Quién lo hubiera pensado

Foto: Dulce Miranda/MujeresNet

Por María Esther Espinosa Calderón


La juventud se va en un abrir y cerrar de ojos. A nadie le gusta la vejez porque se relaciona con la pérdida de la belleza, de las habilidades y facultades físicas; con la llegada de enfermedades, con la cercanía a la muerte.


El 22 de octubre al felicitar a mi prima Angélica que vive en Hawái por su cumpleaños, su pregunta me hizo reflexionar: ¿quién nos iba a decir hace cuarenta años  que estaríamos viviendo una pandemia?, ni en nuestro peor sueño, como también comunicarnos con un simple aparato a lo hora que sea de continente a continente. Recordamos anécdotas de nuestra juventud y a los Súper Sónicos, caricatura que se adelantó a la época. Ella inicia la tercera edad, yo le llevo dos años. Efectivamente nunca pasó por nuestra mente que algo así sucedería en el mundo entero y que nos tomaría por sorpresa, sentir que la espada de Damocles pende sobre nuestra cabeza y que en cualquier momento puede caer, es algo que atemoriza.

Dejamos el miedo y la incertidumbre de lado para enfocarnos en nuestras edades; la vida a pesar de ciertos altibajos y de pérdidas familiares nos ha dado la oportunidad de seguir dando lata en este mundo. A nadie nos gusta la vejez porque se relaciona con la pérdida de la belleza, de las habilidades y facultades físicas; con la llegada de enfermedades, con la cercanía a la muerte. En días pasados escuché que a partir de los sesenta cualquier cosa puede ocurrir, por ejemplo ante el Covid 19 somos del grupo de personas vulnerables.

Mi prima está contenta por llegar en buenas condiciones a esa edad, con sus dos hijas estudiando y ella trabajando en su profesión de Química Farmacobióloga, pero sobre todo con salud, que es lo más importante. Con todas las pilas para seguir adelante y dando lo mejor de sí en todos los aspectos, extraña su país pero vive feliz con  su familia.

Hace ocho años, en octubre de 2012, en esta misma página hablaba de la edad de la Plenitud: los cincuenta y más,[1] podríamos cambiar el titulo por “La edad de la Plenitud: los sesenta y más”, con el pelo más blanco que se oscurece a base de tintes, con más marcas en el rostro, que ya no anuncian la edad sino  que reflejan los años vividos.

Ya no hay que cuidarse de subir de peso por verse bien sino por salud. Sin embargo, existen  muchas cosas por hacer todavía. El espejo no miente, nos muestra la realidad del paso del tiempo. El cuerpo también te lo dice: “Estoy como la coneja, cuando no me duele la pata me duele la oreja”. Si a los cincuenta escuchaba que “lo que no te truena, te rechina”, o “que si te despiertas y algo no te duele es que ya estás muerta”, o ese meme tan conocido: “Hoy desperté… me levanté de la cama, levanté los brazos, moví las rodillas, giré el cuello y todo hizo ¡crack!. Conclusión: no estoy vieja… estoy crujiente”, con mayor razón ahora con más años; son solo dichos que nos alertan de que debemos cuidarnos, hay quienes por cuestiones congénitas, o por enfermedades autoinmunes o por hipocondría (que también es una enfermedad) sufren malestares.

Una observa a las artistas de nuestra edad con cuerpazos y caras restiradas, vistiendo a la última moda ropa y trajes untados y diminutos. Me pregunto ¿cómo le hacen? La respuesta es que invierten mucho en su apariencia física, de eso viven: cirugías plásticas, botox, masajes, ejercicios, dietas, tratamientos que a algunas, que no han corrido con suerte, les han desfigurado su cuerpo y su cara.

La vejez se vive de diferente manera a como la vivieron nuestras madres o nuestras abuelas. Muchas mujeres ya no se quedan en casa, son productivas, creativas, les gusta bailar, sentirse bien, reír y gozar su sexualidad.

Para la periodista Paty Kelly, quien conduce desde hace un año el programa  Aprender a envejecer, los domingos a las once de la mañana por Canal Once, “hay más palabras negativas que positivas en torno a la vejez: decrepitud, soledad, abandono, depresión, frustración, entre otras muchas.”[2]. El programa ayuda a ver el otro lado de la moneda en torno a la tercera edad.

