2023 Anilú Zavala Alonso Columna Invitada 

Escribir sobre maternidades, un lugar de contradicción

Foto: Gabriela Martínez/MujeresNet

Por Anilú Zavala Alonso


La presión social y personal que recae sobre nosotras es permanente desde nuestra infancia, primero para ser madres y después para ser una “buena” madre, dependiendo de la exigencia misma del momento histórico que nos toque vivir, dependiendo de la corriente pedagógica o pediátrica que domine el momento, creada desde la mirada patriarcal y hegemónica, desdeñando nuestra experiencia interna, vital, real y cotidiana.


Cuando fui provocada a enviar mi colaboración a MujeresNet.info pensé que sería fácil escribir sobre maternidades, porque conozco el tema, me apasiona y lo he tratado desde hace tiempo. He escrito otros textos, sobre todo misceláneos. Considero que he leído un montón; discutido en algunos conversatorios, y me siento totalmente interpelada por el hecho vital de la maternidad en mí y sus efectos.

Escribir de maternidad no es sencillo porque nos atraviesa, e implica, como muchos otros aspectos de nuestras vidas, lugares de incongruencias, un sitio complejo, un terreno lleno de contradicciones muy íntimas, que nos tocan en lo moral y lo social. Sufrimos discordancias tan complejas que se mueven entre lo sublime y lo ordinario, entre la felicidad y el enojo, entre la tristeza y el amor más profundo. Las madres vivimos como dice Adrienne Rich, entre la cólera y la ternura.

Reconozco que me metí en camisa de once varas con el tema que yo misma elegí porque creo que lo conozco, lo he leído y conversado, estudiado y compartido; sin embargo no logro descifrar, desenmarañar qué pasa con mi propia experiencia maternal, tanto en mi ser madre, así como en mi hijidad*, porque primero fui hija que madre; y esa experiencia de hijidad permea mi estilo de maternar**, así como la manera en que conceptualizo y vivo la maternidad.

La maternidad es simbólica, es una pedagogía, es construida, es histórica. Es una maternidad, pero también son muchas maternidades, diversas y al mismo tiempo únicas.

Personalmente el hecho cotidiano de ser mamá en mi contexto social y de clase ha significado una serie de renuncias algunas más abrazadas que otras, unas más elegidas que otras y que han tenido costos, consecuencias, y también cosas maravillosas.

Hoy ya no me uno al grupo del arrepentimiento, ya no. En un momento sí pasé por la fase del “en qué momento se me ocurrió”, porque tengo que reconocer las renuncias y las decisiones de vida que siempre están influidas por la presencia de un ser humano que depende de mí, que forma parte de mi vida, y que cada elección que yo tome también se convierte en su circunstancia.

El sentir de madre es tan contradictorio que hace unos meses escribí una carta dedicada a Matías para un ejercicio de la escuela en la que volqué toda mi disociación. Al tiempo que le agradecía su existencia le señalaba el sacrificio; le aplaudía sus logros y le pedía más; lo amaba pero en medio del cansancio; le daba las gracias y le pedía perdón. Tantas cosas rondan en mi cabeza alrededor del tema pero por muy crítica y feroz que pueda ser en mi reflexión siempre sostengo que el amor a mi madre y a mi hijo, es decir los vínculos que me han hecho madre y me han hecho hija se sostienen, esos son intocables y siguen intocados e incólumes, impolutos. Esto no tiene que ver con el amor, sino con la maternidad simbólica de la que somos presas y cautivas.

Muchas veces me reconozco en las formas, palabras, ademanes y hasta entonaciones de mi madre. Muchas veces soy ella y es en esos momentos que reconozco el aprendizaje y la pedagogía, pero ya no me odio por eso. Esa mamá soy. Pero también soy y he sido, unas veces con intención y otras veces sin intención, una mamá fuera de la norma y de ahí, he sido blanco de una suerte de repudio al que todas las madres “no-tradicionales” estamos expuestas. Las que salimos de la norma. Las que no necesariamente somos dulces y maternales y que somos señaladas por múltiples razones, algunas pequeñas, o más visibles, o más condenables.

Más allá de la experiencia humana de ser madre y maternar, el tema debe incluir primero la reflexión si realmente los modelos han cambiado o sucede, como con otras instituciones que nos atraviesan como el matrimonio y el amor, que solo cambian de formas discursivas pero que nos mantienen en esos cautiverios de los que habla Marcela Lagarde, o esa institución tan compleja en su vivencia que refiere Adrienne Rich en su espléndido ensayo “Nacemos de mujer”.

Las formas del cautiverio nos siguen apresando en el modelo patriarcal ya sea en forma de exigencia de buena madre, súper madre, madre modelo y en la tan llevada y traída crianza respetuosa que nos exige todo nuestro tiempo, energía e inconmensurable amor.

Ahora tenemos que empatar el trabajo y la crianza. Quizá debemos cuestionar las políticas actuales que facilitan el ejercicio de la maternidad desde el punto de vista de los Derechos Humanos pero que nos siguen confinando y poniendo comodidad para darle la espalda y no afrontar modelos de crianza compartida, y nos hace maternar en una profunda soledad y partiéndonos en mil pedazos para poder seguir cumpliendo con los modelos establecidos desde la más profunda ranciedad.

Compartir lo que implica maternar y cuidar es colectivizar y politizar para intentar subvertir. Sin lugar a duda lo personal es político y la maternidad también lo es.

