Gracias Quino, por siempre Mafalda

Por Elvira Hernández Carballido


Joaquín Lavado murió el pasado 30 de septiembre, pero deja su obra más vigente que nunca.


Su nombre verdadero es Quino, pero en sus papeles oficiales dice que se llama Joaquín Lavado (1932-2020), el creador de Mafalda.  No hubo entrevista donde no se pusiera serio y jurara que ella nació por encargo, que solamente se trataba de un dibujo, algo gráfico que nunca imaginó se eternizaría. Pero hoy más que nunca, hoy que este gran dibujante argentino nos ha dejado, sus palabras se desvanecen como esos borrones generosos que le permitieron pulir sus ideas para trazar el perfil de esa niña inocentemente perspicaz que vivirá por siempre situaciones ingenuas llenas de ingenio, que lo delatan a él y descubren nuestras personalidades de tal manera que es fácil decir: Gracias a Quino, hoy y siempre, somos Mafalda.

Quizá por la fama, el asedio y hasta la necedad de ver a Mafalda por todos lados y citarla para todo, Quino escondía el espejo, pero ya resultaba imposible, cada lector, cada lectora, nos veíamos y nos seguimos viendo en esas viñetas, coincidiendo casi siempre, riendo sin parar, aceptando la provocadora ironía, llenándonos de optimismo por ese buen humor compartido.

En muchas entrevistas confesó que “casualmente” también le gustaba escuchar a los Beatles, aunque él lo hacía por simple nostalgia, que le fastidiaban las preguntas que le obligaban a decidir entre el más y el menos, que no odiaba tanto a la sopa y que lo caracterizaba un genio solidariamente depresivo. Nunca negó lo que significaba Mafalda en su vida, juraba que no lo perseguía pero que siempre lo acompañaba como a quienes la leemos y memorizamos sus buenas puntadas.

Y cuando Quino juraba que dentro de un lápiz hay un universo, no quedaba más que creerle porque además de Mafalda y su pesimismo optimista, creó a su amiga Susanita que solamente añoraba ser mamá de sus hijitos a la vez que podía ser envidiosa y presumida. Después nos presentó a Felipito enamorado de su maestra y dispuesto a aprenderse las tablas para no morir aplastado como una mosca. Manuelito y su ambiciosa pasión por el dinero que nunca tendrá. Miguelito con su atrevida ingenuidad. Libertad y su irreverencia genuina. Guille insolentemente encantador.

No hubo entrevista donde no se pusiera serio y jurara que ella nació por encargo, que solamente se trataba de un dibujo, algo gráfico que nunca imaginó se eternizaría.

Es curioso que en una entrevista Quino asegurara que siempre soñaba sin soles cuando su humor nos iluminaba como todos los soles ausentes en sus sueños. Es así como cada una de las personas que fuimos fieles a la lectura de estos dibujos tenemos tantas anécdotas que compartir. Ahí está mi papá, que trabajaba en la casa editorial que trajo a Mafalda a México, llegando por las tardes con ese cuadernito horizontal que esperábamos ansiosas mis hermanas y yo para leer las ocurrencias de esa niña, que ahora con más orgullo recuerdo que mi padre decía que se parecía a mí, chiquita y cabezona, y que por eso empezó a llevarla a casa.

La forma en que, de tanto leerla, empezamos a memorizarla y a citarla en momentos significativos o divertidos de nuestra vida cotidiana. Coincidir en nuestro rechazo a la sopa. Encontrar una manera graciosa de discutir con tus amigas, gracias a una viñeta mafaldina. Ahí está Susanita que desea tener muchos vestidos y Mafalda muchos libros. Con su carita provocadoramente insolente la pequeña Susana pregunta: ¿Te llevan a la cárcel por salir sin cultura? ¿No? Prueba salir sin vestido, responde soberbia la rubia niña. En el siguiente cuadro vemos a la amiga que llora escandalosa mientras a lo lejos Mafalda piensa: “Es triste tener que golpear a alguien que tiene razón”.

El corazón de Quino latía honesto cuando en alguna de sus respuestas tajantes a los periodistas afirmaba no extrañar a Mafalda, y le creo, cómo va a extrañarla si ella sigue y ha seguido más vigente que nunca. Ahí está en mi hijo que cuando era pequeño y tenía que dejarlo un ratito solo, ante la recomendación de no abrirle a nadie, ya ahora un hombre de 28 años, recuerda la clásica respuesta: “¿Y si es la felicidad?”. Hoy, en este siglo XXI, cuando le suplico a mis grupos que estudien de verdad y así evitemos un “inútil derramamiento de ceros”. Mi amigo Vicente Castellanos retándome para confirmar cuál de los dos ha memorizado más frases mafaldescas. Mi compra continúa de curitas para poder pegármelos en el alma cuando estoy triste y decepcionada. Yo mirándome al espejo recién levantada y reconciliándome con mi despeinado mafaldesco… Cuántas frases, cuántas historias.

Una de las mejores entrevistas que le hicieron a Quino fue la realizada por la periodista Mónica Maristain, quien poco a poco se fue ganando su confianza, tal vez ya un poco a la defensiva y un poco cansado de que le preguntaran por Mafalda. Ella lo lleva por otros recuerdos y otras temáticas y cuando se nota en las respuestas que se ha ganado su confianza, aprovecha para hacerlo hablar con más autenticidad, es así como él le confiesa:

De mis personajes tengo todo porque nacieron de mí. Aunque me identifico más con Miguelito y Felipe, porque como ellos vivo haciéndome preguntas inútiles. Cuando llegué a Buenos Aires, vivía en una pensión, que por cierto desapareció a manos de la dictadura. Un día estaba mirando por la ventana y le pregunté a este muchacho: “Che, Julián, ¿cuánto crees que pesa un árbol?” Y él me contestó: “¿Por qué no te vas un poco a la puta que te parió?” De Manolito lo que tengo es el manejo del dinero, quiero decir, que soy un desastre para manejar el dinero, nunca me supe administrar en ese aspecto, entonces puse toda la eficacia que no tengo en Manolito. Con Susanita me identifico por lo chismoso. Soy incapaz de contar un chisme, pero me encanta que me vengan a contar cosas de los demás.

Quino, Joaquín Lavado, continuamente advertía que jamás pero jamás imaginó todo lo que Mafalda representaría en su vida y quienes gracias a él nos hemos convertido en Mafalda nada más nos resta agradecerle que le pariera con trazos infantiles e ingenio creativo, que la dibujara con humor y ojos pequeñitos, que decidiera ponerle fin a su historia para hacerla eterna, que insista en que es un dibujo para que la transformemos en nuestra mochila o en nuestra playera, para citarla en momentos memorables y cotidianos, para tener la certeza de que Mafalda ya hizo inmortal a Quino y Quino transformó a un dibujo, a un gráfico en una de las niñas más queridas por siempre. Gracias Quino, nos dejaste este 30 de septiembre de un poco piadoso 2020, te han hecho homenajes en tantos espacios, me gustó esa caricatura donde cada uno de tus personajes te lleva rumbo al cielo, donde de seguro harás más dibujos. Hasta pronto, toda Mafalda estará bien entre nuestras miradas, en cada risa, en cada instante que la sigamos leyendo y citando como nuestra filósofa de la vida cotidiana.

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