2020 Artículos Edición Septiembre'20 María Esther Espinosa Calderón 

Soraya Jiménez: a 20 años de su gran hazaña

Por María Esther Espinosa Calderón


El 18 de septiembre de 2000 la mayoría de mexicanas y mexicanos estaban expectantes ante el televisor y la radio: la deportista competía por la medalla de oro en halterofilia, dejando con un palmo de narices a quienes la mandaban a lavar trastes, a cocinar, tender camas y a planchar.


El 18 de septiembre de 2000 la mayoría de mexicanas y mexicanos estaban expectantes ante el televisor y la radio: Soraya Jiménez Mendívil competía por la medalla de oro en halterofilia, se rezaba, se cruzaban los dedos, se sufría, el nerviosismo estaba a flor de piel, mujer menuda que  levantaría un total de 225.5 kilogramos. En el momento de su participación, quienes seguían paso a paso sus movimientos pedían con todo fervor que no soltara las pesas, en la justa veraniega de Sídney, Australia. El milagro, pero sobre todo la preparación física y mental y su gran esfuerzo de la campeona mundial, dio a nuestro país la felicidad de obtener la presea de oro en la categoría de 58 kilogramos.

Las imágenes de hace 20 años están guardadas en la mente de sus compatriotas, cuando Soraya Jiménez avienta las pesas y se le cuelga al cuello a su entrenador, con la seguridad de su triunfo en ese momento de que se convertiría en una de las mujeres más representativas en la historia del deporte mexicano. La primera en obtener la presea dorada, en una disciplina considerada solo para hombres. Quienes la mandaban a lavar trastes, a cocinar, tender camas y a planchar, como ella decía, se quedaron con un palmo de narices.

La vida de la campeona después de su triunfo no fue nada agradable, tuvo que lidiar con muchos problemas físicos que le mermaron su salud, así como la acusación de dopaje y de falsificación de documentos, lo cual enfrentó con dignidad y que a la postre empañarían su carrera.

Día con día su estado físico era más débil, en 2009 contrajo influenza AH1N1, por lo que casi pierde la vida. Permaneció en coma 15 días. A pesar de sus problemas respiratorios y de rodilla, seguía una rutina de ejercicios. La campeona mundial Soraya Jiménez Mendívil nació un 5 de agosto de 1977 y murió de un infarto la tarde del 23 de marzo de 2013 en su domicilio en la colonia Condesa, a los 35 años de edad, 13 años después de su hazaña histórica.

La campeona mundial Soraya Jiménez Mendívil nació un 5 de agosto de 1977 y murió de un infarto la tarde del 23 de marzo de 2013 en su domicilio.

La campeona se inició en el deporte a muy temprana edad, practicó diversas disciplinas hasta que descubrió la halterofilia. Se comenzó a integrar de lleno a este deporte guiada por sus profesores quienes vieron potencial en ella en su capacidades para soportar grandes pesos y la comenzaron a inscribir en diversos torneos.

Soraya destaca cada vez más a nivel nacional en esta disciplina y su primer título internacional lo consiguió a los 16 años cuando obtuvo un tercer lugar en levantamiento de pesas en la copa NORCECA de Colorado Springs, Estados Unidos, en la categoría de 54 kilos, donde logró levantar 120 kilogramos totales[1].

“En 1996 consiguió su primer triunfo en una competencia, al conquistar el oro en el Torneo Internacional Simón Bolívar en Carúpano, Venezuela, donde levantó un total de 170 kilos, implantando por primera vez récord mexicano.

“El Comité Olímpico Internacional aprobó en 1997 la participación de las mujeres en halterofilia dentro de los Juegos Olímpicos”,[2] tres años después la campeona mundial obtendría el máximo galardón en Sídney, Australia, primera mexicana en lograr una medalla de oro y también conseguir una presea dorada para México que no se obtenía desde Los Ángeles 1984.

Soraya Jiménez y María Esther Espinosa Calderón

Hace 20 años Soraya estaba feliz, aún no asimilaba su triunfo que le cambiaría la vida, sabía que había hecho vibrar de emoción a gran parte de su país, que era la primera mujer mexicana en ganar medalla de oro en un deporte, considerado en ese entonces, exclusivo para hombres.

