con nuestros semejantes, protegiéndonos, sí, con la mascarilla, con la careta y con todo lo que haga falta, porque al final de cuentas somos seres resilientes que enfrentamos la adversidad con valentía por difícil y prolongada que sea.

Pero siempre como una comunidad, con conciencia social, pensando en las demás personas y en nosotros mismos; aprender a cuidarnos, no exponiéndonos por aburrimiento o por compromiso, y esto sólo se logra si nos queremos a nosotros mismos y pensamos en los demás con solidaridad. Sigamos adelante con la esperanza de volver a lanzar una sonrisa al aire –ahora presa en una mascarilla- y arrojarla en libertad.

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