¿Ser padre a los setenta o más?

Por Lucía Rivadeneyra

 

En el mundo del espectáculo o hollywoodense, la literatura universal y la vida cotidiana sobran los casos de hombres que no les importa traer al mundo a hijas e hijos cuando ya no pueden ser padres presentes, activos y participativos.


En un reportaje sobre fertilidad, una entrevistada afirmaba que la naturaleza era cruel con las mujeres porque cuando deciden esperar para tomar la decisión de ser o no madres, el reloj biológico pone sus peros. A veces, el embarazo no se presenta con la inmediatez que algunas parejas lo desean y es cuando enfrentan la necesidad de hacerse estudios de diferente tipo; en esos asuntos se pueden ir meses o incluso años. Si la mujer tiene alrededor de 40 años o más, el panorama no era muy halagador.

Sin embargo, creo que la naturaleza tiene sus motivos y, en lo personal, me parece que es sabia con las mujeres. Llega un momento en que dice hasta aquí. Cuando inicia el periodo de la menopausia  que suele prolongarse algunos meses o años, llega a haber embarazos. Hay cientos, por no decir miles de casos en que el último hijo casi, casi, se llama climaterio. La ausencia de menstruación es achacada a esta etapa y si hubo alguna ovulación inesperada, llega un bebé.   

Cualquier persona mayor de 50 años recordará que el divorcio era un tema de escándalo y aunque las relaciones extramaritales siempre han estado a la orden del día, lo común era poner la famosa “casa chica” y ahí en la sombra había una mujer  con dos o tres hijas/hijos, y no sólo existía la casa, existía también un melodrama o drama. Por supuesto, no faltaba el caso de la que dijera “¿Casa chica yo?, ¡Nombre, la mía tiene alberca!”.

La famosa película Casa chica (1950) de Roberto Gavaldón, con Dolores del Río, Roberto Cañedo y Miroslava, es un ejemplo de estas historias; con la muy particular versión maniquea de los guionistas Mauricio Magdaleno, José Revueltas y el mismo Gavaldón, en relación a que la esposa era “la mala mujer” y la amante “la buena”. Lo cual no siempre ocurre en la realidad.  

En los setenta, se empezó un programa gubernamental sobre el control de la natalidad y la paternidad responsable. El slogan era “la familia pequeña vive mejor”. No obstante, se decía que qué era eso porque podía haber padres responsables con seis hijas/hijos y otros irresponsables con uno y que, además, otros tenían dos en una casa y tres en otra. Con el paso de los años, esta situación ha tenido variantes.

El asunto es que, en esos casos, las mujeres tenían y tienen un promedio de 25 o 30 años y los hombres 40, 50 o más. Y esto, entre otras cosas, genera un hecho real: madres jóvenes, padres maduros o viejos.

En la década de los ochenta, se empezó a hacer común ver a parejas de hombres maduros con parejas jóvenes y uno o dos hijos/hijas pasear por cualquier parque o en algún cine o teatro infantil, es decir, en lugares públicos. ¿Por qué? porque ante los matrimonios mal avenidos, los divorcios empezaron a aumentar en número y en frecuencia. Ya no era común que marido y mujer estuvieran juntos “hasta que la muerte los separe”. Se empezó a asumir que lo que Dios había unido no lo separaría el hombre sino el desamor, la incompatibilidad de caracteres, el hartazgo, la economía, la violencia, las deslealtades…

El asunto es que, en esos casos, las mujeres tenían y tienen un promedio de 25 o 30 años y los hombres 40, 50 o más. Y esto, entre otras cosas, genera un hecho real: madres jóvenes, padres maduros o viejos. Esta diferencia de edades se celebra o se critica poco, si el varón es el mayor. Si es al revés, es decir, si la mujer es la que le lleva al hombre tres, siete, diez o más años, entonces aparece una avalancha de comentarios burlones, bajos, soeces, irónicos. Empero, más allá del qué dirán, existen otras circunstancias.

En el mundo patriarcal se busca la juventud de las mujeres; en general, no se piensa mucho en el futuro de las/los hijos que pueden llegar en estos segundos o terceros matrimonios. Y las/los hijos no siempre tendrán una historia que contar sobre el padre. La lógica elemental implica que a mayor edad hay mayor cercanía con la muerte, y hay otros elementos más allá de la estadística.