Contaba de las dificultades que tuvo que enfrentar para practicar el levantamiento de pesas, de cómo la rechazaron cuando fue a tocar puertas a la Federación Mexicana de Halterofilia con un ¡no! rotundo porque esta disciplina no era «propia para mujeres».

Platicaba de su pasión por el básquetbol, que su tío Manuel Mendívil, bronce olímpico en la prueba ecuestre de los tres días en Moscú 80, quería que se enseñara a montar, pero a ella no le agradaba esta actividad.

Comentaba que a pesar del rechazo de «que me fuera a mi casa, a que me enseñaran a cocinar y a tender camas, no me di por vencida y pude demostrar con trabajo, disciplina y esfuerzo que se puede sobresalir».

Antes de Sídney, Soraya llevaba un historial de triunfos en varias competencias: mundiales juveniles, Juegos Centroamericanos, en Juegos Panamericanos en un deporte que decían «no era apto para mujeres».

Mujer de retos y convicciones, así lo demostró hasta el final de sus días. Decía que los límites no existen, que debías de luchar por todo lo que quieres. Aseguraba que las satisfacciones que le había dejado el deporte no las cambiaba por nada.

“Era la viva imagen del triunfo, estaba fresca aún la emoción del 18 de septiembre de 2000, cuando al levantar 222.5 kilogramos, se colgó la medalla de oro en la división de 58 kg. La número 11 de oro, obtenida por México desde París en 1900. ‘Quieres llorar, gritar, brincar, hacer mil cosas’. Eso hizo cuando su entrenador Gueorgui Koev, le dijo: ‘Somos oro gorda’. Pero para Soraya, lo mejor de todo fue ver en lo alto la Bandera de México y cantar el Himno Nacional.”[3]

No todo sería miel sobre hojuelas, se enfrentaría a serias adversidades que marcarían su futuro en lo que ella más amaba: la halterofilia, de la que se retiró en el 2004. En el 2002, dos años después de lograr el oro olímpico se le acusó de dopaje y de falsificación de documentos, siempre insistió y luchó por su inocencia. Para quienes la conocieron, las calumnias y las envidias no empañaron su victoria y la satisfacción que le dio a su país al pisar el pódium. Para ella el recuerdo de su hazaña -¡claro que lo fue!- de levantar 4 veces su propio peso, la hacía revivir el suceso y volver a disfrutar: «Se me enchina la piel nada más de acordarme», me dijo en una entrevista.

Mujer de retos y convicciones, así lo demostró hasta el final de sus días. Decía que los límites no existen, que debías de luchar por todo lo que quieres. Aseguraba que las satisfacciones que le había dejado el deporte no las cambiaba por nada. El gran peso que levantaba ocasionó el desgaste prematuro y excesivo de las articulaciones de sus rodillas y muñecas. Nunca dejó de hacer ejercicio a pesar de sus limitaciones físicas. Antes del infarto que terminó con su vida, Soraya había atravesado por problemas graves de salud como la pérdida de un pulmón, cinco paros cardiorrespiratorios y 14 operaciones de rodilla. Cargó una cruz más pesada que los 222 kilos y medio que alzó por la presea dorada.[4]

Un 18 de septiembre de hace 20 años, México vibró por la hazaña de la gran Soraya que se fue muy temprano de la vida, pero que dejó una marca imborrable en el deporte mexicano y una gran enseñanza a las mujeres de romper paradigmas y de que sí se puede lograr lo que una se proponga, aunque se le quiera cerrar el paso. Felices 20 años Soraya donde quiera que te encuentres; vives y vivirás en el corazón de México, gracias por hacer que la piel se enchinara al escuchar el Himno Nacional y ver ondear la Bandera por tu presea de oro, después de tanta sequía.

Fuentes:

[1] Recuperado de https://es.wikipedia.org/wiki/Soraya_Jim%C3%A9nez

[2] Idem

[3] “Soraya se escribe con oro”. Recuperado de https://www.mujeresnet.info/2013/04/soraya-jimenez-se-escribe-con-oro.html.

[4] Idem

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