En estos días, circundantes al 10 de mayo, la maternidad me atropella, me apabulla para bien, porque debemos discutirla para poder desarmarla y politizarla para intentar subvertirla. No lograremos acabar con el 10 de mayo apologético que nos pinta abnegadas, amorosas y casi sublimes, pero quizá podemos hackearlo y resignificarlo. Tenemos que seguir discutiendo de maternidad para poder implicar a toda la colectividad y la estructura sobre la urgencia de compartir la corresponsabilidad que implican las tareas de crianza y de cuidado para el sostenimiento de la vida. Nuestras crías, además, merecen madres menos ansiosas y rebasadas por los sentimientos de culpa, angustia y cansancio ante un sistema que nos provoca el sentimiento de criar siempre en soledad. Y nosotras merecemos una maternidad menos vulnerada, menos solitaria, menos dolorosa.

Urge una discusión y una comprensión en colectivo de la maternidad, echar más tinta, contar nuestras vivencias, colectivizar nuestros sentires.

Sé que mi maternidad no es la única y mucho menos mi experiencia es universal y por supuesto diferirá de otras mujeres que son madres, pero estoy segura que podemos compartir sentires, vivires y pensares que nos ayuden a compartir en colectivo.

La presión social y personal que recae sobre nosotras es permanente desde nuestra infancia, primero para ser madres y después para ser una “buena” madre, dependiendo de la exigencia misma del momento histórico que nos toque vivir, dependiendo de la corriente pedagógica o pediátrica que domine el momento, creada desde la mirada patriarcal y hegemónica, desdeñando nuestra experiencia interna, vital, real y cotidiana. Y todos esos factores influyen en la manera en la que las madres nos vemos a nosotras mismas y cómo somos percibidas por las y los demás.

Lo temas son muchos y se me agolpan. Las experiencias que quisiera compartir también. Se puede hablar de tanto alrededor de la maternidad que podrían plantearse como debates contemporáneos: desigualdades en la atención médica hacia las madres, permisos de maternidad, discriminación laboral, falta de apoyo en la crianza de los hijos y la repercusión de toda esta violencia sistémica en la salud mental de las mujeres.

Sin embargo y sin soslayar el reconocimiento de la experiencia única que representa para cada mujer lidiar con la maternidad, planteo solo lo que mi perspectiva y experiencia personal alcanzan a comprender.

Mínima numeralia sobre las madres en México (fuente INEGI, 9 de mayo de 2022)

En el 2020 35,221,314 de mujeres manifestaron ser madres en México según los datos del Censo de Población y vivienda de ese año. La misma fuente indica que siete de cada diez mujeres de 15 años y más reportaron ser madres.  El 48% de las madres en el país reportaron estar casadas, 23% vivían en unión libre, 10% eran viudas, 9% informaron estar separadas, 7% eran solteras y 3% estaban divorciadas.  El 41% de las madres en el país estaban económicamente activas, en 2020.

Breve nota personal de actualización de estado (acerca del ejercicio de la maternidad real y simbólica).

El presente texto debió ser entregado a más tardar el miércoles 10 de mayo para su publicación y a pesar de que vivimos en un tiempo de pequeñas burbujas que pareciera que son espacios de autonomía e igualdad, en la práctica no dejan de ser un mero espejismo. Virginia Woolf refirió que para que una mujer pueda escribir requiere un cuarto propio. La traída y llevada frase cobra, una vez más en mi experiencia personal, un sentido casi inusitado referido a este momento que ha sido vendido para el festejo y la celebración. Con esto no quiero decir que no me sigue emocionando casi hasta las lágrimas ver a mi crío cantar en el festival escolar, sobre todo ahora que ya dejó definitivamente la niñez. Como dije, escribir sobre maternidades no es fácil; y se torna imposible en términos de tiempo cuando se materna, cuando maternamos, porque maternar no solo es gestar, parir, amamantar; es ante todo cuidar. La maternidad y el cuidado no se pueden separar. Son un binomio lleno de acuerdos casi perfectos.

El cuarto propio del que hablaba Woolf no solo se refiere al lugar espacial, silencioso, tranquilo para poder ser creativas escribiendo, pintando, leyendo, bordando o lo que cada una quiera hacer, sino que el cuarto propio se refiere al lugar simbólico que implica tiempo y paz mental no solo para crear, sino incluso ser, en todas nuestras dimensiones y que cuando maternamos en este sistema, perdemos.

El tan anhelado tiempo que nos permita a veces siquiera tomar un baño tranquilo y pausado, disfrutable. Maternar implica dedicar tiempo y todos nuestros recursos emocionales al cuidado de alguien más. No solo de las crías, sino muchas veces también de nuestras madres y de las madres de otros.

La gran pregunta es: ¿Se puede tener autonomía? No. Mientras no haya una responsabilidad colectiva de la crianza y los cuidados que hoy tenemos las mujeres sobre nuestros hombros y permiten el sostenimiento del mundo. La razón de la tardanza de esta entrega está en el tiempo que dedico al cuidado, porque terminamos maternando a nuestras madres, como hoy es mi caso y aunque lo hago con un profundo amor y agradecimiento, tiene altos costos personales, emocionales, profesionales. La carga mental que implica ser cuidadoras y las repercusiones en nuestra salud mental no se pueden medir. Así, se requiere un cuarto propio y una sociedad que se comprometa de manera corresponsable del cuidado. Compartir lo que implica maternar y cuidar es colectivizar y politizar para intentar subvertir. Sin lugar a duda lo personal es político y la maternidad también lo es.

*Hijidad: calidad de hija. Experiencia referida de ser hija de mi madre y lo que implica además en términos políticos.
**Maternar: verbo usado en los últimos años referido al hecho de cuidar desde el amor. Maternar es abrazar, abrigar, conducir, crear vínculos indestructibles. Maternar es un verbo que implica y conlleva una acción política.

 

 

 

 

 

 

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