Al menos teóricamente, un hijo requiere un padre presente, activo, participativo, que corra con él, que empuje el columpio, que le enseñe a andar en bici, que lo cargue y lo arrulle, que redescubra el mundo con sus vástagos, que tenga la fuerza de pasar una noche sin dormir si el nene está enfermo e irse a trabajar al día siguiente, que le apoye en cuestiones tecnológicas, aunque después el hijo lo supere. Es probable que lo haya hecho en el primer matrimonio. No obstante, si hay un segundo o tercer enlace, ocurre que a los sesenta y tantos años el cuerpo responde de otra manera, el cansancio ya es otro, el interés por las actividades físicas tiende a disminuir. Podría decirse que es inevitable alguna afección cardiaca, el sobrepeso, la diabetes, las lumbalgias… y las hijas y los hijos lo resienten.   

Las mujeres tenemos un tiempo para procrear y pienso que es maravilloso. Al menos en México, en ciudades grandes, mientras se crece social, profesional, emocionalmente, hay una cierta preparación para decidir si se es o no madre. Hoy en día ya conozco a muchas jóvenes -casi todas universitarias- que se han negado a parir porque no lo desean como destino. Otras se empiezan a cuestionar la posibilidad, después de los 35. No hablo de los casos terribles de violencia o de ignorancia en que la preñez llega por accidente. Yo no me imagino cargando bebés a los 60 años o más; no concibo la idea de hincarme a jugar con arena o con cochecitos y dinosaurios a los 68 o a los 75 años, no sólo porque el cuerpo tiene ciertas limitaciones sino porque el cerebro tiene otras inquietudes.   

En el mundo del espectáculo se han visto casos que no sólo sorprenden sino que causan estupor: el legendario Mick Jagger, cantante de The Rolling Stones, tuvo un octavo hijo cuando tenía 73 años y cinco meses; ya era abuelo y bisabuelo. El genial actor Charles Chaplin fue padre por onceava vez a los 73 años y 3 meses.

Yo no me imagino cargando bebés a los 60 años o más; no concibo la idea de hincarme a jugar con arena o con cochecitos y dinosaurios a los 68 o a los 75 años, no sólo porque el cuerpo tiene ciertas limitaciones sino porque el cerebro tiene otras inquietudes.   

Un caso que se puede pensar que raya en el absurdo es el del médico Julio Iglesias Puga, padre del cantante español Julio Iglesias, nació en 1915. Tuvo un primer matrimonio y muchos amoríos, en uno de ellos la pareja era menor que él 39 años. En 2001, cuando tenía casi 90 años, se casa por segunda vez con una mujer 48 años más joven. Y cuenta la leyenda que tuvieron un hijo en mayo de 2004. Cuando muere -casi a los 91 años- su esposa está embarazada por segunda vez. La prensa rosa o del corazón lo llamó playboy, Casanova, latin lover. Podría llamársele también irresponsable. Como es obvio, no faltaron las bromas: ¿y no tendría un ayudante? 

El histrión Anthony Quinn (1915-2001) fue padre de 12 hijos. Cuando tenía 82 años se volvió a casar con una mujer de 31. Con ella tuvo a sus últimos dos descendientes, una en 1993 y otro en 1996. Como es obvio, no tendrán recuerdo del padre, quedaron huérfanos muy pequeños.    

En comparación con los casos anteriores, están unos menos patéticos como son  los del director de Star Wars, George Lucas, quien tuvo a su primera hija biológica a los 69 años; los actores Robert de Niro, a los 68 años y Clint Eastwood, a los 66; Michael Douglas, a los 57, y George Clooney, en un segundo matrimonio, vio nacer a sus gemelos a los 56 años. El exBeatle Paul McCartney, a los 61.

Estos casos son de la farándula y cualquiera diría que con el dinero que tienen qué les puede importar a las viudas que se mueran. Es probable que a algunas sí les importe. Fuera del mundo del espectáculo o hollywoodense también hay casos como los mencionados, pero con carencias no sólo físicas sino económicas severas. Por tanto, las situaciones se vuelven trágicas. Sin embargo, con o sin dinero, a las hijas e hijos seguramente les pesará no recordar o medio recordar a su padre.

La literatura universal está plagada de la necesidad de entablar un diálogo o, por lo menos, un monólogo con el padre; es para muchos una obligación natural reclamar, pedir explicaciones, protestar por el descuido, el abandono, la irresponsabilidad… emociones y sentimientos universales. Quizá por eso existe Carta al padre de Franz Kafka.

Asimismo, cuando el papá fue por cigarros y no volvió o cuando se desentendió desde siempre para las hijas y los hijos es vital encontrar al padre. Quién mejor que Juan Preciado para decirlo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

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