“Tenemos una serie de necesidades y responsabilidades como personas adultas mayores, entre ellas salud, casa, espacios de recreación, medicamentos. Necesitamos trabajo, estamos viviendo más tiempo, quiero que modelemos un tipo de vejez, que no le dé miedo llegar allí”.[3]

“México es un país diverso y multicolor donde se enfrenta el envejecimiento de muy diversas maneras. La serie Aprender a envejecer otorga un nuevo significado a la vejez, ya que no es el fin de la vida, sino el comienzo de una nueva etapa que podemos diseñar para que sea enriquecedora y disfrutable.

“Esta serie en vivo con público en el estudio, en formato de revista y conducido por Patricia Kelly, nos llevará a descubrir las mil y un formas que existen para lograr una larga y placentera vida. Recuperaremos la idea de un envejecimiento activo y saludable y, para ello, recurrimos a los especialistas así como al testimonio de quienes envejecen con gusto, dignidad y creatividad”.[4]

En los años setenta Simone de Beauvoir escribió un excelente libro titulado La vejez, en él hace un recorrido por diferentes épocas y culturas para analizar el papel  que tenían las y los ancianos, en algunas eran venerados, en otras eran excluidos o hasta se les mataba, no fue una tarea nada fácil. “¿Los viejos son seres humanos? El mundo actual parece negarlo, rehusándose a admitir que tienen las mismas necesidades, los mismos derechos que los demás. La vejez víctima de una cruel marginación, amenazada por la soledad y la miseria. Muchas veces se pretende ignorar esta situación. Y no es infrecuente asociar la vejez a la enfermedad, a algo que ni siquiera puede nombrarse”.[5]

En la introducción del libro la autora cuenta la siguiente anécdota: “Cuando Buda era todavía el príncipe Sidarta, encerrado por su padre en un magnifico palacio, se escapó varias veces para pasearse en coche por los alrededores. En su primera salida encontró a un hombre achacoso, desdentado, todo lleno de arrugas, canoso, encorvado, apoyado en un bastón, balbuceante y tembloroso. Ante su asombro, el cochero le explicó lo que es un viejo: ‘que desgracia –exclamó el príncipe-  que los seres débiles e ignorantes, embriagados, por el orgullo propio de la juventud, no vean la vejez. Volvamos rápido a casa. De qué sirven los juegos y las alegrías si soy la morada de la futura vejez’”.[6]

La vejez se vive de diferente manera, no es lo mismo para quienes tienen recursos que para aquellas personas que apenas les alcanza para sobrevivir y las que no tienen absolutamente nada. Para las que ya estorban y las mandan a un asilo de lujo o a uno público o las  personas que viven en la calle.

También la vejez se vive de diferente manera a como la vivieron nuestras madres o nuestras abuelas. Muchas mujeres ya no se quedan en casa, son productivas, creativas, les gusta bailar, sentirse bien, reír y gozar su sexualidad.

La juventud se va en un abrir y cerrar de ojos, mi prima y yo hablábamos de cuando éramos jóvenes hace 20 años y ahora ya estamos en esa tercera edad donde no hay retorno y solo resta cuidarnos, estar saludables y en buena forma, para que, si nos alcanza el Covid 19, no nos agarre fuera de lugar, aunque por lo que se ha visto es un bicho traicionero, no se sabe cómo puede pegar.

Dice el poema del nicaragüense Rubén Darío: “Juventud divino tesoro, /¡Ya te vas para no volver!/cuando quiero llorar, no lloro…/y a veces lloro sin querer…” o como escribió el poeta Amado Nervo: «… Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: ¡más tú no me dijiste que mayo fuese eterno!».

Fuentes:

[1] https://www.mujeresnet.info/2012/09/la-edad-de-oro.html

[2] https://www.eluniversal.com.mx/espectaculos/patricia-kelly-combate-el-miedo-la-vejez-en-tv  consultado el 23 de octubre de 202

[3] Ibídem

[4] https://canalonce.mx/aprendiendo-a-envejecer/ consultado 23 de octubre de 2020

[5] De Beauvoir, Simone, La vejez, México, Penguin Rondom House, 2015, 710 pp.

[6] De Beauvoir, op cit, pág.7

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